viernes, 7 de agosto de 2020

Siempre Leal: por arquitecto Ramón Cotarelo Crego

Texto del arquitecto Ramón Cotarelo Crego, publicado en las Memorias de la Ciudad en homenaje al Dr. Eusebio Leal Spengler. Publicado en este blog con permiso del autor. Tomamos un momento para agradecer al arquitecto Cotarelo toda la labor y empeño que dedicó – y aún dedica - a la Ciudad de Matanzas, su historia y su arquitectura. 

SIEMPRE   LEAL


Tiempo, tiempo, tiempo, esos fueron los tres deseos que pidió Eusebio Leal en su último giro a la ceiba en El Templete. Tiempo, necesario para continuar extendiendo su pasión a cada centro histórico del país con méritos para ser estudiado, rescatado y protegido, incluyendo e integrando a todos en un victorioso trabajo de equipo. Leal no fue de los que apagaban luces para brillar solo, por el contrario, iba encendiendo lámparas por todos lados para el bien común. Tiempo, que como ningún otro sabía organizar y multiplicar para poder asumir las más disímiles y presionantes tareas, cosa que siempre le admiré. 

Encontré a Leal por primera vez de forma casual hace 50 años, era 1969, yo era un joven estudiante de arquitectura, curioso y sediento de saber, que merodeaba una tarde los alrededores del palacio de los Capitanes Generales cuando salía “él” del edificio, empujando una carretilla cargada con materiales de demolición, lo que me permitió preguntarle por las obras y concertar una visita posterior. Así nació una amistad prolongada en medio siglo. 

Tuve la posibilidad de encontrarlo otras veces, nos visitó en 1970 en la escuela de Arquitectura invitado por Roberto Segre y poco a poco comencé a seguir los primeros pasos que se daban en el rescate de la Habana Vieja. 

Se repitieron los encuentros y al graduarme fui destinado a Matanzas donde realicé un dilatado servicio social en obras industriales, siempre con la aspiración de un día poder entrar en el mundo de la salvaguarda del patrimonio cultural. Ese día llegó en el 1978, y me convertí en la piedra fundacional del equipo de monumentos de la provincia de Matanzas, donde me mantuve hasta 1994, cuando, por razones mayores, me aparté físicamente pero nunca sentimentalmente de aquel colectivo. Leal seguía mis pasos por Matanzas, conservo en mis archivos más de una carta suya, dándome aliento y confianza. Fueron años de aprendizaje, de victorias y amarguras como conlleva este trabajo, pero consolidando día a día estrechos vínculos con todos mis compañeros que participaban en la gran batalla a favor del patrimonio cultural.   

La distancia entre La Habana y Matanzas nunca fue obstáculo para nuestro intercambio, no lo fue tampoco más tarde cuando se puso el océano por medio, y me llenaban de júbilo sus mensajes y los encuentros cuando coincidíamos en algún congreso por diversos lugares del orbe.

Mucho se ha escrito en estos días sobre las virtudes de Eusebio Leal, no pretendo repetirlas, pues otros con mayor cercanía lo han hecho espléndidamente, pero sí quisiera resaltar entre ellas su disciplina de trabajo, esa energía inagotable, sacada de un esfuerzo enorme pues su organismo estaba resentido desde hacía muchos años, no solo en los últimos cuando su ausencia no se pudo pasar por alto. 

Me resulta inevitable recordar a José Martí, con aquellas palabras de “toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”, pues su grandeza estaba sustentada en una inmensa humildad. Hoy, algún desagradecido ha pretendido ridículamente buscar manchas en medio de tanta brillantez. Nadie es perfecto, pero en su caso el sol es toda luz y, volviendo al Maestro, no resta más que decir que “los agradecidos hablan de la luz”, es imposible no reconocer su generosidad que “congregó a los hombres” y su “elogio oportuno “, porque “es cobarde quien ve el mérito humilde y no lo alaba”. Leal supo apoyar decididamente a las nuevas generaciones pues “quien se alimenta de ideas jóvenes, vive siempre joven” y defendió siempre, al precio que fuera necesario, lo que consideró justo.

Leo y releo los mensajes que nos intercambiamos durante años y es inevitable que me detenga en cómo seguía mi obra y sabía de injusticias y de amargos dolores. Tantas cosas seguirán como hasta hoy guardadas silenciosamente en mis carpetas, pero, tengo que confesar que me emociono al recordar nuestro último encuentro, en Barcelona, durante el evento de arquitecturas de ida y vuelta 2009, donde, con un abrazo inolvidable me dijo: fui a Matanzas y dije ante las mayores autoridades aquello con lo cual me sentía moralmente comprometido contigo.  Gracias eternamente amigo Leal, de apellido y de comportamiento, por todo lo que nos enseñaste, por todo lo que nos dejas y por el camino abierto para seguir andando. Yo también tengo un compromiso moral contigo, solo pido como tú un poco de tiempo para poder culminarlo.

Agradecimiento eterno para tí y para tu OBRA, pues como sentenció el poeta Virgilio “...mientras el río corra, los montes den sombra y en el cielo haya estrellas, debe durar la memoria del beneficio en la mente del hombre agradecido …”.

Ramón Cotarelo Crego. Viareggio. Italia. 2 de agosto de 2020.


jueves, 6 de agosto de 2020

Eulogia a Leal: Gratia aeternum

El viernes 31 de julio de 2020, en las horas de la mañana, falleció Eusebio Leal Spengler. Primero que nada, extiendo mi más sentido pésame a la familia del Dr. Leal, y amigos que le sobreviven. Quisiera aquí rendirle un breve homenaje, en honor al legado latente e incalculable que nos deja y el amor tan intenso que profesaba por la ciudad de Matanzas. 

Leal fue hombre de pensamiento agudo, con un don para la palabra escrita y la oratoria. Fue hombre de vasta cultura y conocimiento de la historia del mundo, y en especial, de Cuba. Pero más que un intelectual, hombre de ideas y de amplia erudición, lo fue también de acción. Evidencia de su ímpetu, sacrificio, y magno esfuerzo queda reflejado hoy en varias ciudades de Cuba, y en especial en su Habana. De su extraordinaria lucidez surgió una profunda convicción que lo impulsó toda su vida a luchar por un ideal, y de realizar la inmensa labor que cumplió. Hoy muchos compartimos una convicción similar; un ideal similar.

Hay muchos más cercanos que le conocieron bien y están en mucha mejor posición de brindar al mundo lo que fue compartir con Leal, trabajar, y luchar junto a él. Aquí no puedo más que compartir el mío, mi experiencia, la cual evocando a Martí manifiesta que “lo que aquí doy a ver lo he visto antes (yo le he visto, yo) y he visto mucho más, que huyó sin darme tiempo a que copiara sus rasgos…”

La primera vez que lo vi fue en el 92’ y yo no era más que un niño. Se realizaba una actividad en el segundo piso de la biblioteca Gener y Del Monte, en la ciudad de Matanzas, donde acudieron además otras personalidades de la historia y la arqueología. En aquel entonces personajes como Antonio Nuñez Jiménez, Manuel Rivero de la Calle, y el mismo Leal, eran para mi mente infantil, inalcanzables como estrellas de cine; eran personas que aparecían en la televisión o en los libros, causando instantánea admiración. Compartir aquel espacio me impresionaría para siempre.

Muchos años después, el Tiempo me regalaría una y última oportunidad de conocerlo. Ello tomo lugar en el 2019, en La Habana, gracias a una introducción que nos haría el Conservador de Matanzas, Leonel Pérez Orozco. Nos dimos la mano y platicamos brevemente. Me miró fijamente a los ojos, con candidez, pero penetrantemente. En su miranda, que estimé cansada, titilaban unos ojos brillantes; espejos de una mente curiosa y ocupada. Su saludo, muy firme. 

Con energía entró al salón. Con su voz profunda y seria, como un cura, sosteniéndose el dedo meñique izquierdo - como solía hacer cuando organizaba su impecable e implacable oratoria - convidaba atención; con tremenda emoción nos ofrecía a que con él visitáramos el Castillo de Atarés. Una impresión como esa, es difícil olvidar de las personas que admiramos.

El espíritu de personas como Leal no es común. En ellas se recogen exquisitas y raras cualidades, que, al juntarse, permiten las pruebas de valor y decisión que a ellos vemos ver realizar. No solo la erudición, la perseverancia y ocio del estudio, sino también la valentía de luchar por aquello en que se cree apasionadamente; la humildad de llevar un mensaje a todos por igual con la facilidad de la explicación y la palabra – de convidar mensajes de unificación, inspiración y de identidad mezclados con profundos sentimientos de patriotismo. Hombres como Leal no tienen reemplazo y son muy difícil de falsificar.

Si algo ha quedado claro en estos días en que se le ha rendido tributo a su vida, a su legado y a su obra, es el amplio e incalculable alcance de su influencia; la trascendencia de su inspiración. No solo en los campos de la historia y el patrimonio, sino en los de la educación, la cultura y el arte. Leal fue un hombre del mundo, y muy especialmente de Cuba. Su ejemplo, guiado por un fuerte sentido de un ideal, nos permite continuar preparando un futuro desde el pasado. Como diría Pablo A. Fernández “la palabra en él alumbra las huellas que, al pasar, imprimen hombres y mujeres, entregados a hacer de Cuba el Ser que nos defina”

Leal ha desaparecido irreparablemente, pero sus ideas, su pensamiento, como legado permanecen. Como diría el Padre Varela en una ocasión “…yo sé desaparecer, pero mis ideas prevalecerán...” Y querido Leal, su ejemplo y su obra prevalecen. Eternamente gracias por formar e inspirar, con tus actos y tu palabra, a más de una generación de cubanos.


Inmensamente agradecemos la invitación para participar en las Memorias de la Ciudad, donde fueron publicadas estas palabras, y a su coordinador Arnaldo Batista por tan grata invitación. Muchas gracias. 


lunes, 3 de agosto de 2020

Epidemias de Fiebre Amarilla en Matanzas durante el siglo XIX

La historia de Cuba contiene relevantes ejemplos de brotes epidémicos que resaltan por su singularidad – algunos propiciados por el clima, la higiene, la inmigración y el exiguo avance médico. A través del siglo XVI y XVIII se reportaron recurrentes brotes de viruela, varios tipos de “fiebres”, malaria, tifus, lepra, sífilis, tuberculosis y sarampión, que afectaron a miles de personas en todo el archipiélago. Entre las epidemias que más se destacaron por su contagio y mortandad se encuentran la de la fiebre amarilla, la cual ya se conocía desde la antigüedad, en las escrituras de Pausarías, Plinio y Aristóteles. Los primeros colonizadores la experimentaron, dejando recuentos de sus estragos – esta aparece mencionada en las Décadas de Herrera (1601) y la Nueva Historia de Bernal Diaz del Castillo (1632).

La fiebre amarilla fuertemente afectó a la población general de la isla a través de la época colonial, particularmente durante la segunda mitad del siglo XIX. Los documentos de esta época atestiguan a la periódica aflicción de los brotes de fiebre amarilla sobre todas las clases sociales, especialmente a los habitantes rurales y los esclavos. La fiebre amarilla, juntamente con la viruela fueron las de mayor incidencia, seguidas por lepra y la tuberculosis o “fiebre ética” y la malaria. El efecto de enfermedades impulsarían hacia un significativo avance en el cuidado y aseo público, limpieza de carnicerías, mataderos, de las zanjas y los hospitales. Además, llamaba a la necesidad de médicos especializados o una institución que permitiera la educación y formación de futuros galenos en la isla.

En esta breve nota se hace un acercamiento a las epidemias de fiebre amarilla que afectaron particularmente a la región matancera y habanera vista desde los documentos históricos. Con este fin se extrajeron datos de la historiografía nacional e internacional, nutridos por documentos inéditos del Archivo Histórico Nacional de España (AHN), Archivo General de Indias (AGI), Archivo Nacional de Cuba (ANC) y el Archivo Histórico Provincial de la ciudad de Matanzas (AHPM). Estos documentos nos abren una ventana por donde acceder a los efectos y respuestas de la población ante el dantesco prospecto de las epidemias.

Brotes de fiebre amarilla se registraron a través de todo el siglo XIX en Cuba. Esta se llegó a conocer por los nombres de “fiebres endémicas” o “vómito negro” que afectaron y se extendieron por todo el archipiélago. La fiebre amarilla es una infección de flaviovirus trasmitida por la picadura de un mosquito infectado. El principal vector es el mosquito Aedes aegypti, pero otros pueden también transmitir la enfermedad. La infección causa náuseas, fiebre y jaquecas. Al afectar al hígado, provoca una coloración amarilla en la piel, característica del contagio.

Estos brotes epidémicos afectaron todas las esferas de la vida social, el crecimiento demográfico, inmigración, los sectores de la salud y la economía; cobrando millares de víctimas que decimaban la población de la isla y los sectores laborales. Al respecto, el historiador Pezuela refirió, que la fiebre amarilla y otros achaques que afectaban a la población eran “…engendrados en los bosques e inmundos pavimentos de nuestras calles…”.

Aludiendo que su persistencia era auspiciada por la existencia de extensos bosques vírgenes y la poca higiene de las calles y en las ciudades. En un memorial a la Junta de Fomento en 1845, el gobernador O’Donnell refirió que Cuba – como los demás países tropicales – estaban en desventaja del clima y la atención higiénica del momento: “…la insalubridad del clima es cada día menos intensa a medida que el descuajo de los montes progresa (…) sin precauciones, ni protectora inspección de nadie…”; señalando los problemas de higiene e inmigración como importantes focos de trasmisión:

“…las enfermedades endémicas [refiriéndose a la fiebre amarilla] que aflige entre nosotros (…) y que en realidad puede, en la mayor parte de las vías – evitarse, bien por un método higiénico…”, entre los que sugirió la cuarentena y el aislamiento de barcos recién arribados hacia “…puertos distantes del litoral…”.

Antes de esas fechas ya se tienen noticias de fiebre amarilla en La Habana, como el severo brote de 1794, que cobró 900 de 1700 foráneos recién llegados a la isla. Entre los infectados que perecieron había militares y marineros de la Armada de Varela Ulloa que llegaron desde Cádiz. El mismo capitán Ulloa falleció a causa de la enfermedad.

Otro terrible brote ocurrió en 1819, convirtiendo a la ciudad de La Habana en un temible foco de dispersión. El erudito doctor Tomás Romay, informó a la Junta de Fomento que a causa de un desproporcionado aumento poblacional en la ciudad había propiciado “…los estragos que hacen las enfermedades en los forasteros…”, apuntando a la población inmigrante como la más afectada a las enfermedades del trópico por no estar acostumbrada a ellas. Entre los inmigrantes afectados estaban los canarios e irlandeses, lo cual afectó a su vez, las construcciones de líneas férreas – en las que se empleaban estos inmigrantes junto a los chinos “coolies” y los esclavos de descendencia africana. De igual manera, las epidemias afectaron más a la población esclava y pobre que a la blanca pudiente.

El Dr. Romay fue un gran impulsor de la salud pública y el tratado de epidemias. A comienzos del siglo XIX impulsó la vacuna contra la viruela – descubierta en 1798 -, inoculando a sus pequeños hijos primero, como ejemplo a la población. Sus esfuerzos en los sectores de la medicina y salud ayudaron a reducir la infección de viruelas en la isla para 1804. Como alivio a la epidemia de fiebre amarilla en ciudad de La Habana, Romay instruía que se debía “…orientar a la conducción directa de los colonos blancos [no infectados] a los puertos de Matanzas, Nuevitas, Santiago y Trinidad…” y así aislarlos de las condiciones en la capital. La villa de Guanabacoa, que había servido de asilo, ya no se consideraba segura contra la epidemia. Si embargo, esto no haría más que extender la epidemia extramuros, como en efectivo ocurrió.

Pero los esfuerzos de Romay no se hicieron sentir por igual en toda la isla. Las zonas rurales y más apartadas fueron las más afectadas. Por lo general, los hospitales ofrecían mucho mejor cuidado, y en muchos de los casos, las personas no sufrían los efectos de la enfermedad dos veces. De los 1221 casos que se trataron en el Hospital de la Marina de La Habana, entre 1829 y 1831, solo 57 fallecieron – lo que correspondió a un 4.7 % de la población en esos años. En cambio, los hospitales civiles presentaron niveles de mortalidad que oscilaron entre el 9 y 56%. Los mayores grados de mortandad se registraron en la ciudad de Villaclara, Isla de Pinos, Sagua la Grande, y Santiago de las Vegas, las cuales presentaron entre 41 y 56 % de mortalidad.

La fiebre amarilla tuvo efectos devastadores en las poblaciones de la ciudad de Matanzas, al igual que en sus zonas rurales, causando en ambos calamidad y miseria. A pesar de que Matanzas durante el siglo XIX se consideró una zona saludable - y en muchos casos recomendada como retiro de recuperación para pacientes de enfermedades respiratorias y otras aflicciones - la presencia de sus bosques y cuerpos de agua creaban el hábitat ideal para los mosquitos trasmisores de la fiebre amarilla. Su proximidad a ciénagas y pantanos que circundaban la ciudad la hacia vulnerable, y por ello, la población padecía en ocasiones de “…asmas y fiebres intermitentes…”. Algunos viajeros visitantes a la isla y a la región matancera, como Abiel Abbott en 1828, notaron la importancia de los lugares insalubres que atraían, como la fiebre, el dengue y el cólera. En ese sentido, la gobernatura matancera, desde el arribo de Juan de Tirry y Lacy, se disponía en reducir los “…terrenos cenagosos que yacen infectos a orilla de los ríos (…) y cuyas desecaciones interesan tanto a la salud de sus vecinos…”. El clima fue igualmente un factor determinante. En ocasiones, los brotes seguían momentos de severa sequía o torrenciales aguaceros, como fue un caso en marzo de 1850.

Los documentos amontonados del Registro Civil del Juzgado Municipal de Matanzas, el Hospital de Caridad San Nicolás, Santa Isabel, Secretaría de la Junta Subalterna de Sanidad de Matanzas, y las oficinas de doctores privados proveen extenso registro de las defunciones acaecidas en la ciudad. Entre los médicos que aparecen registrados en las actas se encuentran Francisco R. Ansorana (¿?), Francisco Casals, José Carbonell y Manuel Zambrana y Navia.

Uno de los brotes que figura pronunciadamente en la documentación fue el de la década de los 1870s y 1880s. Las actas de defunciones registraron el fallecimiento de personas de todas las edades. Entre los difuntos se encontraron también extranjeros e inmigrantes. El 24 de julio de 1878, el galeno Casals registró la defunción de Franklin Shute de 48 años, quien era capitán del buque norteamericano “J. H. Lane”. Su cuerpo fue inhumado en la ciudad con un barril de ron – según había deseado el fallecido -, para después ser trasladado a los Estados Unidos.

Acta de defunción de Franklin Shute, norteamericano fallecido en Matanzas por fiebre amarilla. Acta firmada por el Dr. Juan Casals en 1878. (cortesía del autor).


Otro sería Josefa Reyes y Rodríguez, viuda de 96 años, procedente de Canarias – registrada por el Doctor Zambrana el 9 de diciembre de 1886.

Acta de defunción de Josefa Reyes y Rodríguez, viuda de 96 años, fallecida en Matanzas por fiebre amarilla. Acta firmada por el Dr. Manuel Zambrana, en 1886 (cortesía del autor).


Entre el 31 de marzo de 1859 y el 30 de junio de ese mismo año, el Hospital de Caridad de San Nicolás reportó 21 y 62 enfermos de fiebre amarilla y solo cinco muertos, en esos años respectivamente. Entre el primero de mayo de 1861 y el primero de septiembre de 1862, el Hospital Militar de Matanzas reconoció un total de 262 pacientes recuperados de fiebre amarilla, 242 fallecidos, y 20 aún enfermos. El año anterior se habían tratado un total de 148 pacientes.

No fue hasta 1881 que el eminente científico cubano Carlos J. Finlay identificó al mosquito como el principal vector de la fiebre amarilla – siendo el primero en hacerlo ante la Academia de Ciencias de Cuba el 14 de agosto de ese año. Finlay se interesó por la fiebre amarilla desde 1858. Su sabiduría lo llevo a realizar importantes descubrimientos bacteriológicos sobre el cólera morbo asiático en 1865, que precedieron los del mismo Koch y otros científicos importantes de su época.

En 1884 expuso y defendió su trabajo titulado “Fiebre amarilla experimental comparada…” a la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana. Sus investigaciones en los campos de la bacteriología y la epidemiología se extendieron hasta su muerte en 1915. Su importante descubrimiento sobre la trasmisión de la fiebre amarilla ayudaría a Ronald Ross identificar al mosquito como el vector de la malaria – en 1898 – y en 1906, a Bancroft, de que también lo era del dengue. De esta manera, sus esfuerzos científicos llevaron a la erradicación casi total de la enfermedad en la isla en las primeras décadas del siglo XX, y luego en otras partes del mundo. Según los propios informes de C. J. Finlay, la fiebre amarilla fue erradicada de Cuba como enfermedad mortal desde 1907 – siendo Matanzas entre las primeras de la isla que quedó libre de ella.


Cita Recomendada

Orihuela, J. 2020. Epidemias de Fiebre Amarilla en Matanzas durante el siglo XIX. Librínsula: Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, No. 398 (Imaginarios): 1-7. 

Publicacion tomada de Librínsula: Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, No. 398 (Imaginarios). Accecible aqui


Bibliografía

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