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martes, 12 de mayo de 2026

La tarja olvidada del Paseo Martí en Matanzas: historia, memoria y ausencia



En las ciudades, la historia no solo vive en los archivos. También aparece —y a veces desaparece— en monumentos, tarjas, pedestales, nombres de calles y pequeños fragmentos del paisaje urbano que suelen pasar inadvertidos. Y cuando un marcador se retira sin explicación pública, dejándolo fuera de contexto, lo que queda no es solo un “vacío”...queda una forma de memoria incompleta, un mensaje mudo no solo para los habitantes de la ciudad.


Reconstrucción del monumento y tarja a los regimientos norteamericanos de la Guerra HispanoCubanoAmericana en el Paseo Martí, ciudad de Matanzas

Acabamos de publicar en la revista Ciencia y Sociedad, junto a Ramón Cotarelo Crego, un artículo sobre uno de esos casos: el monumento y tarja dedicados al Octavo Regimiento de Infantería de Massachusetts, develados el 10 de diciembre de 1923 en el Paseo Martí de nuestra urbe. La tarja recordaba la presencia de este regimiento estadounidense en Matanzas durante la primera ocupación norteamericana de Cuba, entre enero y abril de 1899. Aunque su estancia fue breve, décadas después fue convertida en memoria pública mediante un acto cívico y diplomático que reunió autoridades, representantes de Massachusetts, bandas musicales, escolares y vecinos. La inscripción, el lugar escogido y el ceremonial hicieron de esa tarja algo más que un objeto. Fue una forma de “fijar” un relato en el espacio urbano y la memoria histórica de la nación.

Fotografía tomada del Magazín de la Lucha (1923-1926).

Hoy, sin embargo, la tarja ya no está. Permanece el pedestal, pero sin inscripción visible, o memoranda que ayudara a contextualizarlo. Esa ausencia fue el punto de partida de nuestra investigación. En el trabajo reconstruimos la trayectoria de la tarja a partir de prensa de época, documentos oficiales, correspondencia y fotografías históricas, algunas muy poco conocidas. Pudimos recuperar el texto original, identificar actores involucrados en su instalación y documentar el programa de actos que la inauguró. En cambio, las fuentes consultadas no registran con precisión cuándo ni cómo se retiró la placa. No hallamos un expediente municipal o administrativo que permita fechar el retiro o describir su mecanismo. Esto obliga a distinguir entre lo que se puede demostrar y lo que solo puede proponerse como contexto.


Reconstrucción basada en una fotografía de prensa del momento de inauguración del monumento. 
El Mundo, Diciembre de 1923, Matanzas. 

En ese sentido, los monumentos no solo importan por lo que recuerdan, sino por cómo cambian, y por cómo se los hace cambiar. A veces se conservan, a veces se resignifican y, otras, se retiran sin señalización ni contexto, dejando un “soporte vacío”, pero que también comunica. El pedestal sin placa funciona como un palimpsesto urbano, y mantiene el anclaje espacial, pero desactiva la legibilidad del relato. La ciudad conserva la base material, pero pierde la explicación pública; y ese gesto (hacer ilegible una memoria sin borrar del todo su huella) reordena el archivo monumental de la ciudad. 

Pero este no es un caso único. En Cuba existe, además, otros antecedentes documentados de intervención sobre un símbolo conmemorativo asociado a Estados Unidos. Entre ellos, la remoción del águila del monumento al USS Maine en La Habana en 1961 o el monumento al presidente Estrada Palma en la ciudad de La Habana. Estos solo proveen un marco comparativo útil para entender que los paisajes monumentales pueden reconfigurarse de manera rápida y politizada, y que esas reconfiguraciones rara vez vienen acompañadas de explicaciones permanentes en el espacio público.

Fotografía del Monumento al USS Maine, ciudad de La Habana, Cuba. Véase la presencia del águila que fue derribada en 1961. Colección personal.

Este estudio no pretende cerrar la historia de la tarja, sino abrir preguntas concretas: ¿qué documentos locales faltan por localizar? ¿qué inventarios patrimoniales, actas o series fotográficas podrían fijar una cronología del retiro? ¿cómo se decide qué se preserva, qué se retira y qué se deja sin explicación? A veces, para leer una ciudad, hay que prestar atención a esas “cosas pequeñas”: una placa ausente, un pedestal mudo, un nombre que cambia. Porque allí, en lo aparentemente menor, se ven con nitidez las capas de memoria que una sociedad decide hacer visibles —y las que quedan, silenciosamente, fuera de cuadro.

Reflexionemos ante las sabias palabras de Eusebio Leal Spengler cuando expresó que “...nosotros podemos explicar la historia, lo que no podemos es borrarla. Cuando no se tiene el valor de explicarla, se acude al expediente de omitirla…”.

Si crees que nos puedes ayudar, déjenos un mensaje o contactos. Nos gustaría mucho poder profundizar mas sobre esta historia.
 
Un agradecimiento a Jorge Ulloa y el personal de la revista Ciencia y Sociedad, amigos y colegas cuyas conversaciones ayudaron a enriquecer el contenido, mas a todas las instituciones que nos facilitaron material para esta investigación. 

Fotografía coloreada del Octavo Regimiento de Infantería de Massachusetts en Matanzas (1899).
Colección Personal.

jueves, 13 de octubre de 2022

El centro histórico de Matanzas, un bien de todos - por Ramón Cotarelo Crego




A la memoria de Pedro Esquerré

La ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez de cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos.”

Las ciudades invisibles de Italo Calvino 




    Los centros históricos son “todos aquellos asentamientos humanos vivos, fuertemente condicionados por una estructura física proveniente del pasado, reconocibles como representativos de la evolución de un pueblo” (1) son esencialmente la memoria de quienes nacieron en él, lo habitan y también de aquellos que por una razón u otra se han alejado físicamente de forma temporal o definitiva, es dónde, se “han concentrado, superpuesto e integrado los acontecimientos históricos para completar la obra del hombre en toda su dimensión, representa, además, la memoria que lo lleva a ser propiedad de la cultura de la colectividad porque puntualiza y explica su historia”. (2) 

Como los seres humanos, los centros históricos tienen algo de irrepetible, una fisonomía y una atmósfera propias que le otorgan un especial encanto y significación pero que en su fragilidad no los hacen invulnerables a la acción del hombre, motivo por el cual cada intervención debe ejecutarse con sumo cuidado y responsabilidad, evitando errores que una vez cometidos no tendrán marcha atrás y una vez perdido el tesoro no lo recuperaremos como nos advierte José Martí en sus conocidos versos. (3)

Delimitar, estudiar, intervenir y gestionar un centro histórico es una tarea compleja, donde si bien la elaboración, ejecución y control del programa deben estar en manos de profesionales especializados no hay en absoluto que menospreciar el aporte de sus habitantes ya que “la participación de la población -de la que vive o usa el centro histórico- es esencial para asegurar el carácter vital del área, para afianzar las posibilidades de nuestra acción a través del tiempo -mantenimiento, renovación de usos, etc.- y en definitiva para justificar el esfuerzo de encarar políticas culturales con una finalidad social. Un proyecto de la ciudad en una zona significativa de la misma solo podrá tener éxitos cuando cuenta con consenso ciudadano, decisión política del ente de aplicación, recursos económicos y una adecuada estrategia de planificación técnica y participación de los usuarios”. (4) 

El centro histórico se debe mirar sin indiferencia (5), no es responsabilidad exclusiva de la Oficina del Conservador o del Departamento de Patrimonio Cultural o la Comisión de Monumentos, es un bien de todos y al Patrimonio lo salvará la voluntad colectiva. (6) Este criterio defendido desde hace décadas (7) revela la fundamental participación de quienes viven, sufren y disfrutan todo lo que sucede en un centro histórico. El hombre es el centro del problema y si es excluido nunca podrá llevarse a cabo exitosamente un programa de recuperación pues como bien colectivo, el centro histórico es, asimismo, propiedad cultural y material de la sociedad, sedimentado a lo largo de generaciones. Su acción implica a la comunidad y no solamente a organismos e instituciones especializadas. Como organismo “vivo” ha de entenderse el centro histórico, donde la fusión de lo nuevo y lo viejo debe producirse en una relación dinámica no antagónica, de mutua valoración. Las nuevas inserciones son una necesidad insoslayable que tendrá que reconocer el espíritu de la ciudad. Las intervenciones transcenderán el rescate de los valores históricos y culturales para dirigirse hacia la rehabilitación socioeconómica y dar respuesta al hombre, por ende, es fundamental el mejoramiento de la calidad de la vida, con un programa de acción coherentemente estructurado, imprescindible para organizar fuerzas y potencialidades y superar la restauración puntual y pasar así a la conservación en toda su extensión. 

Los testimonios constructivos de un centro histórico no están destinados a la contemplación, sino a la utilización adecuada que garantice la permanencia del monumento y su explotación. No se rescata por nostalgia de pasado, se hace como esperanza de futuro con amplitud de visión, conocimiento de las exigencias constructivas y de los medios a disposición, revitalizando además las técnicas tradicionales e incorporando recursos actuales que el desarrollo científico-técnico suministra sin olvidar el respeto sincero para con la historia, el arte, los paisajes y la memoria de la ciudad. 

El rescate del centro histórico se debe sustentar en la esencia y no en la mera apariencia. La explotación turística estará subordinada a la defensa de la identidad como pueblo y a su reafirmación cultural, rescatándolo para la vida y no como falsificación para la mirada foránea. 

La divulgación del patrimonio heredado es fundamental para la conservación de los valores histórico-culturales de un conjunto urbano, siendo el objetivo supremo hacer de cada ciudadano un conservador. Recordemos que ya en el siglo V a.n.e. el gran filósofo y matemático griego Pitágoras promulgaba “educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”. La práctica de proteger el patrimonio cultural se adquiere a partir del ejemplo, en la familia y en la escuela. Se aprende desde la edad temprana a reconocer, valorar y respetar la memoria, la cultura y a conservar los objetos patrimoniales. La preparación para la vida de cada individuo comienza temprano, en el ámbito familiar primero, seguido del escolar, los programas escolares revisten gran significación pues por medio de ellos se puede articular una “pedagogía del patrimonio”, con métodos de enseñanza activos, enfoques intercurriculares de las disciplinas, relaciones entre campos de la educación y la cultura y el empleo de una amplia variedad de modos de comunicación y expresión. El patrimonio cultural es de hecho un elemento fundamental dentro de una nueva didáctica que articula la colaboración entre la escuela y las instituciones culturales” (8)

Le memoria será el puente de conexión con el futuro, ayudándonos a comprender el presente y enlazando los diversos anillos de la vida de la sociedad, escrita en su patrimonio material e inmaterial, en la piedra y en el árbol, en sueños e ilusiones, en la música, la palabra y el silencio, respetando los edificios en su unicidad, autenticidad y originalidad.

En Matanzas se articula en singular simbiosis, el paisaje, lo construido por la mano del hombre y la savia humana. Se vivifica con los innumerables aspectos conformadores de una identidad dialéctica y dinámica que puntualiza y diferencia otorgando una pertenencia que permite hundir las raíces en el pasado y extender las ramas hacia el cielo del porvenir. El centro histórico, en tanto ser viviente, se convierte en un ecosistema rico de interacciones, capaz de articular los sentidos. Como subraya Fruto Vivas (9) “la ciudad se huele, escucha, toca, sabrosea, se ve, pero también se siente, se ama, odia, se recuerda y se sueña”. Es imposible cancelar de su memoria aquellos personajes que dejaron huellas imborrables, con luces y sombras, en el estudio, defensa, rescate y divulgación de sus testimonios materiales e intangibles.

Preocupa hoy el descuido con que a veces se tratan tesoros excepcionales. Estamos aún a tiempo y con posibilidades de salvar lo que una vez perdido no habrá de recuperarse jamás. Son la memoria y la población que la conserva, las claves para enfrentar la difícil tarea de salvar un conjunto histórico en peligro. Los recursos materiales cuentan, pero no son los únicos, el hombre es decisivo, cimentado en una sólida memoria, en el recuerdo, que ya sabemos no es más que “volver a pasar por el corazón”. De este olvido debe salvarse -entre tantos- a Pedro Esquerré, artista de la plástica a quien Matanzas no puede menos que reconocer y agradecer. En medio de cierta “fiebre destructora” que aquejó la ciudad por los años setenta del siglo XX, este creador se interpuso entre las maquinarias encargadas de echarlo todo al suelo y el Palacio Junco, intentando impedir una irreparable pérdida. Actos extremos como éste solo son posibles cuando se tiene una identificación absoluta con la ciudad pues no muchos saben en primera persona cuántas angustias y sufrimientos hay detrás de cada piedra recuperada, de cada batalla ganada en esta difícil “cruzada”. Hoy, cuando afortunadamente pasó la moda de las demoliciones no es posible confiar la salvación del patrimonio a acciones individuales como los de Pedro Esquerré. El patrimonio tiene necesariamente que ser protegido por todos y cada uno de los ciudadanos que conviven día a día con alegrías, tristezas, logros y dificultades en el centro histórico. Es fundamental la memoria y la identidad, categorías insoslayables porque cuando se pierde la memoria un pueblo muere. Un hombre verdaderamente culto no debe exclusivamente acatar mandatos, debe y tiene que pensar, crear, desear y aspirar y así podrá transmitir de generación en generación la cultura, las tradiciones y la historia para perpetuarlas en el tiempo pues como sentenció el sabio Fernando Ortíz “la verdadera cultura y el positivo progreso están en las afirmaciones de las realidades y no en los reniegos. Todo pueblo que se niega a sí mismo está en trance de suicidio. Lo dice un proverbio afrocubano; chivo que rompe tambor con su pellejo paga”. (10) 


Viareggio, Italia en 17 de enero de 2017



Citas y notas


1.- Documento final del “Coloquio de Quito”. Proyecto Regional de Patrimonio Cultural PNUD-UNESCO. Quito. 1977. 

2.- Ramón Cotarelo Crego. “Matanzas en su Arquitectura” Editorial Letras Cubanas. La Habana. Cuba. 1993 p. 120.

3.- Una mora de Trípoli tenía / Un perla rosada, una gran perla: /Y la echó con desdén al mar un día: / “¡Siempre la misma! ¡ya me cansa verla!” / Pocos años después, junto a la roca /De Trípoli… ¡la gente llora al verla! / Así le dice al mar la mora loca: / “¡Oh mar! ¡oh mar! ¡devuélveme mi perla!” José Martí, “La perla de la mora” en: La Edad de Oro. 

4.- Ramón Gutiérrez. “Administración y ejecución de proyectos de patrimonio cultural: centros históricos de América Latina”. En: Revista AB Arquitectura. Bolivia. Diciembre 1988 No.6 p.31-32.

5.- “Mirar a la ciudad sin indiferencia” Entrevista de la periodista Charo Guerra a Ramón Cotarelo Crego, publicada en el periódico Girón, Matanzas el día 26 de noviembre de 1991.

6.- “Al patrimonio lo salvará la voluntad colectiva” Entrevista de la periodista Violeta Villar Liste, realizada a Ramón Cotarelo Crego en Barquisimeto, Venezuela y publicada en el periódico “El Impulso” de Barquisimeto el día 7 de septiembre de 1992.

7.- Ramón Cotarelo Crego “Logros y dificultades en la aplicación de un programa de conservación en el centro histórico de Matanzas, Cuba”, intervención realizada por el autor en el V Congreso Latinoamericano de Cultura Arquitectónica y Urbanística. Montevideo, Uruguay. Noviembre de 1996. 

8.- Ramón Cotarelo Crego “Reflexiones alrededor de la formación y el patrimonio cultural “Intervención en el Congreso Internacional de Rehabilitación del Patrimonio Arquitectónico y Edificación. Sevilla, Julio 2008. Publicado en Libro de Actas. Tomo II, p. 391.

9.- Frutos Vivas, arquitecto venezolano. 1934-2022.

10- Fernando Ortíz en la introducción de “Cuentos negros de Cuba”, de Lydia Cabrera. Editorial Verbum, Madrid. 2014, pp. 9-10.

martes, 12 de octubre de 2021

Nuevo libro sobre la historia fundacional de Matanzas



Con gran regocijo anuncio la publicación del libro “Historia fundacional de matanzas: los años formativos (1680-1765)” (Aspha Ediciones, ISBN 978-987-3851-33-9).

Este es un compendio de 584 paginas y 78 ilustraciones (algunas inéditas) que cubre con detalle la historia de la fundación de Matanzas, desde su efectivo planeamiento hasta 1765 (en breve compartiremos una escueta, pero detallada reseña bilingüe de su contenido).

Enlace donde se puede comprar el libro: 


Una obra de esta envergadura no se puede completar sin la ayuda de amigos y compañeros que me impulsaron en la marcha. En especial a Ramón Cotarelo Crego por toda su constancia y apoyo diario, sus múltiples revisiones y reajustes, pero mas que nada, por escuchar. Otro muy especial agradecimiento le debo a la poetisa Yanira Marimón, quien luego pulió y editó el inmenso y denso manuscrito. Y por ultimo, pero no menos, a Odlanyer Hernández de Lara y Aspha Ediciones, quienes confiaron en mi contenido, realizaron la maquetación y diseño final. 

A Ramón y Yanira les respeto inmensamente, como profesionales y como personas. Ambos redactaron para la obra su opinión respecto a este libro, que, por razones de tamaño, no pudieron conformar finalmente sus páginas. El texto de la contraportada es una síntesis de sus palabras, y aquí justamente les reconozco. Aquellas palabras, sin embargo, quisiera compartírselas a ustedes ahora aquí y con el permiso de sus autores. 



"[...] Este libro es fruto de la investigación exhaustiva que su autor realizara, durante más de cinco años, sobre el proceso fundacional de la ciudad de Matanzas, de su loable empeño por dilucidar y exponer aspectos esenciales de esta etapa. Pero, en realidad, este libro es mucho más que eso: Es, también, un texto escrito desde el amor, la responsabilidad y gratitud que produce la pertenencia al sitio que nos vio nacer, crecer, despertar a la vida. Johanset Orihuela, con la labor minuciosa y paciente de un artesano, ha hurgado en las fuentes primarias de la Historia, y se ha colado en la piel de sus protagonistas, en su manera de pensar, de sentir; ha estudiado y nos ha descrito los hechos, sus causas y consecuencias; los paisajes, ambientes, con tal fidelidad, que todos sus lectores podremos sentirnos parte de ese tiempo. Uno de sus objetivos principales es el de otorgar protagonismo a aquellos que fueron los hacedores de la Historia, dejarlos hablar, exponer sus dudas, miedos, anhelos, esperanzas. 

Es entonces este libro el resultado de una combinación magnífica de rigurosidad en la investigación histórica y la inmensa gratitud, traducida en pasión y compromiso. Yo, que soy poeta, puedo dar testimonio de que hay mucho de poesía aquí, de calidez; no es un texto frío y académico donde lo principal es la exposición de datos o el análisis detallado de los hechos (que aquí se exponen y analizan magistralmente). Tampoco tiene como objetivo demostrar a ultranza “verdades absolutas”, sino aportar humildemente todo el conocimiento acumulado durante años de dedicación. Agradezco a su autor la posibilidad que me dio de ser su editora, su confianza absoluta en mí. He tenido el privilegio de hurgar en cada idea, frase, palabra o sílaba. Con la lectura de este texto, y a través de ella, me he transportado al pasado de una ciudad que amo profundamente y a la que me unen lazos eternos. He caminado, como Johan, por los caminos enyerbados de las fértiles tierras de Matanzas, sentido el olor de la lluvia, visto de cerca la flota pirata de Piet Heyn, los antiguos ingenios; he asistido a la colocación de la primera piedra fundacional, mezclándome entre los vecinos curiosos y expectantes por lo que les depararía el futuro en esta recién estrenada ciudad. Y he sentido que he estado allí realmente, que he formado parte de todo. ¿Puede haber mayor mérito para un libro de Historia que hacernos sentir parte viva de ella? 

No me queda más que agradecer a Johan, en nombre de todos lo matanceros, por este valioso, cuidado y emotivo aporte a la historiografía cubana. Estoy segura de que, como a mí, este libro transportará a sus lectores a un tiempo lejano pero que, de alguna forma, sentimos cercano y amable, porque, ¿qué somos sino el conjunto y el fluir de todo y todos lo que nos han antecedido, lo que, junto al presente, conforman nuestra historia personal y colectiva?

Jamás será suficiente lo que hagamos para corresponder a la ciudad en la que nacimos, ni a nuestros antepasados, que nos legaron todo lo tangible e intangible que nos identifica como seres individuales. Es este un homenaje hermoso, afectivo y necesario a esa ciudad-cuna, nuestra Matanzas amada, ese sitio memorable y único al que siempre querremos volver. Del que, de alguna manera, nunca nos hemos ido."

Yanira Marimón. Telde, Gran Canaria, 30 de septiembre de 2021



"[...] Existen libros que marcan un antes y un después. “Historia fundacional de Matanzas. Los años formativos 1680-1765”, es uno de esos textos imprescindibles. Resultado de largos años de búsquedas, análisis honesto y ponderadas valoraciones de una copiosa documentación dispersa en bibliotecas, archivos y colecciones privadas, Johanset Orihuela León entrega con esta obra un exhaustivo estudio acerca de los actos fundacionales de la ciudad de Matanzas, sin olvidar sus antecedentes y repercusiones en los años posteriores a su materialización. Reconociendo las contribuciones de investigaciones anteriores, el autor enfrenta un escabroso camino para desentrañar y esclarecer numerosos aspectos que hasta el presente habían permanecido parcialmente abordados y en algunos casos no interpretados en su justa dimensión. Gracias a su extraordinaria curiosidad, capacidad de cuestionamiento y de reflexión que, apoyándose en las fuentes primarias, algunas de ellas sacadas a la luz por primera vez con esta investigación, el autor asombra con el volumen de documentos consultados y la hábil lectura e interpretación que hace de estos materiales llevando como máxima que “la verdad es aquello que está probado”. Oscar Wilde recordaba que “solo siguiendo caminos no trillados se puede descubrir realmente algo nuevo”, y no se puede temer a lastimar ilusiones sedimentadas en el tiempo, cuando debe primar la veracidad y la imparcialidad, pues como puntualizaba el gran Miguel de Unamuno “la ciencia nos enseña, en efecto, a someter nuestra razón a la verdad y conocer y juzgar las cosas como tal y como son, es decir, no como quisiéramos que fueran”. Hace casi un siglo, en 1932, en su libro “Matanzas y su puerto desde 1508 hasta 1693” el eminente intelectual matancero Carlos M. Trelles advertía “queda mucho por investigar sobre la fundación de Matanzas (…) confiamos que en breve alguno de nuestros historiadores podrá poner en claro todo lo que en este trabajo ha quedado en penumbra por no haber podido el autor realizar una investigación, como el caso requería, en el Archivo de Indias.” Hoy, después de tantas décadas, finalmente, Orihuela León ofrece un contundente estudio de la fundación de Matanzas y los diversos aspectos y personajes vinculados a este hecho, corroborando la sentencia de la sabiduría popular que expresa: “lo obscuro acabamos viéndolo, lo completamente claro lleva más tiempo.” 

Ramón Cotarelo Crego, septiembre de 2021



lunes, 2 de agosto de 2021

La historiografía temprana de la ciudad de Matanzas: O'Farrill


Librínsula, la Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, a publicado en su número 410 (acápite Nombrar las Cosas), un breve aporte para la historia de Matanzas; una visión de la primera mitad del siglo XIX desde documentos de difícil acceso. Disponible aquí:

http://librinsula.bnjm.cu/410/nombrar_las_cosas/279/la-historiografia-temprana-de-la-ciudad-de-matanzas-perspectiva-desde-dos-obras-de-la-primera-mitad-del-xix.html

 

Aquí les compartimos una versión: 

“[…] La historiografía de la ciudad de Matanzas nació sustancialmente en la segunda mitad del siglo XIX. Hasta la primera década del siglo XIX Matanzas había sido una simple comarca, con un mínimo margen de crecimiento económico y cultural. No fue hasta las primeras décadas del siglo XIX que la ciudad comenzó su despegue, proporcionado por la apertura de su puerto al comercio global y el auge de la industria azucarera, ambos apoyados en una cruenta esclavitud. Conjunto a su auge socioeconómico, brotó un interés por el conocimiento histórico de la ciudad reflejado en el interés intelectual de rescatar la trayectoria histórica de la región y su población.

Este devenir historiográfico quedó finalmente plasmado en dos obras magnas de la segunda mitad del siglo XIX, hoy de obligatoria consulta: Memorias de un Matancero de la pluma de Pedro Antonio Alfonso, publicada en 1854, y Apuntes para la Historia de la Isla de cuba con Relación a la Ciudad de Matanzas de José Mauricio Quintero, publicada en partes entre 1868 y 1878. Pero lo cierto es que la tradición historiográfica de Matanzas tiene raíces más profundas, algunas que se remontan hacia finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, cuyo aporte o perspectivas resultan hoy novedosas o muy poco conocidas (Orihuela y Cotarelo, 2020). Entre estas se encuentra la Descripción histórica y geográfica del pueblo y jurisdicción de Matanzas de José Manuel O’Farrill publicada desde 1813 en separatas de la prensa; obra considerada la primera recopilación de la historia de Matanzas (ej. Alfonso, 1854; Trelles, 1922, 1924; Ponte, 1959; García, 2009; Ocasio, 2020). La publicación de O’Farril ha sido extensamente citada pero directamente poco consultada, dado el desconocimiento de ejemplares sobrevivientes o transcripciones (op. cit.). Por ende, su contenido no ha estado al alcance de historiadores locales y es escasamente conocido. 


Gracias a la preservación fortuita de algunos ejemplares de la obra de O’Farrill en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, aquí se expone un análisis y contextualización de los datos más relevantes en ellas contenida. A estos se suman un boceto histórico inédito de Manuel Francisco García, manuscrito en mayo de 1832, de la Colección de José Augusto Escoto en la Universidad de Harvard, (EE. UU.). En conjunto, con el apoyo de la prensa local de la época y otras fuentes documentales, permiten una visión sobre el estado de la ciudad en las primeras décadas del siglo XIX. Con este breve aporte se nutre el conocimiento histórico de la ciudad durante la primera mitad del siglo XIX, momento crucial en la evolución general de la ciudad y la región.

La recopilación histórica de O’Farrill nació del ímpetu intelectual del siglo de las luces, el racionalismo y enciclopedismo de finales del siglo XVIII. Aquellos valores de la ilustración en tiempo de Carlos III emanaban desde la metrópolis hasta las márgenes del imperio, importados por los ciudadanos más instruidos, la élite socio-militar, y las reformas borbónicas (Marrero, 1980; Arregui, 1983; Stein y Stein, 2006). En Cuba, este ambiente pro-intelectual dio paso a la fundación de instituciones como la Sociedad Económica de Amigos del País (1787-1793), el Reglamento de Bibliotecas Provinciales (1812) y el Real Consulado de Agricultura y Comercio de La Habana (1794); casi todas en las que Juan M. O’Farrill ejerció un rol. 

Juan Manuel O’Farrill Arredondo, habanero de nacimiento, del seno de una familia distinguida, fue un personaje con estrechos lazos en la historia de Matanzas durante la primera mitad del siglo XIX. Fue miembro fundador de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana (Ponte, 1959). En los primeros años del XIX tuvo residencia en la ciudad de Matanzas, donde ejerció como capitán de dragones y teniente coronel del escuadrón de caballería de milicias (Santa Cruz, 1940:337-338; García, 2009: 206). En 1819, introdujo el primer barco de vapor, “El Neptuno”, estableciendo una vía de comunicación habitual entre los puertos de La Habana y Matanzas que facilitaba la trata esclava (Marrero, 1980; Rojas, 2019). O’Farrill falleció en julio de 1825 contando con 65 años, y su entierro se efectuó en Madruga, donde su familia tenía haciendas (García, 2009). Al momento de la publicación de su Descripción en 1813, fungía como cónsul del Real Consulado de Agricultura y Comercio de La Habana (Ponte, 1959: 102). 

La valiosa compilación de O’Farrill fue publicada en varios periódicos del momento como El Patriota de Matanzas, de la imprenta de José María Marrero y el Diario de Matanzas, de la oficina de Francisco Camero (Trelles, 1924). Según el historiador Trelles, también se publicó a finales de febrero de 1814 en el Diario de La Habana (Trelles, 1924: 217). De estos solo se han podido localizar ejemplares de El Patriota (Johan Moya Ramis com. pers. octubre de 2020), fechados entre el 13 y 18 de octubre de 1813 (Fig. 1). Estas notas históricas – según él mismo O’Farrill – habían sido presentadas al Ayuntamiento de la ciudad el primero de octubre de 1813.

Descripción histórica y geográfica del pueblo y jurisdicción de Matanzas de José Manuel O’Farrill son una recolección de breves datos sobre la posición geográfica de Matanzas, con datos de su topografía y clima (temperaturas). Se discuten las zonas cenagosas y las plantas que allí crecían, más la calidad de sus aires. O’Farrill afirmaba la necesidad y beneficio que sería desecar las ciénagas circundantes a la ciudad, subrayando que: 

“…serían más felices sus habitadores, si favorecidos por la naturaleza, lo fuesen también por el arte; si corrigiendo aquella con la desecación pretendida, apartasen de sus puertas los efectos pestilenciales del metitismo [sic], respirando (…) el aire balsámico de los campos vecinos…” que se purificaban con los vientos y brizas del mar (O’Farrill, 1813: vol. 1, p. 1). 

Llamados similares se realizaron durante los períodos con brotes de epidemias, como fiebre amarilla, y más con la del Cólera de 1833 (Orihuela, 2020 b, c). A esto sumaba O’Farrill, que tal desecación de los terrenos bajos agregaría unas 10 caballerías “…de tierra cultivable a las del territorio…” (O’Farrill, 1813: vol. 1, p. 2). Esta propuesta no refleja una idea original ya que planes pare desecar y urbanizar estas áreas insalubres venía gestándose desde la segunda mitad del siglo XVIII (Pedro Martín de Acuna, Matanzas 20 enero de 1889, Actas Capitulares de Matanzas, vol. 13, fol. 82; Conde de Gibacoa, 1764 en AGI/Títulos de Castilla 11, R. 3) y fueron apoyadas luego por las investigaciones de la Comisión de Guantánamo y la gobernatura de Juan de Tirry y Lacy entre 1802 y 1819 (Orihuela y Viera, 2016; Orihuela y Cotarelo, 2020). Estas zonas serian finalmente rellenadas y pobladas, convertidas en las zonas que hoy cubren los barrios de Pueblo Nuevo, La Marina, San Sebastián y Ojo de Agua. Los planos de Pablo Milera, Juan José Diez Gálvez y Rafael Mestre reflejaron este planeamiento (Escalona y Hernández, 2008; García, 2009; Orihuela et al., 2021). El plano de Milera, específicamente denuncia los terrenos cenagosos adyacentes a la ciudad en 1815, y en el mismo acota que: 

“…la parte de Sur lindando con el Río de Sn. Juan de cinco caballerías y la del Norte y Este de dos caballerías; Se observa que en el estando que están le entra la marea y por consiguiente pertenecen al Rey (…) se le pide la merced [roto] suplicante a desmontar [roto] desecarlas y terraplenar lo que [roto] para solares…” (ANC/Intendencia General de Hacienda, 388, N. 21 en García, 2009: ilust. 74, p. 66). 

Ese mismo año, el recién-jurado gobernador, brigadier Juan de Tirry y Lacy, comenzó una extensa labor de desecación de algunos de aquellos terrenos. Entre estas, rellenó 1400 varas (~1.17 Km) con dos de altura en las zonas bajas de una margen del río San Juan, robándole al mismo, terreno en donde se construyó una “hermosa carnicería y matadero” (alcalde ordinario José Pereyra, Matanzas 6 de agosto de 1819, AGI/Santo Domingo, 1709, fol. 4 en Orihuela et al., 2021: 75). A estas se sumaron otras regiones, sobre las cuales se construyeron calzadas, como explicó una certificación del Cabildo de Matanzas en 1819:

“Está concluida enteramente la calzada de cuatrocientas ocho varas de largo, construida sobre la ciénaga meridional del río San Juan a fin de que los ganados lleguen al matadero sin atravesar la población, y esta también muy adelantada otra calzada más ancha, que cruzando la misma Cienaga, ahorraría media legua de rodeo y algunos malos pasos que la entrada de la ciudad tiene por esta parte…” [sic] (Matanzas, 26 de noviembre de 1819 (AGI/Santo Domingo, 1709, fol. 3 en Orihuela et al., 2021: 75). 

Para por fin desecar aquellos terrenos bajos, en 1832 el gobernador Francisco Narváez, puso a la obra 4250 esclavos para “…la construcción de los sardineles y terraplén de las ciénagas…” (Zaragoza, 1839:108). Narváez no solo impulsó estas obras para el fomento de la ciudad, sino también por el temor de que estas auspiciaran la epidemia del cólera que tan fuertemente azotó a la ciudad durante parte de su mandato (Narváez, 1833; Orihuela, 2020c). 


Preservación de los bosques naturales en la descripción de O’Farrill


En cuanto a la descripción de la bahía O’Farrill apuntó la preservación de los bosques que la circundaban aun para esta fecha. Estos montes y arboledas comenzaron a ser talados indiscriminadamente en las décadas siguientes con el aumento de la industria azucarera y el rápido incremento de los centrales (Funes, 2008; Cotarelo, 2017). Hasta el momento, muchos de aquellos bosques primarios habían persistido porque su tala era ilegal, considerándose como reserva para el uso exclusivo de la Corona conocidos como los “cortes del rey” Para delimitar las regiones de las que se impedía extraerse maderas se confeccionaron planos y mapas, como los ejemplos del capitán Juan Araoz para la Comisión de Guantánamo en 1800, indicándose las zonas de “tiros de madera de construcción” y los “cortes de maderas del Rey” [sic] (AGI/MP-SD 634; AGI/MP-SD 638). Según estos mapas, las fuentes de maderas más notables en la región se encontraban hacia Sabanilla, conocidos como los “Cortes de San Andrés”, cuya vecindad inmediata preservaba aún en 1802 “…montes vírgenes abundantes de maderas, adonde todavía no ha entrado los cortes del Rey” [sic] (AGI/MP-SD 638). 

Sin embargo, talas ilegales tomaron lugar en las haciendas que existían en la región desde antes de la fundación de Matanzas, en 1693. Incluso, al establecerse la ciudad, varios vecinos se dedicaron a la construcción de embarcaciones para las cuales se extrajeron maderas de las cuencas fluviales circundantes a la naciente comarca. Uno de ellos fue Felipe del Castillo – hermano de Diego José del Castillo, vecino fundacional y filántropo que junto a su hermano impulsó varias obras civiles y militares en la ciudad (Cotarelo, 1993; García, 2009; Orihuela et al., 2019, 2021). En 1746, la Real Compañía y Astillero de La Habana intentó “fomentarle con caudales” para que estableciera “corte y tiro” de madera a través de los ríos San Juan y Canímar “…obligándose la Compañía, a enviar embarcaciones propias…” para llevarlas a La Habana. Entre estas embarcaciones figuró el buque de 350 toneladas nombrado “Matanzero” [sic] que también exportaba maderas de Matanzas a México para la construcción de navíos (Manuel J. de Justíz a Andrés Regio, La Habana 3 de junio de 1747: AGI/SD 1501; Antonio de Arredondo a Andrés Regio, La Habana 31 de junio de 1747: AGI/SD 500, 1501; el memorial de Joseph de Urrutia en 1749: AGI/SD 1157). 

Pero don Castillo no entró en el negocio, dado que en ocasiones era más seguro transportar las maderas por tierra; el transporte por mar era vulnerable a los asaltos piratas y mal tiempo. En febrero de 1745, se perdieron en las afueras de la bahía de Matanzas, “a vistas del puerto”, cerca de 1000 palos “principales para navíos” con la entrada de un frente (Martín de Aróstegui a Fernando Triviño, La Habana 22 de junio de 1746: AGI/SD 500; Orihuela y Pérez, 2020). Permisos y concesiones para la tala de madera en la región continuaron al menos hasta finales del siglo XVIII. Como demuestra el “Libro de índices de concesiones para cortar maderas en los montes de la jurisdicción de la Habana de los años 1772 a 1777”, manuscrito inédito de la Colección de José Augusto Escoto, de la Universidad de Harvard (MS Span 52, 663), estas eran meticulosamente registradas por cantidad. Conjuntamente, otro repertorio de documentos inéditos de la misma colección apoya la existencia de resoluciones, que, en 1802, proponían un comercio recíproco con los Estados Unidos “…de maderas del Norte y mieles del país que interesan a la Colonia y el Estado sin ofender el privilegio del comercio nacional…” (Juan de Santa María y Juan de la Cruz a Miguel Cayetano Soler, La Habana, 10 de abril de 1802: MS Span 52, 666). 


El puerto y ciudad


En el puerto matancero, según dijo O’Farrill, “…se hallaba seguro abrigo de los vientos borrascosos todas las embarcaciones…”, no habiendo otro similar en toda la costa norte “…que le pudiera ofender…” (O’Farrill, 1813 vol. 1, p. 2). La apertura de la rada tenía entre Punta Maya y Sabanilla en la costa opuesta, unas 2900 varas castellanas o ~2.42 Km. Desde Punta Maya a la batería de La Vigía - “…en que comienza el pueblo…” – unas seis millas lineales. En sus costas no se levantaba “…mucha mar…” y era por lo “…general poco de temer…” (op. cit.). Sumada a su grande extensión y profundidad, proporcionaban ventajas entrada de buques de comercio de mayor calado. 

Solo el escollo submarino de La Laja resaltaba como un obstáculo que templara la navegación. Sobre esta estructura apuntó ciertos datos precisos: “La Laja tiene una extensión de 330 varas N-S (…) su profundidad en la bajamar es de vara a vara y media. El fondo es una roca calcárea…” de cuya respectiva situación se abrían dos canales “…que son los que sirven a las embarcaciones en la entrada y salida del puerto…” (O’Farrill, 1813 vol. 1, p. 3). Su fondeadero tenía entre 2 y 12 varas de fondo, con un substrato sedimentario variable. Su colocación estaba de suroeste y noroeste con el Castillo de San Severino, con una distancia de 1500 varas a la costa sur del puerto y 1000 a costa norte. El puerto de la bahía de Matanzas, además, sostenía un tráfico costero con Arcos de Canasí, Camarioca, Puerto Escondido y Bacunayagua, todos los cuales se consideraron pequeños por “…encerrar poca agua…” A estos se sumaba el importante viejo Canal de Bahama y la salida a la cálida corriente del Golfo. 

Sumada a la descripción geográfica de la bahía O’Farrill realizó comparaciones en cuanto al temperamento climático de la región: 

“Matanzas goza con muy corta distancia la misma temperatura que la Habana, a pesar de su diferente exposición y de existir dos causas que la debieran hacer notable: una la inmediación en que esta la primera de los ríos y bosques que la circundan; y otra la grande reverberación que recibe del solido terreno…” (O’Farrill, 1813 vol. 1, p. 4). Las noches, asentó, eran en Matanzas más frescas, quedando disipado los vapores de los ríos. 


La transcendencia de la obra de O’Farrill


La Descripción geográfica de José M. O’Farrill si bien quedó plasmada en la historiografía local matancera fue más por su primicia que por la novedad de sus apuntes. Su obra, hasta ahora directamente poco conocida, desde entonces se consideró como el primer registro histórico-geográfico directamente dedicado a la ciudad (Trelles, 1924; Ocasio, 2020) o “…la primera historia de la localidad…” (García, 2009: 206). Sin embargo, hoy se conocen apuntes de similar intención que anteceden a los de O’Farrill – como el reporte para el fomento de Matanzas redactado por Agustín Blondo Zavala para la Comisión del Conde de Mopox y Jaruco (Orihuela y Cotarelo, 2020). Estos reportes, o conocimiento de ellos, quizás sirvieron de inspiración a O’Farrill mientras ejercía de diplomático en el Real Consulado de Agricultura y Comercio o la Real Sociedad Económica. Casualmente también en 1813, el matancero Antonio José Valdés publicó en La Habana su Historia de la Isla de Cuba – obra seminal en proveer una historia esencialmente desde la perspectiva criolla. Resulta curioso que detalles de la historia matancera figuró poco en sus páginas.

Según la tradición, Pedro Antonio Alfonso y del Portillo (1811-1870) heredó algunos de los escritos de Juan M. O’Farrill y estos fueron en parte publicados a partir de 1844 en La Aurora de Matanzas – prensa de la que era corresponsal – y luego incorporados en su Memorias de un Matancero (1854). Sin embargo, Alfonso no indica que partes de su obra provienen de los apuntes de O’Farrill y cuáles de sus propias investigaciones. La única cita directa en su Memorias es respecto al estímulo que recibió Tomás Gener del “erudito” José M. O’Farrill que avivara su inclinación por realizar obras públicas en Matanzas (Alfonso, 1854: 229). 

Un curioso artículo publicado en el Diario de la Marina en 1847 provee ciertas pistas sobre el vínculo de Alfonso con la Descripción geográfica de O’Farrill. Estos fueron “…recuerdos históricos y noticias…” recopilados con el sentido de “…apreciar los progresos que esta población y su territorio…” habían logrado hasta aquel siglo (Diario de la Marina, 2 de febrero de 1847, p. 2 – noticia del 16 de enero de ese año). El corresponsal sumó que: 

“…ya en 1813, fecha a que ascienden los datos estadísticos más antiguos que he podido haber a las manos y que hallo en una memoria escrita por el señor D. Juan Manuel O’Farrill, documento que, con otros muy curiosos, fruto de su estudio, tuvo la bondad de facilitarme el Sr. D. Pedro Alfonso…” Según la misma noticia, “…tiene dicha memoria la fecha de 30 de octubre de 1813 y abraza las noticias relativas así a la población urbana como a la de los partidos…” [sic] (Diario de la Marina, 2 de febrero de 1847, p. 2).

Este pasaje insinúa que la “memoria” de O’Farrill es quizás más extensa que su Descripción geográfica, y según la fecha de finales de octubre, mucho después que sus publicaciones de estas en la prensa. Es por ende posible que su obra haya incluido anotaciones adicionales, hoy desconocidas. 

Dicha nota deja margen de incógnitas. El desconocimiento de los “datos estadísticos” es quizás un lapsus, dado que, sin duda, tanto para 1813 como para 1847, existían censos y recopilaciones disponibles en el Ayuntamiento y archivo de la ciudad (véase estos datos en Orihuela, 2020a; Orihuela y Cotarelo, 2020). La congruencia entre los datos estadístico sobre el crecimiento poblacional, demografía y números haciendas de O’Farrill y Alfonso son idénticos a los datos demográficos recopilados por Agustín Blondo en 1800 para la Comisión del Conde de Jaruco y otro realizado por Juan Tirry y Lacy (op. cit.). 

Desafortunadamente, sus artículos en ese periódico y su Memorias, son casi todo lo que nos ha llegado de Pedro Alfonso. Este quemó en 1870, año de su muerte, una supuesta segunda parte de su Memorias y todos los apuntes que reunió desde 1838 (Calcagno, 1878). Quizás con ellos, también los apuntes de José M. O’Farrill.


Agradecimientos

Extendemos nuestro agradecimiento a Johan Moya Ramis por localizar en los fondos de la Biblioteca Nacional de Cuba algunas de las publicaciones de José M. O’Farrill.


Cita obligatoria

Orihuela León, J. & Cotarelo Crego, R. (2021). La historiografía temprana de la ciudad de Matanzas: perspectiva desde dos obras de la primera mitad del XIX. Librínsula: Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, no. 410 (Nombrar las Cosas, agosto 2021): 1-9. 



domingo, 25 de julio de 2021

Nuevo estudio heráldico e histórico del blasón del Castillo de San Severino

Se ha publicado nuestro trabajo “El escudo de armas del Castillo de San Severino de Matanzas: estudio heráldico e histórico” por la revista científica de Arquitectura y Urbanismo (CUJAE). Enlace abajo:

https://rau.cujae.edu.cu/index.php/revistaau/article/view/630

Aprovecho para agradecer a los coautores Odlanyer Hernández de Lara y Ricardo Viera. A Mabel Matamoros y todo el equipo de redacción-edición de la revista, y a todos los que en estos últimos años nos ayudaron a mejorar esta investigación. Este es otro aporte a la historia del Castillo de San Severino y su historia. 

Aquí les compartimos un resumen bilingüe

Se presenta una investigación heráldica e histórica del único escudo de armas que se conserva en el Castillo de San Severino, fortaleza permanente abaluartada que comenzó a construirse en 1693 en ocasión de la fundación de la ciudad de Matanzas, Cuba, para la protección del puerto y nueva población. Para establecer su origen y simbología, se realizó un análisis documental y basado en un conjunto de evidencias se revela que el escudo presente en el frontispicio de la fortaleza es de confección local y representa al linaje de un caballero de la Orden de Santiago; pudiendo corresponder al blasón de Severino de Manzaneda, gobernador que comenzó e impulsó su construcción entre 1693 y 1695. De este estudio, además, surgen varias hipótesis sobre la fecha de realización y montaje del blasón, que pudieran responderse a través de un estudio arqueológico más detallado.

Here we provide a historical investigation on the surviving coat of arms at Castillo de San Severino, a colonial fortification in Matanzas city, Cuba, which began construction in 1693 for the protection of the bay and the foundation of the city there settled. Through primary documents, we provide an analysis to help explain the history and heraldry of the coat of arms located on the main entrance of this fortification. We consider that the current coat of arms was carved on local rock by an untrained carver and its symbology likely represents that of Severino de Manzaneda, the governor who started and supported the construction of the Castillo. These new data prompted several hypotheses that explain its symbology and time of mounting that require further archaeological testing. This new information is directed at a better understanding of the piece for future conservation.

Como citar: 

Orihuela León, J., Hernández de Lara, O., & Viera Muñoz, R. A. (2021). El escudo de armas del Castillo de San Severino de Matanzas: estudio heráldico e histórico. Revista científica De Arquitectura Y Urbanismo, 42(2), 44–57. Recuperado a partir de https://rau.cujae.edu.cu/index.php/revistaau/article/view/630


viernes, 2 de julio de 2021

Una escultura nunca ejecutada: homenaje de la ciudad de Matanzas a la reina María Cristina de Borbón


Con gusto les compartirnos nuestro reciente artículo titulado “Una escultura nunca ejecutada: homenaje de la ciudad de Matanzas a la reina María Cristina de Borbón” publicado en la revista Librínsula: La isla de los libros perdidos de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí.

Este es un primer acercamiento a la historia de una estatua proyectada en honor a la reina de España, viuda del rey Fernando VII, en la ciudad de Matanzas; un proyecto que no se realizó y que quedó traspapelado y olvidado hasta ahora.

Un cordial agradecimiento a los editores y coordinadores de la revista, especialmente a Johan, por su tiempo y consideración.

¡Esperamos les resulte interesante a todos!

Cita:

Cotarelo Crego, Ramón & Orihuela León, Johanset (julio 2021). Una escultura nunca ejecutada: homenaje de la ciudad de Matanzas a la reina María Cristina de Borbón. Librínsula, 409 (Nombrar las Cosas): 1-19.

Enlace aquí: http://librinsula.bnjm.cu/409/nombrar_las_cosas/259/una-escultura-nunca-ejecutada-homenaje-de-la-ciudad-de-matanzas-a-la-reina-maria-cristina-de-borbon.html

sábado, 23 de enero de 2021

Matanzas desde los Mapas y Planos

Novedad editorial de Aspha Ediciones: Matanzas desde los mapas y planos, de la autoría de Joha Orihuela, Ramón Cotarelo Crego, Ricardo Viera Muñoz, Cándido Santana Barani y Leonel Pérez Orozco ya está disponible.

La versión impresa podrá adquirirse desde la plataforma lulu.com y Amazon, en varios formatos (la versión premium, aunque algo más cara, es exquisita en calidad del papel y colores). Diseño de Catherine Álvarez García y Aspha Ediciones.

**Cada libro se ofrece en dos ediciones, una regular y una de más alta calidad (en papel cromado y color premium – altamente recomendado). 

Nuestro más sincero agradecimiento a los curadores de las instituciones que guardan y protegen tan rico material documental histórico. También a las instituciones, como la Secretaría de Estado, Hacienda y Cultura, Archivo Nacional y Cartográfico Militar de España, que nos han permitido reproducir sus tesoros en nuestras páginas. En especial, a María Muñoz Hidalgo, técnico auxiliar, Antonio Sánchez Mora, jefe del departamento de Referencias, ambos del Archivo General de Indias, a los especialistas del Archivo Histórico Nacional, Archivo Cartográfico, de Estudios Geográficos, y el Archivo Militar General de Madrid, quienes nos facilitaron los permisos de publicación. A las especialistas del Archivo Histórico Provincial de Matanzas, su director Carlos Torrent Molina, y a los del Archivo Nacional de Cuba. A todos los colegas que de una manera u otra nos han aportado información documental de sus propias búsquedas o indicado el camino a ellas, como Carlos Alberto Hernández Oliva, Luis R. González Arestuche, Alfredo Martínez, Maurys Alfonso Risco, Magaly Leiva, Ernesto A. Blanco, Jorge Garcell y Jorge Álvarez. Un agradecimiento especial es debido a Odlanyer Hernández de Lara, Aspha Ediciones, Darién Leyva Suárez, y el editor Néster Nuñez.




Resumen bilingüe

Con esta obra comparte un amplio proyecto de divulgación histórica y cultural, que rinde un merecido tributo a la labor y memoria de innumerables arquitectos, ingenieros, agrimensores, dibujantes, geógrafos, cosmógrafos y anónimos colaboradores, que con su dedicación dejaron plasmados en documentos cartográficos, importantes aspectos de la historia de Cuba, y en particular, de la ciudad de Matanzas. El criterio de selección ha prevalecido en la incorporación de los documentos gráficos menos conocidos y más representativos de las diversas tipologías. Desde la escala continental, insular, territorial y arquitectónica hasta el detalle, y realizados por una variedad de arquitectos y copistas, tanto criollos y peninsulares, como extranjeros – entre los que se destacan los mejores cosmógrafos y cartógrafos de su tiempo. Aparecen en estas páginas los trabajos del cubano Carlos Benítez a la par con los del flamenco Juan de Herrera, o los españoles Juan de la Cosa, Antonio Montenegro, Francisco Plazaola, y Pedro Celestino del Pandal, el venezolano Manuel José Carrerá y el francés Jules Sagebien, y muchos otros de los cuales se conoce y reconoce hoy poco. El material que integra la presente publicación viene a llenar un vacío en la bibliografía matancera, conocimiento imprescindible para la recuperación de los testimonios del pasado que han podido llegar hasta el presente y que tienen que ser transmitidos a las futuras generaciones. 

English 

This work resumes a broad project of historical and cultural dissemination, paying a deserved tribute to the work and memory of countless architects, engineers, surveyors, draftsmen, geographers, cosmographers, and anonymous collaborators, who with their wit and dedication left reflected important aspects of the history of Cuba in the cartographic documents they produced for the crown of Spain, and, particularly of the city of Matanzas. Our selection criterion aimed at the incorporation of the less known and more representative graphic documents of the various typologies. From the continental scale, insular, territorial, and architectural - down to the detail -, and made by a variety of architects and copyists, both Creole and peninsular, and foreigners from other parts of the World. It includes the Cuban Carlos Benítez on a par with those of flamenco Juan de Herrera, or the Spanish Juan de la Cosa, Antonio Montenegro, Francisco Plazaola, and Pedro Celestino del Pandal, the Venezuelan Manuel José Carrerá and the French Jules Sagebien, and many others of which are slightly recognized today. The material that makes up this publication comes to fill a gap in Matanzas’s bibliography and essential body of knowledge for the recovery of the testimonies of the past that must be transmitted to future generations.


Cita:

Orihuela León, J., Ramón Cotarelo Crego, Ricardo Viera Muñoz, Cándido Santana Barani y Leonel Pérez Orozco (2021). Matanzas desde los Mapas y Planos. Aspha Ediciones. ISBN 9789873851285.

viernes, 30 de octubre de 2020

Un blasón para Matanzas: antecedentes para una historia conocida

El uso de escudo de armas o blasones para representar ciudades y provincias se remonta a la primera mitad del siglo XIII. En la península ibérica, los blasones regionales fueron utilizados por monarcas durante la Reconquista para identificar regiones bajo el dominio unificador que les rendían lealtad.  A su vez, las ciudades adquirían una distinción simbólica dentro de la jerarquía de la nación. Estos escudos representaban al reino y algunos de ellos portarían luego divisas que profesaban de “muy leal”, “muy noble” o “muy heroica”.  

Después de 1492, ciudades de la América hispana también gestionaron por ostentar sus propios blasones que las identificaran como parte integral del imperio; otros fueron provistos por sus gobernantes como actos de fundación. Este fue el caso de la Ciudad de San Carlos de Matanzas – Cuba, fundada en octubre de 1693 por el gobernador Severino de Manzaneda, bajo orden real de Carlos II. El 3 de noviembre de 1694, Manzaneda había remitido al rey la primera proposición de un escudo de armas para la ciudad.  Este blasón Manzaneda lo ideó como complemento al de la ciudad de La Habana – con la cual Matanzas guardaba estrecha relación geográfica y militar -, pero cuyo diseño se asemejaba al de su ciudad natal, Balmaseda (País Vasco o Euskadi):

“…titulada ciudad de San Carlos insinuando a Vuestra Majestad la jurisdicción…Me he proveído darle por armas dos puertas que corresponden a las dos llaves que tiene por armas esta ciudad [se refiere a La Habana]  que miran por antonomasia ser las llaves de ambos reinos…”


Escudo de armas de la ciudad de Balmaseda (País Vasco o Euskadi)


Este blasón fue aprobado en febrero de 1698, pero olvidado. No fue hasta comienzos del siglo XIX que se presentara una nueva solicitud de blasón para la ciudad de Matanzas.  

Hasta hace poco, la historia de los escudos de Matanzas se extendía solo hasta diciembre de 1828, cuando Fernando VII, aprobó por real cédula un escudo de armas representativo de la corona para la creciente ciudad.  Esta petición venía con la gracia de que los ciudadanos colocarían su estatua en una alameda de la ciudad. Esta galanura fue instituida por el cabildo el 13 de febrero de 1829 – dando origen al blasón colonial reconocido por historiadores.  No obstante, era desconocido que ya desde 1816 se había presentado una propuesta anterior que resultó en varias gestiones oficiales recogidas en documentos inéditos. La divulgación de estos y la historia que recogen son la intención de esta breve nota. Por lo general, la heráldica cubana ha sido un tema de poca investigación y exigua divulgación.  Los detalles que en estos nuevos documentos se registra nos permiten rescatar una parte de la historia heráldica de la ciudad de Matanzas. 

La fuente documental aquí seguida se titula “Expediente de Juan Dios Lucas de Morejón e Ignacio González", localizada en el Archivo General de Indias (AGI).  En ellos se registra que hacía principios de junio de 1816, actuando como comisarios del Ayuntamiento Juan de Dios Lucas de Morejón - regidor alférez real - e Ignacio González - alcalde mayor provincial, enviaron varias solicitudes al rey para obtener ciertos reconocimientos para la ciudad de Matanzas. Entre estos, estaba la proposición para un escudo de armas para la ciudad y un nuevo uniforme para los oficiales del Cabildo. Los comisarios suplicaban que

“… humildemente se digne S. M. dispensar a la ciudad de Matanzas el escudo de armas que se indica en el modelo que acompaña y otros semejantes, con el tratamiento correspondiente, y así mismo la gracia del uso de un uniforme propio de un cuerpo político…”  

La petición venía auspiciada por las peculiares cualidades de la ciudad, entre las que se encontraba su ventajosa posición geográfica y su potencial agrícola. Estas circunstancias fueron consideradas por el presidente del Consejo de Indias, como 

“…dignas del aprecio de V. M. ponen a Matanzas en el rango y considerado de las otras ciudades principales de la isla de Cuba (…) todas ellas por lo mismo tiene escudo de armas propio, concedido por la autoridad soberana como un testimonio de sus preeminencias y de su constante lealtad y amor a V. M…”

El rey consideró que resultaría en un “…poderoso estímulo…” para el fomento regional, con el anhelo de que algún día Matanzas se convirtiera en “…una de las más florecientes ciudades de aquella isla…”. En los años venideros Matanzas crecería exponencialmente, en población, diversidad y riqueza económica – convirtiéndose en 1860 en la reconocida “Atenas de Cuba”. Pero este crecimiento – este cambio - venía gestándose desde la segunda mitad del siglo XVIII.  La primera habilitación de su puerto ocurrió intermitentemente entre 1793 y 1794. Su población fue nutrida por la inmigración haitiana-francesa, e influyó al despegue económico en aras de la industria azucarera. Para 1815 se había reorganizado el Gobierno Político y Civil de su jurisdicción, culminando en la total habilitación de su puerto al comercio global en 1818.  El memorial adjunto a la petición del blasón sumaba los números de haciendas, ingenios, cafetales y vegas de tabaco. Estos datos apoyaban el auge que comenzaba a experimentar la ciudad. 

En cuanto la petición del blasón, para el 23 de junio de 1816 había llegado a la corte. Por orden real, la petición había sido aprobada por el rey y remitida al Consejo de Indias para que consultara su proceder, el memorial y dibujos acompañándolos.  Todo fue convenido con el fiscal de campo del Consejo Real tres días después. El Consejo respondió que convertiría en “apoderados” o encargados de los trámites a los comisarios del Ayuntamiento – Morejón y González –. Tanto ellos como el Consejo informarían a la Capitanía General y gobernador de Cuba. Se reiteraba la aprobación de la petición por orden real, con todo convenido el 29 de julio “…como lo propone el fiscal…”. Para el 21 de octubre de ese año, el fiscal del Consejo había pedido se le devolviera el testimonio y los dibujos: “…que se remita copia de la representación y testimonios presentados por los referidos…” Pero de su devolución no quedó constancia en los legajos aquí estudiados.

Los trámites para el blasón de Matanzas, como toda gestión gubernamental de la época, se extendería por varios años. En 1817, el alcalde del Ayuntamiento de Matanzas, Juan de Tirry y Lacy devuelve a manos del Capitán General de Cuba, Juan Cienfuegos, copias de las solicitudes hechas por los apoderados, para que estos fueran remitidos una vez más a corte “…con el fin de conseguir el escudo de armas…” y el consentimiento al uso del uniforme para el cabildo que se solicitaba. Esta petición, según Tirry, era “…muy justa, especialmente si se funda en la debida comparación del rango e importancia política de esta ciudad con los demás pueblos de la isla, que disfrutan de ella…”. Según Tirry, Matanzas merecía “…la más alta y provisora atención como posición cardinal para su innovación y defensa y como llave maestra del mar tan frecuentado que la baña…”.  Estos expresos deseos demuestran una visión excepcional del futuro del puerto y la ciudad. El informe documentaba para entonces, una creciente población de 6000 almas “sin contar los niños”, en toda la urbe.  Un par de años más tarde, Tirry diría de Matanzas que su “…pública utilidad y comodidad, que en cuatro años ha hecho de Matanzas un lugar floreciente, aumentado su riqueza y la concurrencia de forasteros…” 

El gobernador de la Isla respondió al alcalde de Matanzas haber recibido los documentos para impulsar el trámite. Además, se daba por enterado del oficio expedido el 21 de octubre de 1816 “…sobre haber acordado el Consejo de Indias que informase (…) acerca de la solicitud de los comisarios del Ayuntamiento de Matanzas…”  Para esta fecha, Cienfuegos había remitido toda la documentación, con copias y diseños, nuevamente a la metrópoli. Estos documentos no acompañan el dossier que aquí se da a conocer, ni hay otra documentación adjunta de esos años. 

Al parecer, un estancamiento de las gestiones fue incitado por la pérdida del memorial original, que incluía el diseño del escudo original y la otra importante documentación.  El Consejo había convenido el 10 de marzo de 1819, donde se precisó que el asunto sea devuelto al fiscal de Nueva España. La documentación de estos trámites está ausente en este legajo. Para el 14 de abril de 1819, los fiscales de Madrid registraron haber recibido los documentos solicitados del gobernador de La Habana y los pedidos al Ayuntamiento de Matanzas. No obstante, el asunto fue cuestionado, como quedó recogido en un pasaje:

Mas que así sea, lo que no justifica, ni resulta del expediente, no aparen ni se alegan mas méritos de Matanzas que haberse mantenido pacifica en el tiempo pasado de las revoluciones y haber hecho algunos donativos que tampoco se especifican…”  

En fragmento arriba citado, quedó insinuado que lo expresado sobre la ciudad no había sido suficiente para adquirir los solicitados reconocimientos de la Corona. Al parecer, el censo realizado por Tirry en 1815, y cuyas estadísticas se incluyeron en el memorial remitido en este dossier, había sido realizado “…con motivo de una pretensión del Ayuntamiento sobre escudo de armas…”, como recogió la prensa local varios años después.  El fiscal no solo señalaba de no haberse proporcionado detalles sobre los donativos que hacían los feligreses matanceros, sino también “…que no se ha verificado porque no está en el expediente ni el modelo del escudo de armas, ni los dibujos del uniforme que se cita…”. Según la carta del fiscal, los documentos ausentes se consideraron “…extraviado todo con el principal del informe del gobernador de La Habana, por ser el duplicado el que se tiene…”

Copias del blasón que se encuentran en el Archivo General de Indias (AGI/MP-Escudos,165)
y el Archivo Histórico Provincial de Matanzas (Libro Becerro). 

Tanto el Consejo como la fiscalía acordó conceder “…a aquel ayuntamiento la [petición] del escudo de armas…”, aunque “…cuyo modelo (…) ha desaparecido el remitido…”. Para darse proseguimiento, se ordenaba a un “rey de armas” – oficial de la heráldica colonial - para que investigase sobre el asunto. Este debía poner en claro las “… noticias de la situación y demás circunstancias (…) y se presente a la aprobación del Consejo…” para finalmente dar cumplimiento a la real orden que ya había otorgado el Rey el 21 de junio de 1816.  El 23 de octubre de 1819 se acordó que “…hágase saber al apoderado que presente un diseño el escudo de armas…”. Este quedó informado el 27 de ese mismo mes. Es de suponer que esto no se cumplió a tiempo, dado que dicha gracia real no se consumó hasta 1828 - cuando por otra real orden se le concede el escudo oficial de la ciudad de Matanzas. 

En la mencionada real cédula de 1828 se concede a la ciudad, otra vez oficialmente, pero esta vez decisivamente “…el uso de uniforme a sus individuos, en particular el escudo de armas y la estatua de S. M. en el centro de la alameda.”   Con esta gracia, Fernando VII había tenido “…bien aprobar con el escudo de armas de la ciudad que así mismo concedo…” como testimonio de aprecio y gratitud. Copias del diseño aprobado del blasón se encuentran en el Archivo General de Indias (AGI/MP-Escudos,165) y el Archivo Histórico Provincial de Matanzas (AHPM). Estas copias, sin embargo, no son idénticas y contienen discrepancias.

La copia en el AHPM se encuentra en la segunda página del Libro Becerro, a todo color. Esta versión diferencia de la copia del AGI en el color de las joyas a la base de la corona, el color y disposición de las hojas de café y caña de azúcar, a los lados, en la forma y reflexión del Pan de Matanzas. El decorado del motivo central, más los bordes del blasón son también diferentes. En la versión archivada en Matanzas, la cinta en la base del blasón no contiene inscrita divisa, mientras que en la del AGI lee “Siempre Fiel”. Una versión de 1831, que apareció en el órgano central de la prensa local, La Aurora de Matanzas, es una amalgama de ambas versiones del blasón. Estas diferencias resultan curiosas, dado que las dos versiones debían ser idénticas, si fueron creadas por un mismo autor y con un mismo destino. Ambas versiones, aunque disímiles, se asocian a la misma concesión de 1828. No hay evidencia de que alguno de estos represente la versión perdida de 1816.  

Lamentablemente, el blasón para Matanzas quedó trabado en la malla burocrática, extendiéndose los trámites hasta realizarse una nueva solicitud en 1828. Esta venía acompañada con un favor quizás más contundente que los presentados anteriormente: el de colocar una estatua del rey en una plaza o alameda de la ciudad. Al parecer se había olvidado para ese entonces, tanto la versión aceptada de Manzaneda como la de 1816. Esta constituye entonces la segunda proposición de blasón para la ciudad hasta ahora conocida. 

El escudo de armas concedido por la autoridad soberana de Fernando VII, ha quedado como un testimonio de las preminencias y profesada lealtad de la ciudad y sus oficiales. A la vez, como un símbolo del poder monárquico sobre sus sujetos – el blasón de la ciudad fue una insignia de la extensión de la Corona en la isla: la “…gloria y esplendor de la monarquía”. Hoy es un recuerdo de nuestro pasado colonial y de nuestra hispanidad – adornado con símbolos de nuestra geografía e identidad criolla.

Escudo de armas de Matanzas.
Fuente: La Aurora de Matanzas, 1831. 


Este articulo esta publicado en Librínsula: La Isla de los Libros Perdidos, órgano divulgativo de las ciencias sociales historia de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, accesible en este enlace, aquí. Aprovechamos este momento para extender un sincero agradecimiento a Ramón Cotarelo Crego por sus múltiples revisiones y a Johan Moya por su apoyo e incondicional bondad. Gracias. 


Cita: 

Orihuela León, J. (2020). Un blasón para Matanzas: antecedentes de 1816. Librínsula: Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, no. 401 (Nombrar las Cosas): 1-9. 


Fuentes

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lunes, 1 de junio de 2020

La búsqueda del mítico Yucayo a través de la arqueología matancera

Memorias de la Ciudad, publicación mensual de la Filial de Cárdenas y la Oficina del Conservador de Matanzas, nos acaba de publicar en su más reciente número (junio 2020, no. 24), un breve resumen de unos de los capítulos que integran nuestra nueva obra “Matanza de Yucayo: Historia y Mito”. Nuestros análisis – después de casi una década de intensa investigación - estarán muy pronto disponibles a través de la editorial Aspha (Buenos Aires, Argentina: ISBN-9789873851278).

En ella, se presenta un minucioso análisis y evaluación de fuentes documentales que recogen la famosa “matanza de Yucayo”, que supuestamente tuvo lugar en una bahía llamada “Guanima”; siendo este uno de los presuntos hechos más singulares ocurridos entre indocubanos e hispanos antes de la conquista de Cuba, comenzada en 1511 y, considerado por algunos, como el primer indicio de rebeldía aborigen contra las huestes conquistadoras.

Según cuenta la tradición, náufragos españoles fueron asesinados por los nativos de un poblado nombrado “Yucayo” y que a razón de esa “matanza”, quedó establecido el nombre de la región que hoy comprende la provincia, municipio y bahía de Matanzas. Sin embargo, con los documentos que se cuentan hasta el momento no se puede asegurar científicamente la ocurrencia de los eventos en la zona, ni siquiera el nombre de la aldea o la correspondencia de “Guanima” con la bahía de Matanzas, a pesar de estar cartográficamente asociadas desde la segunda década del siglo XVI.  Luego, en el siglo XIX, varios historiadores establecieron estas suposiciones con cuestionable o muy poca evidencia documental.

La “matanza de Yucayo” constituye ciertamente un acontecimiento histórico controvertido. Ya desde el siglo XIX se consideraba por algunos investigadores como escasamente verídico. Otros la defienden hoy a capa y espada. Nosotros proponemos que, de ambas maneras, el relato contiene matices de eventos históricos que pueden ser verificables. No obstante, después de una larga argumentación, nuestras conclusiones implican un reajuste importante en varios aspectos de esta historia local, la que por casi doscientos años se ha venido repitiendo de manera irrefutada y alcanzando tonos profundamente cimentados en la identidad de los matanceros.

Uno de estos ha sido, ya desde el siglo XIX, la sobreimposición del “Yucayo” en la ciudad de Matanzas. ¿Pero qué evidencia arqueológica existe que refute o reafirme esta hipótesis? Esa ha sido la pregunta básica que analizamos en el Capítulo 6 de nuestro próximo libro, presentado hoy, brevemente, en las Memorias de la Ciudad.

Espero que lo disfruten e inciten la curiosidad por una de nuestras más antiguas historias, considerada  por algunos como leyenda.

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jueves, 12 de diciembre de 2019

Los planos fundacionales de San Carlos de Matanzas

El origen y autoría del - o los - planos preparados y utilizados durante la fundación de la ciudad de Matanzas en octubre de 1693 son el tema que abordaremos hoy. Para ello nos basamos en extractos de un artículo recientemente publicado en el número 389 de Librínsula, la revista digital de la Biblioteca Nacional de Cuba “José Martí”. Para ver el articulo completo y más información véase enlace aquí.

Fig. 1 Copia del plano fundacional de Matanzas,
realizado por Sotolongo en 1795

" - La ciudad de San Carlos de Matanzas es considerada la primera urbe moderna de Cuba por haberse basado en un planeamiento detallado que contó con un plano prefundacional inalterado y una distribución de terrenos que – siguiendo las Leyes de Indias - fueron rifados a los futuros vecinos, cuyo acto se realizó entonces por primera vez para la historia urbanística nacional. A pesar del aumento demográfico y urbanístico experimentado en la ciudad por más de tres siglos, esta ha preservado casi intacto su trazado original. Este trazado fue plasmado en un plano prefundacional, cuya autoría fue inicialmente atribuida al multifacético escribano Juan Uribe Ozeta quien, junto al ingeniero militar Juan de Herrera y Sotomayor, y bajo orden directa del gobernador Severino de Manzaneda, estuvieron encargados del desmonte y delineación de la ciudad y el Castillo de San Severino, respectivamente desde enero de 1693.

En 1940, el erudito historiador José A. Treserra redescubrió una copia del plano fundacional de Matanzas (fig. 1), cual restauró y dio a conocer a la prensa (fig. 2). 

Fig. 2 Copia apócrifa del plano fundacional realizada por Treserra,
añadiéndole el mítico riachuelo Sabicú.

Después de Treserra, varios investigadores han discutido la relevancia de este importante plano, en cuanto a la distribución de los solares, peculiar organización de su cuadrícula y su autoría. Siendo este el que siempre se ilustró en los trabajos historiográficos. No obstante, un análisis generalizado del mismo, con el apoyo de documentos primarios – algunos inéditos – revela discrepancias que nos proporcionan hoy una visión diferente a aquella prestada por la historiografía.

El plano de Treserra es una copia certificada por el escribano público Juan Valdés y Sotolongo en papel sellado y fechado como mismo ratifica el documento:

Certifico: que el mapa de la vuelta es el mismo que se hallaba original en el Libro de fundación de esta ciudad y en su lugar, quedo copia de su original a que me rremito y en cumplimiento de lo prevenido pongo la presente en esta ciudad de Matanzas en nueve de mayo de setecientos noventa y cinco años” [sic]. 

Fig. 3 Detalle de las copias.

Aquí Sotolongo se refiere a una copia – con fecha del 9 de mayo de 1795 – que reemplazaba a un original realizado el 13 de octubre de 1693, como sugiere el encabezamiento de dicha copia: “Planta de la fundación de la ciudad de Matanza 13 de octubre de 1693 martes” (fig. 3). Curiosamente, algunos historiadores han citado esta certificación y plano con la fecha de 9 de mayo de 1695 y no 1795. También intercambiándose la fecha del 13 de octubre del supuesto original por la del 18 de octubre. La copia de Sotolongo estaba realizada sobre la base de un plano quizás utilizado en los actos fundacionales, y la copia de Treserra fue una versión modificada de este.

¿Entonces de que fecha es el supuesto plano fundacional?

El encabezamiento de la copia de Sotolongo de 1795 claramente indica la fecha de 13 de octubre de 1693. Es muy posible, especialmente si la reproducción es de baja calidad, que se confundiesen el 13 por el 18, y de ahí surgiera el error repetido. La versión que Treserra publicó, a pesar de estar levemente alterada, incluyó la fecha aparentemente correcta del 13 de octubre. Cualquier plano original utilizado al momento de la fundación debe, idealmente, haber existido antes de la organización de los solares y su rifa, o sea antes del 22 de octubre de 1693.

Al parecer, existieron múltiples planos diseñados para la organización de los solares y la extensión del terreno. Algunos realizados desde las primeras mediciones del sitio varios meses antes y otros durante la organización dotada durante el mes de octubre de 1693. Hay insinuaciones en varios documentos de un plano realizado antes del 12 de octubre – un plano prefundacional.

La primera insinuacion aparece en una carta fechada en enero de 1694, donde Manzaneda da cuenta a la Corona por primera vez de haber fundado la ciudad. Se menciona “…el repartimiento de solares, tierras y jurisdicción para la formación de la población…”, indicando que “habiendo llegado a principios de octubre y hecho el mapa del terreno donde V. M. tiene mandado se haga la población…” [sic]. En esta misiva, el gobernador interino se refiere a un documento cartográfico realizado el 9 de octubre o poco después, dado que él llegó a la ciudad el 8 de octubre. Esto queda apoyado en una diligencia firmada por Ozeta en Matanzas el viernes 9 de octubre de 1693 que dice: “tendiendo en acabar de hacer el mapa según las medidas que se hicieron en el territorio…”. Conjuntamente refiriéndose a que el plano había nacido de las medidas realizadas sobre el terreno entre enero y septiembre de 1693, revelando que aún para el 9 de octubre de 1693 entonces no estaba completada dicha planta.

Una segunda alusión se encuentra en las Actas Capitulares de Matanzas y documentos del Archivo Nacional de Cuba donde hacen referencia a un plano utilizado el 10 de octubre de 1693 “…en conformidad del mapa que está hecho de esta dicha ciudad…” [sic]; información que fue tomada de un auto firmado por Uribe Ozeta el miércoles 14 de octubre de 1693. Es posible que estas alusiones se refieran al mismo plano, o sea uno realizado entre el 9 y el 10 de octubre.

¿Fueron estos planos realizados por Herrera u Ozeta como insinúan estos documentos?

Antiguamente, la autoría de plano fundacional de octubre 1693 fue atribuida al escribano agrimensor Juan Uribe Ozeta. Esto es hoy considerado como un error historiográfico, actualmente atribuyéndose como autor de este al ingeniero militar Juan Herrera de Sotomayor. No obstante, las investigaciones resultan contradictorias. Castillo indica a Uribe Ozeta como el autor de por lo menos uno de esos planos. El mismo Ozeta se indica como autor en las Actas Capitulares de Matanzas y autos de fundación cuando recoge el sábado 10 de octubre de 1693 que: “a este sitio de la nueba población, e yo el infrascrito escribano [Ozeta], hecho el mapa de ella en presencia de su señoría y demás personas…” [sic]. Copias de las diligencias firmadas en Matanzas por Ozeta y remitidas al rey recogen la misma información. Otras plantas de la ciudad y fortaleza fueron adjuntas en cartas al rey y la Junta: “copia de los autos que remito en esta ocasión y la planta de la nueba ciudad y población…” [sic], como indica Manzaneda en una instancia.

Esto apoya la hipotesis de varios planos, de diferentes autorías: uno de Ozeta y uno de Herrera. Algunos que datan a antes del 12 de octubre y otros que datan a momentos posteriores, quizás incluyendo algunos realizados por ambos personajes. Esto tiene sentido y es lo más ejerzo dada las practicas del momento. Debieron existir copias y originales, no solo para remitir a los archivos de la gubernatura en La Habana, sino como vimos en las cartas de Manzaneda, también a la Junta de Guerra y la Corona. Por otra parte, tener un solo plano para trabajar sobre el terreno no sería práctico, dado que con la continua utilización requerida para seguir “…delineando cuadras y señalando solares…” [sic] durante la organización de la población, un solo plano se hubiera deteriorado rápidamente. Herrera estuvo desde el principio involucrado en la preparación y medición del terreno que ocuparía la ciudadela, pero al comenzarse las labores del Castillo de San Severino desde mayo de 1693, estaría ocupado dirigiendo aquellas operaciones, aunque continuaría realizando plantas de la bahía y el castillo, como él mismo indica en la documentación del momento (fig. 4). Sobre Ozeta recayó entonces la delimitación y organización de los lotes y la rifa de solares y caballerías de tierras, en la cual se empleó o se emplearon planos. No sería sorprendente que Ozeta realizara una versión propia, quizás basado en un plano maestro de Herrera, para la organización de la ciudad y las familias isleñas instaladas allí. 

Fig. 4 plano de Juan de Herrera, 1696. Archivo Gen. Geog. de Madrid. 

La existencia de varios planos queda sugerida también en las variaciones de los planos sobrevivientes y sus copias. Estos presentan discrepancias, algunas posiblemente reales y otras introducidas por los copiadores, como fue el caso del plano de Treserra. A esta copia pos fundacional, Treserra le añadió el arroyo del Sabicú, lo cual resulta interpretativo y problemático ya que esta característica físico-geográfica no aparece indicada en ninguno de los planos o copias anteriores o descripciones del entorno hechas en aquellos tiempos. Entre estos este un plano existente en el Archivo Nacional de Cuba que aparece ilustrado en Escalona y Hernández (2008), también copia del siglo XVIII de un original quizás confeccionado en octubre de 1693. Este tampoco indica al elusivo y enigmático riachuelo (fig. 5). Es interesante que en un plano de Herrera, recientemente dado a conocer, aparece señalado con tinta disimilar lo que pudiera interpretarse como el mítico riachuelo o los límites de la ciudad en 1696, como queda indicado con la inscripción “El lugar” (fig. 4). Creemos que se refiere al segundo caso. Ninguno de los mapas y planos anteriores o posteriores a la fundacion indican la presencia del Sabicú.

Fig. 5 Copia del plano fundacional de Matanzas,
realizado en 1791 por José Antonio Caballero.

El archivo histórico provincial de Matanzas (AHPM) preserva otras dos copias. Uno de estos es la copia de Sotolongo fechada como vimos en mayo de 1795, el cual fue recientemente redescubierto en la cubierta del primer libro de las Actas Capitulares de Matanzas (fig. 1), y del cual Treserra hizo una reproducción fotoestática, añadiéndole - apócrifamente - el arroyo del Sabicú (fig. 2). El otro, es una copia del plano de Sotolongo realizada por José Llovet de Armas, y se encuentra en un acta capitular de 1818. Tanto el plano del Archivo Nacional como estas dos copias en Matanzas no incluyen dicho riachuelo. 

Los planos pre y fundacionales de Matanzas fueron un instrumento indispensable en su planificación y desarrollo urbanístico, cuya disposición ha sobrevivido por más de tres siglos. El trazado ideado por Síscara y decisivamente plasmados luego en el terreno por Ozeta y Herrera, resultan hoy una de las legacías más importantes de sus labores en Cuba. Un trazado que por su sensible diseño se ajustó inteligentemente a las disposiciones geográficas y geológicas endémicas del sitio – lo que dio origen a las peculiares características que califican a San Carlos de Matanzas como una de las ciudades más bellas, modernas e interesantes de Hispanoamérica. - "




Bibliografía

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