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sábado, 12 de octubre de 2024

Matanzas: más allá del mito y leyenda


El nombre “Matanzas”, que hoy designa una ciudad y bahía en la costa norte de Cuba, ha sido tradicionalmente atribuido a un acto violento ocurrido durante los primeros años de la conquista. Según la leyenda, un grupo de españoles náufragos fue asesinado por indígenas cuando intentaban cruzar la bahía o un río de la región. Sin embargo, esta interpretación ha sido cuestionada por diversos historiadores ya desde el siglo 19, quienes han aportado argumentos sólidos que sugieren que tal relato pudo haber sido distorsionado o incluso ser completamente erróneo.

La versión más extendida cuenta que los indígenas volcaron deliberadamente las canoas de los españoles, provocando el ahogamiento de varios de ellos, y que los sobrevivientes fueron posteriormente ahorcados en una ceiba. Este relato, transmitido por cronistas como Bartolomé de las Casas y Bernal Díaz del Castillo, ha perdurado en la historiografía tradicional cubana, tomando un lugar especial en las creencias locales y el folklore. No obstante, es crucial recordar que estos cronistas escribieron sus relatos varias décadas después de los supuestos hechos, con perspectivas marcadamente subjetivas. Las Casas, por ejemplo, tenía una agenda moral y evangelizadora, mientras que Díaz del Castillo procuraba reivindicar la memoria de los conquistadores. Ambas perspectivas sin duda influyeron en la forma en que representaron los acontecimientos.

Por otro lado, un análisis crítico de la Carta de Relación de Diego Velázquez, escrita en 1514 - y única fuente primaria asociada a estos relatos-, revela una interpretación muy distinta sobre aquella supuesta matanza y el origen de este toponímico, impuesto desde entonces sobre la región. En esta carta, Velázquez describe el origen y contexto de un evento durante la conquista de la isla de Cuba respecto al rescate de tres náufragos españoles —García Mexía y dos mujeres— que habían sido acogidos por caciques indígenas en la región. Aunque a lo largo de su relato, Velázquez menciona actos de violencia, tanto contra como por conquistadores españoles, ninguno de los que el plasma en su carta recoge certeramente uno similar al que tradicionalmente se ha asociado con  el de la leyenda matancera. Al contrario, describe un proceso relativamente pacífico de rescate en el que los caciques locales colaboraron para devolver a los náufragos a los españoles, intactos, a las huestes de Velazquez. La omisión de un supuesto “acto de matanza” sugiere que los eventos fuero posteriormente tergiversados, y  exagerados en relatos posteriores o que, al menos, la historia esta muy sesgada e incompleta. 

Frente a estas versiones tardías, destaca la Carta de Relación del gobernador Diego Velázquez, redactada en 1514, como la única fuente primaria contemporánea. En ella, Velázquez describe el rescate de tres náufragos españoles —García Mexía y dos mujeres— acogidos por caciques indígenas en el occidente de Cuba. Un relato con posibles paralelismos con la leyenda matancera. Aunque menciona actos de violencia en otros contextos, no describe la supuesta matanza en la bahía de Matanzas. Por el contrario, el rescate fue pacífico y facilitado por los propios caciques, quienes devolvieron a los náufragos sin conflicto. El relato solo se asemeja a una idea que les relata un interprete, pero que nunca llego a tomar lugar. Esta omisión resulta significativa y hasta problemática, sobre todo considerando que Velázquez tenía razones políticas para destacar logros de pacificación o justificar acciones armadas. La ausencia de cualquier referencia a una “matanza” de este estilo sugiere que el episodio fue más tarde tergiversado o confundido con otro evento que Velazquez si menciona en su carta: la conocida matanza de Caonao.

La Carta de Relación menciona, en efecto, una masacre en el centro de la isla, la de Caonao, ocurrida durante un avance militar hacia el oriente. Esta confusión geográfica —entre el centro de Cuba y la costa norte occidental— pudo haber inducido a cronistas posteriores a atribuir erróneamente el evento a la bahía de Matanzas. Dado que en la época la cartografía era rudimentaria y la toponimia fluida, es razonable pensar que el nombre “Matanzas” fue sobrepuesto en la región como resultado de esta confusión narrativa a posteriori. 


Desde un punto de vista etimológico, también es altamente probable que el nombre “Matanzas” derive de actividades económicas relacionadas con el sacrificio de ganado y uso de la bahía como paraje de abastecimiento, tal como se usaba el término en otras regiones de América y Europa. Durante la temprana ocupación colonial, se practicaban matanzas de reses en la región - como ha quedado plasmado en la documentación histórica, lo que podría haber originado el nombre sin vínculo alguno con un hecho sangriento. Los primeros mapas que documentan el topónimo datan de 1526, y los registros escritos más tempranos del uso del nombre aparecen hacia 1532, décadas después del supuesto evento.

Además, los nombres en las voces indígenas que han sido tradicionalmente vinculados a la región —como Yucayo y Guanima— tampoco corresponden con precisión a la ubicación de la actual ciudad de Matanzas. Su asociación con la bahía parece haberse consolidado en el siglo XIX, bajo una tendencia revisionista que buscaba rescatar topónimos indígenas como símbolo de identidad nacional, pero sin respaldo documental ni arqueológico firme. Esta superposición de nombres y relatos ha contribuido a la creación de un mito que, aunque profundamente arraigado, carece de evidencias sólidas.

Desde el punto de vista arqueológico, tampoco se ha hallado hasta hoy evidencia material suficiente para respaldar tal leyenda. Los registros disponibles, en cambio, indican una presencia indígena significativa y prolongada, con indicios de interacción entre los pobladores originarios y los colonizadores.

En resumen, la hipótesis más consistente sugiere que el nombre “Matanzas” fue adoptado posteriormente, posiblemente a partir de un error de interpretación o de una tradición oral que confundió hechos geográficamente distantes. La narrativa de una supuesta matanza parece haberse consolidado por la influencia de cronistas tardíos y fue reforzada por discursos nacionalistas posteriores, más que por evidencias documentales o arqueológicas. Esta reinterpretación no solo cuestiona la versión tradicional, sino que también invita a revisar críticamente otras toponimias coloniales que podrían tener orígenes similares.

Nota bibliografica:

Esta interpretación histórica se basa en los análisis críticos y las fuentes documentales presentadas en el trabajo "Matanza de Yucayo: Historia y Mito" de Johanset Orihuela León y Ricardo A. Viera Muñoz (2020, Aspha, Buenos Aires), que revisa la narrativa tradicional sobre el origen del nombre de la ciudad de Matanzas y las interacciones tempranas entre los españoles e indígenas en Cuba.


miércoles, 9 de octubre de 2024

San Carlos de Matanzas: 331 Años de historia y resiliencia

Al conmemorar el 331º aniversario de la fundación de Matanzas, es un momento ideal para reflexionar sobre la rica historia de esta ciudad. El 12 de octubre de 1693, se fundó oficialmente la ciudad de San Carlos y San Severino de Matanzas, un proyecto que simbolizó tanto las aspiraciones de una colonia joven como las duras realidades de la vida en el Caribe a finales del siglo XVII.

El Comienzo del Viaje

Todo comenzó meses atrás, pero el proceso oficial comenzó antes, desde el 9 de octubre de 1693, cuando el gobernador Severino de Manzaneda y su comitiva partieron de La Habana hacia la bahía de Matanzas. Su misión era establecer un asentamiento fortificado que no solo defendiera la costa norte de Cuba, sino que también apoyara su desarrollo económico y social. La comitiva, compuesta por funcionarios, personal militar y familias provenientes de las Islas Canarias, llegó a la bahía de Matanzas: un lugar cuidadosamente seleccionado por su importancia estratégica.

No se trataba de un asentamiento cualquiera. El gobernador había escogido a varias docenas de familias provenientes de las Islas Canarias, cuyo esfuerzo y determinación serían el pilar de esta nueva comunidad. Para mayo de ese mismo año, estas familias ya habían comenzado a preparar el terreno, sembrar cultivos y establecer las bases de lo que pronto sería una ciudad próspera.


Construyendo un Nuevo Futuro

La fundación formal de la ciudad tuvo lugar el 12 de octubre de 1693, cuando se bendijo la primera iglesia y se otorgó el nombre de la ciudad en honor al rey Carlos II de España (San Carlos) y a la estratégica fortaleza de San Severino. Los eventos de esos días, meticulosamente registrados en los primeros documentos oficiales de la ciudad, muestran cuán cuidadosamente se planificó la fundación. Desde la construcción de fortificaciones hasta la distribución de tierras a los colonos, ningún detalle fue dejado al azar.

La ciudad fue trazada con precisión, con la Plaza de Armas (hoy conocida como Plaza de la Vigía) en su centro. Las calles fueron medidas cuidadosamente y se distribuyeron solares a los colonos. La primera iglesia se construyó en un terreno orientado hacia las aguas turquesas de la bahía y a una plaza a su oeste, y, cerca de allí, comenzó a erigirse una fortificación para defenderse de los posibles ataques piratas y de invasores extranjeros.



Luchas y Triunfos

La vida en Matanzas no fue fácil para esos primeros colonos. El clima tropical, las amenazas de huracanes y los brotes de enfermedades como la viruela y el sarampión, fueron desafíos constantes. Sin embargo, a través de su perseverancia y con la ayuda de la naturaleza yerma loca, la ciudad comenzó a crecer muy lentamente. 

No solo tuvieron que enfrentarse a las amenazas naturales, sino también a las presiones políticas. La correspondencia de Manzaneda con la Corona española revela su delicado equilibrio entre garantizar la seguridad del asentamiento y cumplir con las exigencias de los decretos reales para suplir y mantener aquella naciente comarca - ciudadela al pie del San Severino.

Una cosa estaba clara: Matanzas no era solo un puesto militar, sino que se estaba convirtiendo en una comunidad. En pocos días se celebraron matrimonios, se bautizaron niños y la ciudad comenzó a florecer, evolucionando poco a poco de un bastión defensivo a un centro cultural y económico.


Un Legado Duradero

Hoy, Matanzas es conocida como la "Ciudad de los Puentes" o la "Atenas de Cuba", gracias a su rica historia cultural. Pero es importante recordar sus orígenes: aquellos primeros días cuando un grupo de familias decididas, guiadas por la fe y la resiliencia, construyeron una vida en el Caribe. Las calles cuidadosamente trazadas, los restos de la primera iglesia, y el Castillo de San Severino que aún se erige como símbolo de los comienzos de la ciudad nos recuerdan aquel momento histórico de su fundación.

Al celebrar 331 años de Matanzas, honramos no solo a las figuras históricas que colocaron las primeras piedras, sino también a los innumerables hombres y mujeres que construyeron el legado perdurable de la ciudad. Desde sus raíces coloniales hasta su rol moderno como centro cultural cubano, Matanzas sigue siendo un testimonio de la fortaleza y el espíritu de su gente.

Cita: Orihuela, J. (2021). Historia Fundacional de Matanzas. Ediciones Aspha, Buenos Aires. 


domingo, 14 de noviembre de 2021

Aporte de Manuel F. García a la historiografía de Matanzas



Los años entre 1808 y 1833 marcaron un período crítico en la historia de España y sus colonias. No solo estuvo la Corona envuelta en una cruente guerra civil y reformista, sino que a la vez comenzaba a perder parte de su vasto imperio americano. En 1808 Napoleón derrocó el gobierno español de Fernando VII, quien fue exiliado. Cuba, como colonia del vasto imperio, profesó lealtad a Fernando VII, aceptando a la vez, la promulgación de la Constitución de 1812. Fernando retomó la Corona en 1814 y regresó del exilio, pero la revolución interna y las reformas sociales colmaron la atención que el gobierno español podía rendir a sus colonias americanas. A pesar de ello, este fue un momento de máximo avance socioeconómico y cultural en Cuba, y especialmente en la ciudad de Matanzas. En 1819, finalmente se abrió el puerto matancero al comercio global (y también esclavista) con la puja del gobernador Juan de Tirry y Lacy. Con el crecimiento económico que siguió, se crearon el primer teatro de la ciudad (1822), la Diputación Patriótica (1827), los periódicos y La Aurora (1828, aunque ya en 1813 se había creado el Diario de Matanzas), la Sociedad Filarmónica (1829) y la primera biblioteca pública (1833) entre otras (Alfonso, 1854; Quintero, 1878); todas con un significativo impacto en la vida social, económica, y cultural de la ciudad. 

La creación de estas instituciones reflejaba el espíritu fomentalista, que, como influencia ideológica, apoyaban el descubrimiento y explotación de los recursos naturales de manera inteligente (Marrero, 1980). Esta corriente, a la vez, eran síntomas de un crecimiento que venía gestándose desde la segunda mitad del siglo XVIII (ej. Comisión del Conde de Mopox y Jaruco; véase Orihuela y Cotarelo, 2020). Al morir Fernando VII a finales de septiembre de 1833, su hija, la infanta María Isabel (1830-1904), heredó el trono como Isabel II. Su madre María Cristina (1806-1878), actuó como reina regente sosteniendo una política mucho más liberal hacia las colonias americanas. En este contexto floreció un interés dirigido a rescatar y preservar la memoria histórica de la ciudad y su acontecer diario en forma de breves compilaciones. Entre estas surgieron los escritos de José M. O’Farrill y el doctor presbítero Manuel Francisco García que abren una ventana hacia Matanzas en las primeras décadas del seminal siglo XIX. 


El manuscrito inédito de Manuel Francisco García que se encuentra en la colección de J. A. Escoto, de la biblioteca de Houghton, Universidad de Harvard (EE. UU.), está compuesto de 18 folios en cuarto y fechado en Matanzas, el primero de mayo de 1832 (MS Span 52, 746). En sus primeras líneas García explica su destinatario y objetivo: “…al doctor secretario de la Sección de Historia…” de la “Junta” pero no se explica cual. A este se remitía el “…cuaderno que abraza, además de las noticias concernientes al ministerio (…) las tradiciones de más autoridad sobre la raza indígena que poblaba este suelo…”, y cuya intención era que la “Junta” se encargara de su publicación, la cual atendería a su “…ardiente deseo de ser útil al público…” (fol. 1r). Se disculpaba García diciendo

“Quisiera haber podido despachar este pequeño trabajo con mayor anticipación, y de un modo más completo…” pidiendo que la sección de la Junta, a la que remitía el trabajo, disimulara lo que considerara inapropiado: “Espero que disimule que no le haya dado toda la latitud que la sección desearía, así porque las graves ocupaciones de un ministro apenas me dejan el tiempo necesario…” (fol. 1r). 

Al parecer el cuadernillo no llegó a publicarse y arribó con los papeles de Escoto a la colección de Harvard. Estos documentos llegaron a dicha institución en 1929 como obsequio del naturalista Tomás Barbour, investigador del museo de Zoología Comparativa de aquella universidad, quien los compró en una visita a Cuba en 1917 (Orihuela y Hernández de Lara, 2018).

A comienzos del siglo XIX, Manuel Francisco García había sido presbítero de Corral Nuevo. De su pluma nació un expediente sobre la construcción de un nuevo cementerio general de la ciudad de Matanzas, el cual ayudó a promover con su publicación en 1840 en la Imprenta del Gobierno y Marina (La Aurora de Matanzas, jueves 8 de octubre de 1840, p. 2). Como venerable sacerdote luego de la iglesia de Matanzas, e íntimo amigo del bardo Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), permitió que se sepultara a este, a pesar de haber sido fusilado, “…al pie del quinto pino o casuarina que se ostentaba a la izquierda de la entrada…” de aquel nuevo camposanto (Morales, 1901: 174). García fue discípulo del padre Félix Varela, e impartió clases de filosofía en el colegio La Empresa (Morales, 1901) e integró la Asamblea Suprema y comitiva bajo cuyo cuidado se construyó la iglesia de San Juan Bautista en el barrio de Pueblo Nuevo (Pettway, 2020). 

Los apuntes históricos del padre García comienzan con la posición cosmológica de la bahía – como era usanza de la época, véase también en la publicación de O’Farrill – y de ella pasa a su etimología toponímica. Sobre el origen de esta última registra que “…se cuestiona entre los anticuarios de la isla, unos defienden que proviene de la matanza de indios…” y otros de la matanza de ganado al comienzo del siglo XVI (fol. 1r). Para esta época, recordemos que García redactó el manuscrito en 1832, fue que se comenzó a superponer sobre la ciudad el sitio de la matanza de Caonao (originalmente en Camagüey), interpretada por algunos intelectuales de la época como la supuestamente ocurrida en la bahía de Matanzas que dio firmamento al nombre de la rada y a la leyenda de Yucayo (Orihuela y Viera, 2020). 

Continuó el padre García que algunos consideraban que “Yumurí” provenía del lamento de un aborigen en “mal castellano” [yo morí], como es común creencia. Otros sostenían una hipótesis contraria, “…que el referido nombre trae su origen de la crueldad alerosa [sic] que el principio de la conquista practicase ciertos indios…” (fol. 1r). Todas las variaciones sobre el origen toponímico de la bahía carecen de veracidad histórica, pero ha sido asimilado en la identidad cultural de la región. Como tema, el origen del nombre de la región matancera sufrió un proceso revisionista en la segunda mitad del siglo XIX que contribuyó a adquirir su estatus legendario actual (Orihuela y Viera, 2020). Pero los escritos de García anteceden a las publicaciones de José María de la Torre y Francisco Javier de la Cruz, dos autores que influyeron en plasmar la leyenda del mítico Yucayo de la bahía de Guanima sobre Matanzas (siguiendo las distorsiones de algunos cronistas del siglo XVI, Orihuela y Viera, 2019, 2020), por lo que es improbable que dichos autores hayan nutrido los apuntes del padre García. Para la época no existían las publicaciones en esta temática como el Álbum de Yucayo (1847), o los artículos de periódico de Francisco Ximeno, Juan Ignacio de Armas, José María de la Torre y Javier de la Cruz. Como fuentes, García cita la obra de Antonio José Valdés (1813).


Sobre los aborígenes de la región comentó:

“Los indios de esta comarca fueron extinguiéndose desde el descubrimiento, pero desde el año de 1539, en que llego a gobernar la isla Hernando de Soto, al de 1564 (…) se fueron casi todos en sus piraguas a la Florida; creyendo, según antiguas tradiciones, volver al país de sus antepasados…” (fol. 2-3).

García otorgó amplio espacio a comentar sobre los aborígenes, su extinción, y sus casas de madera y guano, sus muebles, instrumentos líticos (ej. “piedras de rayo’) y otras aplicaciones, citando en varias ocasiones al Barón Alejandro de Humboldt. En gran parte, los apuntes de García sobre los nativos cubanos son limitados y poco informados. Visto a la luz del conocimiento actual, muchos son incorrectos. Al parecer, García plasmó lo que era quizás conocimiento común de la época. En otras instancias, curiosamente, hace referencia a conocimiento que no se estableció hasta años después, como la división territorial o las provincias aborígenes de la isla (fol. 4). En este tema, antecede la publicación de José María de la Torre (1839-1847). 


Sobra la fundación de la ciudad y la extensión territorial


Según García: “…las primeras líneas de esta ciudad fueron trazadas el sábado 10 de octubre de 1693…” en presencia de “…36 personas muy distinguidas…” Sumó García que fue el obispo de la isla, Diego Evelino de Compostela quien nombró la ciudad “San Carlos Alcázar de Matanzas” (fol. 1v). Este pasaje presenta varios errores, algunos arrastrados sin verificación de la documentación primaria hasta recientemente. La ciudad de Matanzas fue oficialmente nombrada “San Carlos y San Severino de Matanzas” por el gobernador, Capitán General de la isla, don Severino de Manzaneda en octubre 12 de 1693. Los presentes fueron mucho más que 36, y los vecinos fundadores oficiales entre 19 y 20, como ha quedado demostrado de fuentes documentales y demográficas de la época (Orihuela et al., 2019a, 2020). Sumó el padre García: “…Desde el año de 1693 en que tuvo principio la fundación de Matanzas hasta el corriente siglo, muy pocas son las ocurrencias notables que ofrece su historia…” Afirmación que está muy lejos de realidad histórica. De estos pequeños errores es evidente que García no extrajo su información de las Actas Capitulares en el archivo del ayuntamiento u otras fuentes primarias. 

Continuó el padre García que, ya desde 1607 – según una cédula real expedida el 8 de octubre – Matanzas se consideró un poblado sometido al gobierno de La Habana, dentro de su distrito. En este dato siguió la obra de Valdés (1813); el dato es verosímil y apoyado en documentación primaria. 


Arquitectura, demografía y riqueza local


El aporte más significativo de la obra de García se encuentra en este acápite, especialmente su aporte a las estadísticas locales, datos sobre las fortificaciones e iglesia. En estos temas los apuntes de García constituyen una fuente primaria, dado que de esto fue testigo de primera mano durante su estancia en la ciudad. Resulta particularmente novedosa para 1832 su recopilación de los curas párrocos de la ciudad entre 1693 y 1809, ya que anteceden los provistos por Alfonso (1854) y Quintero (1878). 

Sobre la arquitectura local apuntó:

“Hace 14 o 15 años [o sea 1814-1815] que era tan rara una casa de teja y mampostería como lo es actualmente en la parte principal de la ciudad, una de las llamadas comúnmente de ‘guano’ que tocan a ser total extinción.(fol. 4-5).

García proveyó un breve censo, que puede compararse con el de Tirry ya publicado (Orihuela, 2020a) y el O’Farrill en la figura 2 en la primera parte de este aporte (Orihuela y Cotarelo, 2021). Según las tabulaciones del cura había 1800 casas en la ciudad, cada una con un promedio de ocho habitantes por familia. Sobre el capital disponible para el crecimiento urbano sumó que:

“El capital que consideramos hay destinados a la fabricación pasa de 650,000 pesos. Se levantan fabricas cuyos impuestos ascienden de 40 a 70,000; de 6 a 12 se ven por todas partes los vecinos de 12 a 15 años se encuentran transportados como por ensalmo [sic] a una hermosa población…” (fol. 5). 

La población había crecido desde 4887 habitantes (contando blancos, esclavos y libertos) en 1816 a 9333 una década después (~44%), y en julio de 1828 a 11154. En total, constituyen una tasa de crecimiento de ~83 % que reflejan la inmigración y el crecimiento socioeconómico que experimento la ciudad desde la apertura de su puerto. Sobre este punto que:

“El puerto tiene un embarcadero a 5 leguas de distancia, que, aunque insalubre en localidad se ha hecho importante, oyes en el año 16 [1816] había tres lanchas destinadas a la conducción de frutas que allí depositan hacendados para traer a los almacenes de la ciudad…” (fol. 5). 

Ya en 1828, el pastor norteamericano Abiel Abbot, de paso por la ciudad, advertía que 

“Matanzas, a causa de su súbito desarrollo, se ha convertido en una ciudad de considerable importancia y está destinada a ser una gran urbe. Hace dieciocho años era sólo algo mayor que Cárdenas, pero gran parte de este crecimiento ha ocurrido en los últimos diez años…” (Abbot, 1829: 126). 

Para 1832 este número de embarcaciones se había multiplicado a 32 lanchas “…exclusivamente en este tráfico, matriculadas (…) provechosamente a 225 hombres…” Estas lanchas fueron fuente de empleo y un componente ilustrativo del crecimiento económico substancial que experimento la ciudad a través de su puerto durante las primeras tres décadas del siglo XIX. Otras 58 lanchas más 400 esclavos “…facilitaban los embarques y desembarques para más de 300 buques de diferentes puntos y naciones que anualmente vienen a nuestras bahías…”, que, en los últimos 14 años habían alcanzado los 5 millones. Las fotografías tomadas en la ciudad por el norteamericano George N. Barnard en 1859 reflejan los trajines diarios del puerto y las lanchas del río (Orihuela y Viera, 2016). 

Según el padre García, fue durante el siglo XIX que se conoció la riqueza de sus suelos y la “importancia topográfica” de la región. Apuntó, evidentemente siguiendo el censo de Tirry, aunque sin citarlo, que en 1813 existían en los campos matanceros 37 ingenios y 73 cafetales, con una extracción que equivalió en 1816, a 21,876 cajas de azúcar y 18700 de café. Para 1826 se había más que duplicado a 115 ingenios y 228 cafetales; toda una taza de crecimiento de 30%. 

García además comentó sobre la calidad de las aguas de la región. Entre estas resaltó las de Cuanavaco, a cuatro leguas al oeste de la ciudad – hoy sumergidas bajo la presa del Valle Elena; las de San Miguel y las de San Pedro; todas ellas descritas en detalle, sumando las aguas de igual importancia en los baños de Pila, Ocújal [sic], Madruga y Cupey. 

Sobre las fortificaciones de la ciudad comentó García que: “…defienden a Matanzas los cuatro fuertes de San Severino, el Morrillo, Penas Altas y la Vigía, cuya importancia graduada en el orden que se denominan, reducen la nulidad de la última…” (fol. 8). Este último pasaje directamente refiriéndose a la ya considerada entonces obsoleta batería de San José de la Vigía, que, en conjunto a otros proyectos de la rada, condujeron a su demolición en agosto de 1862 (Orihuela y Viera, 2016; Orihuela et al., 2019b). Continuó García, que otras construcciones importaban una placentera confianza, resaltando “…la posesión del más hermoso cuartel de la isla, en cuyo costo ha contribuido este vecindario…” (fol. 5), refiriéndose al cuartel de Santa Cristina (López 2016, 2019, Orihuela et al., 2021). 

Dado su posición como miembro de la Iglesia, el cura García ofrece algunos datos novedosos sobre la arquitectura y funcionamiento de esta instrucción en la ciudad. Sobra la actual Catedral San Carlos Borromeo complementó que se le había construido “…la torre de bella arquitectura a los 133 años [de su construcción inicial], siendo obispo (…) don Juan José Días de Espada y Landa…” y bajo la capitanía de Dionisio Vives, la gobernación de Cecilio Ayllón y su propio (el de García) envolvimiento en la supervisión de la obra. Este apunte antecede la obra inédita de José Jacinto M. Martínez “Crónica de la iglesia parroquial de San Carlos de Matanzas extractadas de los Archivos de esta y otras noticias” fechada en 1857 (Pérez, 1992; Orihuela et al., en prensa). Sobre su interior mencionó tener “…hermosos altares de caoba, adornado lo posible con (…) aseo...” (fol. 8). Contenía establecidas dos cofradías, una con el Santísimo Sacramento y otro de la Soledad de María Santísima. 

Según el padre García, la parroquia matancera contaba con cuatro iglesias: una en Nueva Florida (Ceiba Mocha), Santa Ana, Santa María del Rosario del Corral (Corral Nuevo) y San Juan Bautista de Pueblo Nuevo. De esta última “…se ha logrado su conclusión o fabrica con la piedad del vecindario…” (fol. 8). Su primera piedra había sido asentada, a vista de un público espectador “…júbilo y alborozo…” el 21 de diciembre de 1828. Según Quintero, esta se había colocado el 28 de agosto de 1828 (1878: 842-46). Aquella primera piedra llevaba la siguiente inscripción en latín:

Ferdinando 7º Rege. Pio, Semper arrquisto, Franco. Dionisio Vives, Insulam Cubae, Joanne Josepho Días Espada, Diececium habanerum, Cecilio Ayllon Matantiae civitatem, Emmanuele Francisco Garcia, Paraeciatem ecclesiam, feliciter gubernantubus, Templum Hoc Pecunia Collectitia, Coditum, Divo Joanni Baptistae, D. O. C. Anno Domini MDCCC XXVII (fol. 9).

Las gestiones para la construcción de la iglesia San Juan Bautista de Pueblo Nuevo habían comenzado desde junio de 1827 con la donación del espacio por tres vecinos: Norberto García, Manuel de Sotolongo y Juan Dulzaides quien fuera luego su maestro de carpintería; a estas sumada otra de los herederos de Rita de Sotolongo (Domínguez, 1963). En 1828 fue aprobado el proyecto y finalmente culminado en mayo de 1832(Quintero, 1878; Treserra, 1941; Domínguez, 1963; López y Marrero, 2012). Es notable en la inscripción la participación del padre García – la cual, según Domínguez (1963: 8) le fue encargada por el obispo Espada el 22 de febrero de 1828. El albañil de la obra fue el maestro José Hernández (op. cit.) Al fondo del altar mayor llevó colocada una “…hermosa imagen de San Juan Bautista, titular de dicha iglesia, hecha por el célebre profesor D. Juan Bautista Vermay…” (Domínguez, 1963: 8). 

Sobre el nuevo cementerio, con el cual también sostuvo una conexión directa, el padre García escribió: 

“El 24 de agosto de 1825 se erigió la capilla del Cementerio General de esta ciudad y se dijo la primera misa en ella, habiendo concedido el actual Excelentísimo e Ilustrísimo Sor. Obispo diocesano…” (fol. 9). 

García ofrece además un largo listado sobre las ermitas, capillas, y otras obras dedicadas a múltiples santos en varias haciendas del interior matancero. Por ejemplo, una ermita dedicada a San Francisco de Paula en el partido de Laguna Larga de Manuel Martínez; un “oratorio legítimamente construido” en La Cumbre por “don Joaquín”; y la señora marquesa de Prado Ameno tenía otra dedicada a Nuestra Señora de la Candelaria en su hacienda de Los Molinos. Finaliza sus apuntes con otra larga lista de curas párrocos, tenientes de curas y sacristanes mayores de la parroquial matancera entre 1693 y 1809. 


Si de la historia de la Atenas de Cuba se trata, nadie mejor que el historiador y militar ateniense Tucídides para recordar que “la historia es un incesante volver a empezar”, quizás porque como expresara Mario Benedetti “cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron las preguntas” y es tarea del historiador honesto rastrear hasta la saciedad todas las posibles fuentes que ayuden a la realidad histórica. Los aportes de José M. O’Farril y Manuel Francisco García, con sus verdades, errores e imprecisiones, son una prueba de cuanto todavía queda por desempolvar y sumar acerca de algunos pasajes de la historia matancera y son, además, testimonios de la riqueza que atesoran las bibliotecas y los archivos para apoyar estas búsquedas. En el caso de O’Farrill se conservan en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí algunos de los números de prensa donde quedaron sus ideas y, con respecto a Manuel Francisco García, cuya obra contiene múltiples incongruencias históricas -algunas refutadas recientemente con evidencia documental y otras que son artefacto de la memoria de la población- lo respalda la Biblioteca Houghton de la Universidad de Harvard donde se conserva la inestimable colección de José Augusto Escoto. Con estas páginas se pretende divulgar aspectos menos conocidos de la historiografía local, sin temor al dato que pueda hacer cambiar “verdades establecidas” pues cómo decía el gran Miguel de Unamuno “...el progreso consiste en renovarse...”. 



Agradecimientos

Extendemos nuestro agradecimiento a Johan Moya Ramis y a Librínsula por todo su apoyo. Para bibliografía véase los textos publicados. 


Cita obligatoria:


Orihuela León, J. & Cotarelo Crego, R. (2021). Aporte de Manuel F. García a la historiografía de Matanzas: perspectiva de la ciudad en la primera mitad del XIX desde un manuscrito inédito. Librínsula: Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, no. 412 (Desde adentro, noviembre 2021): 1-12. 

Disponible aquí: 

http://librinsula.bnjm.cu/412/desde_adentro/302/aporte-de-manuel-f-garcia-a-la-historiografia-de-matanzas-perspectiva-de-la-ciudad-en-la-primera-mitad-del-xix-desde-un-manuscrito-inedito.html

lunes, 2 de agosto de 2021

La historiografía temprana de la ciudad de Matanzas: O'Farrill


Librínsula, la Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, a publicado en su número 410 (acápite Nombrar las Cosas), un breve aporte para la historia de Matanzas; una visión de la primera mitad del siglo XIX desde documentos de difícil acceso. Disponible aquí:

http://librinsula.bnjm.cu/410/nombrar_las_cosas/279/la-historiografia-temprana-de-la-ciudad-de-matanzas-perspectiva-desde-dos-obras-de-la-primera-mitad-del-xix.html

 

Aquí les compartimos una versión: 

“[…] La historiografía de la ciudad de Matanzas nació sustancialmente en la segunda mitad del siglo XIX. Hasta la primera década del siglo XIX Matanzas había sido una simple comarca, con un mínimo margen de crecimiento económico y cultural. No fue hasta las primeras décadas del siglo XIX que la ciudad comenzó su despegue, proporcionado por la apertura de su puerto al comercio global y el auge de la industria azucarera, ambos apoyados en una cruenta esclavitud. Conjunto a su auge socioeconómico, brotó un interés por el conocimiento histórico de la ciudad reflejado en el interés intelectual de rescatar la trayectoria histórica de la región y su población.

Este devenir historiográfico quedó finalmente plasmado en dos obras magnas de la segunda mitad del siglo XIX, hoy de obligatoria consulta: Memorias de un Matancero de la pluma de Pedro Antonio Alfonso, publicada en 1854, y Apuntes para la Historia de la Isla de cuba con Relación a la Ciudad de Matanzas de José Mauricio Quintero, publicada en partes entre 1868 y 1878. Pero lo cierto es que la tradición historiográfica de Matanzas tiene raíces más profundas, algunas que se remontan hacia finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, cuyo aporte o perspectivas resultan hoy novedosas o muy poco conocidas (Orihuela y Cotarelo, 2020). Entre estas se encuentra la Descripción histórica y geográfica del pueblo y jurisdicción de Matanzas de José Manuel O’Farrill publicada desde 1813 en separatas de la prensa; obra considerada la primera recopilación de la historia de Matanzas (ej. Alfonso, 1854; Trelles, 1922, 1924; Ponte, 1959; García, 2009; Ocasio, 2020). La publicación de O’Farril ha sido extensamente citada pero directamente poco consultada, dado el desconocimiento de ejemplares sobrevivientes o transcripciones (op. cit.). Por ende, su contenido no ha estado al alcance de historiadores locales y es escasamente conocido. 


Gracias a la preservación fortuita de algunos ejemplares de la obra de O’Farrill en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, aquí se expone un análisis y contextualización de los datos más relevantes en ellas contenida. A estos se suman un boceto histórico inédito de Manuel Francisco García, manuscrito en mayo de 1832, de la Colección de José Augusto Escoto en la Universidad de Harvard, (EE. UU.). En conjunto, con el apoyo de la prensa local de la época y otras fuentes documentales, permiten una visión sobre el estado de la ciudad en las primeras décadas del siglo XIX. Con este breve aporte se nutre el conocimiento histórico de la ciudad durante la primera mitad del siglo XIX, momento crucial en la evolución general de la ciudad y la región.

La recopilación histórica de O’Farrill nació del ímpetu intelectual del siglo de las luces, el racionalismo y enciclopedismo de finales del siglo XVIII. Aquellos valores de la ilustración en tiempo de Carlos III emanaban desde la metrópolis hasta las márgenes del imperio, importados por los ciudadanos más instruidos, la élite socio-militar, y las reformas borbónicas (Marrero, 1980; Arregui, 1983; Stein y Stein, 2006). En Cuba, este ambiente pro-intelectual dio paso a la fundación de instituciones como la Sociedad Económica de Amigos del País (1787-1793), el Reglamento de Bibliotecas Provinciales (1812) y el Real Consulado de Agricultura y Comercio de La Habana (1794); casi todas en las que Juan M. O’Farrill ejerció un rol. 

Juan Manuel O’Farrill Arredondo, habanero de nacimiento, del seno de una familia distinguida, fue un personaje con estrechos lazos en la historia de Matanzas durante la primera mitad del siglo XIX. Fue miembro fundador de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana (Ponte, 1959). En los primeros años del XIX tuvo residencia en la ciudad de Matanzas, donde ejerció como capitán de dragones y teniente coronel del escuadrón de caballería de milicias (Santa Cruz, 1940:337-338; García, 2009: 206). En 1819, introdujo el primer barco de vapor, “El Neptuno”, estableciendo una vía de comunicación habitual entre los puertos de La Habana y Matanzas que facilitaba la trata esclava (Marrero, 1980; Rojas, 2019). O’Farrill falleció en julio de 1825 contando con 65 años, y su entierro se efectuó en Madruga, donde su familia tenía haciendas (García, 2009). Al momento de la publicación de su Descripción en 1813, fungía como cónsul del Real Consulado de Agricultura y Comercio de La Habana (Ponte, 1959: 102). 

La valiosa compilación de O’Farrill fue publicada en varios periódicos del momento como El Patriota de Matanzas, de la imprenta de José María Marrero y el Diario de Matanzas, de la oficina de Francisco Camero (Trelles, 1924). Según el historiador Trelles, también se publicó a finales de febrero de 1814 en el Diario de La Habana (Trelles, 1924: 217). De estos solo se han podido localizar ejemplares de El Patriota (Johan Moya Ramis com. pers. octubre de 2020), fechados entre el 13 y 18 de octubre de 1813 (Fig. 1). Estas notas históricas – según él mismo O’Farrill – habían sido presentadas al Ayuntamiento de la ciudad el primero de octubre de 1813.

Descripción histórica y geográfica del pueblo y jurisdicción de Matanzas de José Manuel O’Farrill son una recolección de breves datos sobre la posición geográfica de Matanzas, con datos de su topografía y clima (temperaturas). Se discuten las zonas cenagosas y las plantas que allí crecían, más la calidad de sus aires. O’Farrill afirmaba la necesidad y beneficio que sería desecar las ciénagas circundantes a la ciudad, subrayando que: 

“…serían más felices sus habitadores, si favorecidos por la naturaleza, lo fuesen también por el arte; si corrigiendo aquella con la desecación pretendida, apartasen de sus puertas los efectos pestilenciales del metitismo [sic], respirando (…) el aire balsámico de los campos vecinos…” que se purificaban con los vientos y brizas del mar (O’Farrill, 1813: vol. 1, p. 1). 

Llamados similares se realizaron durante los períodos con brotes de epidemias, como fiebre amarilla, y más con la del Cólera de 1833 (Orihuela, 2020 b, c). A esto sumaba O’Farrill, que tal desecación de los terrenos bajos agregaría unas 10 caballerías “…de tierra cultivable a las del territorio…” (O’Farrill, 1813: vol. 1, p. 2). Esta propuesta no refleja una idea original ya que planes pare desecar y urbanizar estas áreas insalubres venía gestándose desde la segunda mitad del siglo XVIII (Pedro Martín de Acuna, Matanzas 20 enero de 1889, Actas Capitulares de Matanzas, vol. 13, fol. 82; Conde de Gibacoa, 1764 en AGI/Títulos de Castilla 11, R. 3) y fueron apoyadas luego por las investigaciones de la Comisión de Guantánamo y la gobernatura de Juan de Tirry y Lacy entre 1802 y 1819 (Orihuela y Viera, 2016; Orihuela y Cotarelo, 2020). Estas zonas serian finalmente rellenadas y pobladas, convertidas en las zonas que hoy cubren los barrios de Pueblo Nuevo, La Marina, San Sebastián y Ojo de Agua. Los planos de Pablo Milera, Juan José Diez Gálvez y Rafael Mestre reflejaron este planeamiento (Escalona y Hernández, 2008; García, 2009; Orihuela et al., 2021). El plano de Milera, específicamente denuncia los terrenos cenagosos adyacentes a la ciudad en 1815, y en el mismo acota que: 

“…la parte de Sur lindando con el Río de Sn. Juan de cinco caballerías y la del Norte y Este de dos caballerías; Se observa que en el estando que están le entra la marea y por consiguiente pertenecen al Rey (…) se le pide la merced [roto] suplicante a desmontar [roto] desecarlas y terraplenar lo que [roto] para solares…” (ANC/Intendencia General de Hacienda, 388, N. 21 en García, 2009: ilust. 74, p. 66). 

Ese mismo año, el recién-jurado gobernador, brigadier Juan de Tirry y Lacy, comenzó una extensa labor de desecación de algunos de aquellos terrenos. Entre estas, rellenó 1400 varas (~1.17 Km) con dos de altura en las zonas bajas de una margen del río San Juan, robándole al mismo, terreno en donde se construyó una “hermosa carnicería y matadero” (alcalde ordinario José Pereyra, Matanzas 6 de agosto de 1819, AGI/Santo Domingo, 1709, fol. 4 en Orihuela et al., 2021: 75). A estas se sumaron otras regiones, sobre las cuales se construyeron calzadas, como explicó una certificación del Cabildo de Matanzas en 1819:

“Está concluida enteramente la calzada de cuatrocientas ocho varas de largo, construida sobre la ciénaga meridional del río San Juan a fin de que los ganados lleguen al matadero sin atravesar la población, y esta también muy adelantada otra calzada más ancha, que cruzando la misma Cienaga, ahorraría media legua de rodeo y algunos malos pasos que la entrada de la ciudad tiene por esta parte…” [sic] (Matanzas, 26 de noviembre de 1819 (AGI/Santo Domingo, 1709, fol. 3 en Orihuela et al., 2021: 75). 

Para por fin desecar aquellos terrenos bajos, en 1832 el gobernador Francisco Narváez, puso a la obra 4250 esclavos para “…la construcción de los sardineles y terraplén de las ciénagas…” (Zaragoza, 1839:108). Narváez no solo impulsó estas obras para el fomento de la ciudad, sino también por el temor de que estas auspiciaran la epidemia del cólera que tan fuertemente azotó a la ciudad durante parte de su mandato (Narváez, 1833; Orihuela, 2020c). 


Preservación de los bosques naturales en la descripción de O’Farrill


En cuanto a la descripción de la bahía O’Farrill apuntó la preservación de los bosques que la circundaban aun para esta fecha. Estos montes y arboledas comenzaron a ser talados indiscriminadamente en las décadas siguientes con el aumento de la industria azucarera y el rápido incremento de los centrales (Funes, 2008; Cotarelo, 2017). Hasta el momento, muchos de aquellos bosques primarios habían persistido porque su tala era ilegal, considerándose como reserva para el uso exclusivo de la Corona conocidos como los “cortes del rey” Para delimitar las regiones de las que se impedía extraerse maderas se confeccionaron planos y mapas, como los ejemplos del capitán Juan Araoz para la Comisión de Guantánamo en 1800, indicándose las zonas de “tiros de madera de construcción” y los “cortes de maderas del Rey” [sic] (AGI/MP-SD 634; AGI/MP-SD 638). Según estos mapas, las fuentes de maderas más notables en la región se encontraban hacia Sabanilla, conocidos como los “Cortes de San Andrés”, cuya vecindad inmediata preservaba aún en 1802 “…montes vírgenes abundantes de maderas, adonde todavía no ha entrado los cortes del Rey” [sic] (AGI/MP-SD 638). 

Sin embargo, talas ilegales tomaron lugar en las haciendas que existían en la región desde antes de la fundación de Matanzas, en 1693. Incluso, al establecerse la ciudad, varios vecinos se dedicaron a la construcción de embarcaciones para las cuales se extrajeron maderas de las cuencas fluviales circundantes a la naciente comarca. Uno de ellos fue Felipe del Castillo – hermano de Diego José del Castillo, vecino fundacional y filántropo que junto a su hermano impulsó varias obras civiles y militares en la ciudad (Cotarelo, 1993; García, 2009; Orihuela et al., 2019, 2021). En 1746, la Real Compañía y Astillero de La Habana intentó “fomentarle con caudales” para que estableciera “corte y tiro” de madera a través de los ríos San Juan y Canímar “…obligándose la Compañía, a enviar embarcaciones propias…” para llevarlas a La Habana. Entre estas embarcaciones figuró el buque de 350 toneladas nombrado “Matanzero” [sic] que también exportaba maderas de Matanzas a México para la construcción de navíos (Manuel J. de Justíz a Andrés Regio, La Habana 3 de junio de 1747: AGI/SD 1501; Antonio de Arredondo a Andrés Regio, La Habana 31 de junio de 1747: AGI/SD 500, 1501; el memorial de Joseph de Urrutia en 1749: AGI/SD 1157). 

Pero don Castillo no entró en el negocio, dado que en ocasiones era más seguro transportar las maderas por tierra; el transporte por mar era vulnerable a los asaltos piratas y mal tiempo. En febrero de 1745, se perdieron en las afueras de la bahía de Matanzas, “a vistas del puerto”, cerca de 1000 palos “principales para navíos” con la entrada de un frente (Martín de Aróstegui a Fernando Triviño, La Habana 22 de junio de 1746: AGI/SD 500; Orihuela y Pérez, 2020). Permisos y concesiones para la tala de madera en la región continuaron al menos hasta finales del siglo XVIII. Como demuestra el “Libro de índices de concesiones para cortar maderas en los montes de la jurisdicción de la Habana de los años 1772 a 1777”, manuscrito inédito de la Colección de José Augusto Escoto, de la Universidad de Harvard (MS Span 52, 663), estas eran meticulosamente registradas por cantidad. Conjuntamente, otro repertorio de documentos inéditos de la misma colección apoya la existencia de resoluciones, que, en 1802, proponían un comercio recíproco con los Estados Unidos “…de maderas del Norte y mieles del país que interesan a la Colonia y el Estado sin ofender el privilegio del comercio nacional…” (Juan de Santa María y Juan de la Cruz a Miguel Cayetano Soler, La Habana, 10 de abril de 1802: MS Span 52, 666). 


El puerto y ciudad


En el puerto matancero, según dijo O’Farrill, “…se hallaba seguro abrigo de los vientos borrascosos todas las embarcaciones…”, no habiendo otro similar en toda la costa norte “…que le pudiera ofender…” (O’Farrill, 1813 vol. 1, p. 2). La apertura de la rada tenía entre Punta Maya y Sabanilla en la costa opuesta, unas 2900 varas castellanas o ~2.42 Km. Desde Punta Maya a la batería de La Vigía - “…en que comienza el pueblo…” – unas seis millas lineales. En sus costas no se levantaba “…mucha mar…” y era por lo “…general poco de temer…” (op. cit.). Sumada a su grande extensión y profundidad, proporcionaban ventajas entrada de buques de comercio de mayor calado. 

Solo el escollo submarino de La Laja resaltaba como un obstáculo que templara la navegación. Sobre esta estructura apuntó ciertos datos precisos: “La Laja tiene una extensión de 330 varas N-S (…) su profundidad en la bajamar es de vara a vara y media. El fondo es una roca calcárea…” de cuya respectiva situación se abrían dos canales “…que son los que sirven a las embarcaciones en la entrada y salida del puerto…” (O’Farrill, 1813 vol. 1, p. 3). Su fondeadero tenía entre 2 y 12 varas de fondo, con un substrato sedimentario variable. Su colocación estaba de suroeste y noroeste con el Castillo de San Severino, con una distancia de 1500 varas a la costa sur del puerto y 1000 a costa norte. El puerto de la bahía de Matanzas, además, sostenía un tráfico costero con Arcos de Canasí, Camarioca, Puerto Escondido y Bacunayagua, todos los cuales se consideraron pequeños por “…encerrar poca agua…” A estos se sumaba el importante viejo Canal de Bahama y la salida a la cálida corriente del Golfo. 

Sumada a la descripción geográfica de la bahía O’Farrill realizó comparaciones en cuanto al temperamento climático de la región: 

“Matanzas goza con muy corta distancia la misma temperatura que la Habana, a pesar de su diferente exposición y de existir dos causas que la debieran hacer notable: una la inmediación en que esta la primera de los ríos y bosques que la circundan; y otra la grande reverberación que recibe del solido terreno…” (O’Farrill, 1813 vol. 1, p. 4). Las noches, asentó, eran en Matanzas más frescas, quedando disipado los vapores de los ríos. 


La transcendencia de la obra de O’Farrill


La Descripción geográfica de José M. O’Farrill si bien quedó plasmada en la historiografía local matancera fue más por su primicia que por la novedad de sus apuntes. Su obra, hasta ahora directamente poco conocida, desde entonces se consideró como el primer registro histórico-geográfico directamente dedicado a la ciudad (Trelles, 1924; Ocasio, 2020) o “…la primera historia de la localidad…” (García, 2009: 206). Sin embargo, hoy se conocen apuntes de similar intención que anteceden a los de O’Farrill – como el reporte para el fomento de Matanzas redactado por Agustín Blondo Zavala para la Comisión del Conde de Mopox y Jaruco (Orihuela y Cotarelo, 2020). Estos reportes, o conocimiento de ellos, quizás sirvieron de inspiración a O’Farrill mientras ejercía de diplomático en el Real Consulado de Agricultura y Comercio o la Real Sociedad Económica. Casualmente también en 1813, el matancero Antonio José Valdés publicó en La Habana su Historia de la Isla de Cuba – obra seminal en proveer una historia esencialmente desde la perspectiva criolla. Resulta curioso que detalles de la historia matancera figuró poco en sus páginas.

Según la tradición, Pedro Antonio Alfonso y del Portillo (1811-1870) heredó algunos de los escritos de Juan M. O’Farrill y estos fueron en parte publicados a partir de 1844 en La Aurora de Matanzas – prensa de la que era corresponsal – y luego incorporados en su Memorias de un Matancero (1854). Sin embargo, Alfonso no indica que partes de su obra provienen de los apuntes de O’Farrill y cuáles de sus propias investigaciones. La única cita directa en su Memorias es respecto al estímulo que recibió Tomás Gener del “erudito” José M. O’Farrill que avivara su inclinación por realizar obras públicas en Matanzas (Alfonso, 1854: 229). 

Un curioso artículo publicado en el Diario de la Marina en 1847 provee ciertas pistas sobre el vínculo de Alfonso con la Descripción geográfica de O’Farrill. Estos fueron “…recuerdos históricos y noticias…” recopilados con el sentido de “…apreciar los progresos que esta población y su territorio…” habían logrado hasta aquel siglo (Diario de la Marina, 2 de febrero de 1847, p. 2 – noticia del 16 de enero de ese año). El corresponsal sumó que: 

“…ya en 1813, fecha a que ascienden los datos estadísticos más antiguos que he podido haber a las manos y que hallo en una memoria escrita por el señor D. Juan Manuel O’Farrill, documento que, con otros muy curiosos, fruto de su estudio, tuvo la bondad de facilitarme el Sr. D. Pedro Alfonso…” Según la misma noticia, “…tiene dicha memoria la fecha de 30 de octubre de 1813 y abraza las noticias relativas así a la población urbana como a la de los partidos…” [sic] (Diario de la Marina, 2 de febrero de 1847, p. 2).

Este pasaje insinúa que la “memoria” de O’Farrill es quizás más extensa que su Descripción geográfica, y según la fecha de finales de octubre, mucho después que sus publicaciones de estas en la prensa. Es por ende posible que su obra haya incluido anotaciones adicionales, hoy desconocidas. 

Dicha nota deja margen de incógnitas. El desconocimiento de los “datos estadísticos” es quizás un lapsus, dado que, sin duda, tanto para 1813 como para 1847, existían censos y recopilaciones disponibles en el Ayuntamiento y archivo de la ciudad (véase estos datos en Orihuela, 2020a; Orihuela y Cotarelo, 2020). La congruencia entre los datos estadístico sobre el crecimiento poblacional, demografía y números haciendas de O’Farrill y Alfonso son idénticos a los datos demográficos recopilados por Agustín Blondo en 1800 para la Comisión del Conde de Jaruco y otro realizado por Juan Tirry y Lacy (op. cit.). 

Desafortunadamente, sus artículos en ese periódico y su Memorias, son casi todo lo que nos ha llegado de Pedro Alfonso. Este quemó en 1870, año de su muerte, una supuesta segunda parte de su Memorias y todos los apuntes que reunió desde 1838 (Calcagno, 1878). Quizás con ellos, también los apuntes de José M. O’Farrill.


Agradecimientos

Extendemos nuestro agradecimiento a Johan Moya Ramis por localizar en los fondos de la Biblioteca Nacional de Cuba algunas de las publicaciones de José M. O’Farrill.


Cita obligatoria: 

Orihuela León, J. & Cotarelo Crego, R. (2021). La historiografía temprana de la ciudad de Matanzas: perspectiva desde dos obras de la primera mitad del XIX. Librínsula: Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, no. 410 (Nombrar las Cosas, agosto 2021): 1-9. 



jueves, 28 de enero de 2021

El clima en la historia de San Carlos de Matanzas

La fundación de San Carlos de Matanzas, con actos efectuados entre el 10 y el 30 octubre de 1693, tomó lugar durante uno de los períodos más fríos y secos de la Pequeña Época de Hielo (PEH). La anomalía mínima de temperatura de la PEH ocurrió entre 1576 y 1577, con un grado, y alcanzando hasta el grado y medio °C por debajo del promedio actual. Hubo un período predominantemente frío y seco entre 1680 y 1720, más sentido entre 1690 y 1710, con temperaturas que alcanzaron un promedio de 14 a 12 °C en el hemisferio Norte. Este período frío estuvo marcado por la baja actividad solar e intensidad de efectos ENSO, pero no por esto no faltaron tormentas y huracanes que azotaron la región e influyeron en el establecimiento de las familias canarias llevadas allí para fundar la ciudadela y el personal para construir el Castillo de San Severino. 

En nuestro estudio, publicado recientemente en la revista ISLAS, se muestra un registro detallado de los fenómenos climáticos que afectaron la bahía y ciudad de Matanzas entre 1690 y 1876, extraído detalladamente de documentación primaria e inédita. Entre los fenómenos se encuentran fuertes tormentas tropicales, eventos locales, frentes fríos, huracanes, temblores de tierra, períodos marcados de El Niño y La Niña, más estadios anómalos de sequías, intensa pluviosidad e inundaciones. Basándonos en estos datos, planteamos que los efectos de los fenómenos climáticos que afectaron a la ciudad de Matanzas no solo causaron devastación directa en la población, sino también en la arquitectura y la socioeconómia local a través de crisis económicas, pérdida material, éxodos y epidemias. Este estudio histórico-climático permite además realizar una reconstrucción generalizada de las condiciones meteorológicas que incitaron momentos claves en el desarrollo poblacional y urbanístico de la ciudad de Matanzas raramente recogidos en la documentación histórica.


Breve explicación


ENSO: son las siglas de la abreviatura utilizadas en inglés para la Oscilación del Sur, de los cuales los fenómenos de El Niño y La Niña son parte. Los ENSO son fluctuaciones naturales de las temperaturas superficiales oceánicas, de mar y el aire, en relación con los vientos alisios sobre el Océano Pacífico tropical. Sus variaciones temporales y cíclicas alternan patrones de circulación atmosférica que influyen en el clima del planeta. PEH: la Pequeña Época o Edad de Hielo fue un período frio, anómalo e interglaciar, que abarcó desde el siglo XVI hasta el XIX, y fue sentido mayormente en el hemisferio norte occidental. Mínimas solares, por ejemplo, Dalton y Maunder (1645-1820), son variaciones cíclicas de la actividad solar, medida a través de la observación y conteo del número de maclas, manchas y ejecta solar que tienen cierta influencia sobre la intensidad de la irradiación del planeta y el clima. 




El enigmático huracán de octubre de 1730

Con las tormentas no venía solamente la amenaza a la vida humana, sino también de las siembras, animales y de bienes materiales como las viviendas e inmuebles públicos de elevado valor social. La historia local cuenta de la destrucción de la primera iglesia de Matanzas en un fuerte huracán que afectó a la ciudad entre el 18 y 19 de octubre de 1730. Este huracán no es solo el fenómeno meteorológico más reconocido de la historiografía local, sino que fue uno de los más significativos socialmente del siglo XVIII matancero. Al destruir el edificio público más importante de la joven ciudadela, dicho evento dio paso a una reestructuración urbanística y arquitectónica. Sin embargo, y a pesar de su importancia local, este evento no aparece registrado en la documentación primaria disponible de la época. Sorprendentemente, las actas capitulares del ayuntamiento matancero no recogen afectación climática alguna en todo el mes de octubre de 1730. Tampoco quedaron registrados otros eventos anteriores, como la tormenta de 1712 o 1720. 

Al día siguiente del supuesto azote meteorológico, el viernes 20 de octubre, se reunió el cabildo como de costumbre, registrándose en el acta que “…no habiendo que conferir, tratar y determinar, se cerró este cabildo.”. Lo mismo se había registrado el viernes 13 de octubre. Para la siguiente reunión, que tomó lugar el viernes 27 de octubre, solo se discutió sobre abrir sendas o caminos, cuya necesidad “…impiden el tráfico de animales…”, pero absolutamente nada de tormentas o estragos causado por ningún evento climático. Esto resulta aún más sorprendente cuando las actas del cabildo de La Habana, cual supuestamente fue también afectada, tampoco hacen mención del supuesto meteoro o alguna afectación climática para esa fecha. Para sumar a este hito histórico, los archivos eclesiásticos de la ciudad de Matanzas, incluyendo los libros de entierros, bautizos y casamientos de esta época no muestran interrupción en las funciones rutinarias de la iglesia para esta fecha. Tampoco hubo un aparente incremento en defunciones, como pudiera esperarse. Una “crónica de la iglesia parroquial” de Matanzas, manuscrita e inédita de Jacinto María Martínez (1857) recoge de las “actas antiguas de la archicofradía” que la iglesia había sido “pasto de las llamas”, pero no se hace mención alguna a la destrucción causada por un huracán o temporal y no se provee una fecha a este evento. Ninguno de estos aparece entre “las calamidades que ha sufrido el pueblo”, acápite de la obra magna de Pedro A. Alfonso (1854, p. 221-222), pero sí bajo “primera iglesia”, donde se menciona al escribir “Esta Iglesia permaneció largo tiempo y se cayó al fin por resultas de un temporal, según las tradiciones y lo que hemos visto en el despacho del provisor y vicario general Dr. Pedro Ignacio de Torres y Ayala”. En este sentido es intrigante que Alfonso (1854: 66) atribuye la pérdida de la primera iglesia antes de 1720, y Casas (1930: 34) asume que fue “destruida en 1712 por un huracán”. 


Resulta muy intrigante que un evento tan significativo para la vida local no halla merecido un breve registro. Evidencia documental, aunque secundaria, aparecen registrada por primera vez por el obispo Morell de Santa Cruz, procedente de información adquirida durante su visita a la ciudad de Matanzas en marzo de 1755. A esta se suma el derecho de cadenas, el cual vino acompañado con escudo de armas, otorgado a Diego García de Amoedo por haber albergado el Santísimo Sacramento en su casa después de quedar inútil la primitiva iglesia, aunque esta parte de la historia también contiene sus incongruencias en las que aquí no podemos profundizar. 

Según Morell, este privilegio había sido concedido por la corona el 5 de diciembre de 1734 a razón de “…que con la ruina sucedida a la iglesia en octubre del año de 30 [1730], fue preciso extraer de ella a la Majestad Sacramentada y depositarla por tres días en la referida casa hasta entonces no habitada…[sic]. Luego sumando que “con el huracán acaecido a los 19 de octubre del año 30 se arruino…” [sic]. Jacobo de la Pezuela añadió, que a raíz del “huracán de 19 de octubre de 1730, que arruino a Matanzas…allí tuvieron que llevar las Hostias consagradas desde la iglesia parroquial destruida…” [sic] (Pezuela, 1868: 357). Si este evento aparece recogido en los catálogos de huracanes y tormentas desde mediados del siglo XIX, ya citados, fue por su mención en estas primeras obras históricas y no extraída de fuentes primarias (ej. en Herrera, 1847; Millás, 1968).

Deducimos que este no fue un evento local, dado que duró un par de días y cubrió más de una región (Millás, 1923). Según Pezuela, fue huracán y no simple tormenta; adicionando que “arruino a Matanzas y los plantíos de sus contornos” [sic], que afectaron a la población y todos sus alrededores, causando además “frecuentes sedaciones de negradas” (1868:357). Al parecer en su paso alcanzó a la ciudad de La Habana, donde supuestamente destruyó el Hospital de Paula. 

Aunque este huracán es mencionado por los primeros compiladores de huracanes cubanos, ellos no precisan fecha exacta o localidades afectadas (véase los catálogos de Poey, Herrera, Fernández de Castro; Millás, 1923). No obstante, según Millás (1968), este huracán azotó la zona entre el 2 y 3 de septiembre de 1730, por lo cual no puede ser el mismo huracán de mediados de octubre de ese año. Ello sugiere la posibilidad de que hayan ocurrido dos huracanes o una combinación de una tormenta y huracán. Lamentablemente, a causa de tan exiguo registro, la verosimilitud y categoría precisa de este fenómeno meteorológico resulta ahora lejos de precisión. Por no existir entonces instrumentos meteorológicos, es imposible otorgarle una escala categórica que permita diferenciar entre lo que se consideraba entonces una tormenta, un temporal, o un huracán. Las Actas Capitulares del Ayuntamiento de Matanzas tampoco recogen un evento climático para esta fecha. No obstante, en el cabildo del 1 de septiembre de 1730, se registró la necesidad de materiales para “concluir la fábrica de dicha iglesia”. ?Se estaba construyendo una iglesia antes de octubre?

Aparentemente la iglesia desapareció por esta época, como apoya la evidencia arqueológica de excavaciones realizadas en el sitio que antaño ocupó. La desaparición y reutilización de su espacio original incitó algunos cambios arquitectónicos y en la organización urbanística de la ciudad. Uno de ellos fue quizás el incremento en el número de casas de tejas, mampostería o cantería, que hasta ese momento eran muy poco en la ciudad; y cual no alcanzarían su máxima expresión hasta principios del siglo XIX. En 1730 la única casa de cantería y tejas en Matanzas era la de Diego de Amoedo. El resto eran casas de bajo puntal, de tablas con techos de guano de palmas y cañas de castilla revestidas con barro; quizás en el estilo de las casas rurales de la isla de Tenerife, también se incorporaron algunas rocas. La otra estructura de cantería era el Castillo de San Severino, para entonces aún en construcción en las afueras de la ciudad. Allí las dependencias de la guarnición y el comandante eran de arquitectura vernácula, similar a las casas de la ciudad. Al parecer, los estragos directos causados por el huracán o tormenta de octubre 1730 impulsaron a la población hacia construcciones más sólidas de cantería. 

El clima ejerce una vital influencia sobre toda condición humana y este se refleja en su historia. El efecto de anomalías climáticas y meteorológicas, en especial los huracanes, tormentas locales, inundaciones y sequías, marcaron pautas en la historia de la ciudad de Matanzas desde muy temprano en su fundación. De un minucioso registro documental distinguimos cuatro importantes etapas de afectación climática: la primera entre 1690 y 1750; segunda entre 1751 y 1783; tercera entre 1784-1826; y la cuarta entre 1831 y 1876. Siendo las más significativas los eventos ocurridos entre las segunda y tercera etapas. Las condiciones de la primera etapa, aunque más frías y secas que las procedentes, fueron favorables a los actos de fundación y el establecimiento de la comunidad canaria emigrada allí, en el otoño de 1693.

Nota final:

El asunto de la iglesia queda pendiente, y lo expandimos detalladamente con mucha más evidencia documental que venimos rastreando desde el 2018. Esta pronto saldrá publicada. Convidamos al lector interesado que consulte nuestro articulo para más información, o nuestro archivo de blogs, donde también exploramos el efecto del clima en los primeros pobladores isleños, aquí. 

Cita:

Orihuela León, J., & Pérez Orozco, L. (2021). Impacto de los fenómenos climáticos en la historia de Matanzas, Cuba (1690-1876) / Impact of climatic anomalies and phenomena in the history of Matanzas city, Cuba (1690-1876). ISLAS, 62(197), pp. 128–169. Recuperado a partir de http://islas.uclv.edu.cu/index.php/islas/article/view/1162

martes, 26 de enero de 2021

Efecto del clima en la historia de Matanzas: 1690-1876

 El efecto del clima es un aspecto que se ha abordado poco en la historia e historiografía de Matanzas. ¿Cuáles fueron las condiciones climáticas al asentarse las familias isleñas al fondo de la bahía? ¿Qué efecto tuvo la Pequeña Época de Hielo en la región y en los colonos inmigrantes? ¿Se puede reconstruir las temperaturas del primer invierno? Todas estas son preguntas que intentamos responder en nuestro artículo recién-publicado en la revista ISLAS. En el mismo abordamos con profundidad estos y otros temas del clima en la historia local; aspectos destacados como la desaparición de la primera iglesia de la ciudad y el torreón del Morrillo, entre otros, que sin duda tuvieron repercusiones socioculturales y económicas en la región y su gente. 

Aprovechamos para agradecer todo el apoyo de Ramón Cotarelo Crego, Jago Cooper, Mathew Peros y Henry Delgado Monzor, y así con gusto compartir un resumen bilingüe del trabajo. 

El articulo está disponible (gratis) en el portal de la revista ISLAS, aquí: 

http://islas.uclv.edu.cu/index.php/islas/article/view/1162

Resumen: Aquí proveemos un registro de las condiciones y fenómenos climáticos más significativos acaecidos en la región Habana-Matanzas entre 1692 y 1876. Este registro fue extraído detalladamente de documentación primaria, historiográfica, y meteorológica procedente de la literatura científica moderna, con la meta de establecer una relación entre los efectos climáticos y geografía humana en el entorno de la bahía de Matanzas. Nuestro análisis apoya que los fenómenos y anomalías climáticas, en especial los huracanes y tormentas jugaron una parte en el desarrollo arquitectónico, urbanístico y socioeconómico de la ciudad de Matanzas desde su fundación en 1693, y poco más desde la segunda mitad del siglo XVIII. La integración de la climatología al análisis histórico nos permite acceder, aunque limitadamente, a detalles meteorológicos no registrados en los documentos, que a la vez admiten reconstruir condiciones locales que marcaron nuestra historia. 

Abstract: Here we provide a record of noteworthy climatic phenomena and anomalies occurred on the Habana-Matanzas region, northwestern coast of Cuba, between 1692 and 1876. We extracted our record from primary and historiographic documentation, plus meteorological data from modern climatic research literature, in search of a relationship between the adverse effects of phenomena such as hurricanes, ENSO events, local storms, drought, and floods on human conditions, in the area around the Bay of Matanzas. We corroborate that climate played a role in the urbanistic and socioeconomic development of the city of Matanzas since its foundation in 1693, and considerably more after the second half of the 18th and early 19th century. The integration of climatology to historical research provides, although limitedly, inferences on meteorological conditions that are not available from document evidence, and thus allowing for generalized reconstruction of conditions that marked local history.

Como citar:

Orihuela León, J., & Pérez Orozco, L. (2021). Impacto de los fenómenos climáticos en la historia de Matanzas, Cuba (1690-1876) / Impact of climatic anomalies and phenomena in the history of Matanzas city, Cuba (1690-1876). ISLAS, 62(197), pp. 128–169. Recuperado a partir de http://islas.uclv.edu.cu/index.php/islas/article/view/1162


viernes, 30 de octubre de 2020

Un blasón para Matanzas: antecedentes para una historia conocida

El uso de escudo de armas o blasones para representar ciudades y provincias se remonta a la primera mitad del siglo XIII. En la península ibérica, los blasones regionales fueron utilizados por monarcas durante la Reconquista para identificar regiones bajo el dominio unificador que les rendían lealtad.  A su vez, las ciudades adquirían una distinción simbólica dentro de la jerarquía de la nación. Estos escudos representaban al reino y algunos de ellos portarían luego divisas que profesaban de “muy leal”, “muy noble” o “muy heroica”.  

Después de 1492, ciudades de la América hispana también gestionaron por ostentar sus propios blasones que las identificaran como parte integral del imperio; otros fueron provistos por sus gobernantes como actos de fundación. Este fue el caso de la Ciudad de San Carlos de Matanzas – Cuba, fundada en octubre de 1693 por el gobernador Severino de Manzaneda, bajo orden real de Carlos II. El 3 de noviembre de 1694, Manzaneda había remitido al rey la primera proposición de un escudo de armas para la ciudad.  Este blasón Manzaneda lo ideó como complemento al de la ciudad de La Habana – con la cual Matanzas guardaba estrecha relación geográfica y militar -, pero cuyo diseño se asemejaba al de su ciudad natal, Balmaseda (País Vasco o Euskadi):

“…titulada ciudad de San Carlos insinuando a Vuestra Majestad la jurisdicción…Me he proveído darle por armas dos puertas que corresponden a las dos llaves que tiene por armas esta ciudad [se refiere a La Habana]  que miran por antonomasia ser las llaves de ambos reinos…”


Escudo de armas de la ciudad de Balmaseda (País Vasco o Euskadi)


Este blasón fue aprobado en febrero de 1698, pero olvidado. No fue hasta comienzos del siglo XIX que se presentara una nueva solicitud de blasón para la ciudad de Matanzas.  

Hasta hace poco, la historia de los escudos de Matanzas se extendía solo hasta diciembre de 1828, cuando Fernando VII, aprobó por real cédula un escudo de armas representativo de la corona para la creciente ciudad.  Esta petición venía con la gracia de que los ciudadanos colocarían su estatua en una alameda de la ciudad. Esta galanura fue instituida por el cabildo el 13 de febrero de 1829 – dando origen al blasón colonial reconocido por historiadores.  No obstante, era desconocido que ya desde 1816 se había presentado una propuesta anterior que resultó en varias gestiones oficiales recogidas en documentos inéditos. La divulgación de estos y la historia que recogen son la intención de esta breve nota. Por lo general, la heráldica cubana ha sido un tema de poca investigación y exigua divulgación.  Los detalles que en estos nuevos documentos se registra nos permiten rescatar una parte de la historia heráldica de la ciudad de Matanzas. 

La fuente documental aquí seguida se titula “Expediente de Juan Dios Lucas de Morejón e Ignacio González", localizada en el Archivo General de Indias (AGI).  En ellos se registra que hacía principios de junio de 1816, actuando como comisarios del Ayuntamiento Juan de Dios Lucas de Morejón - regidor alférez real - e Ignacio González - alcalde mayor provincial, enviaron varias solicitudes al rey para obtener ciertos reconocimientos para la ciudad de Matanzas. Entre estos, estaba la proposición para un escudo de armas para la ciudad y un nuevo uniforme para los oficiales del Cabildo. Los comisarios suplicaban que

“… humildemente se digne S. M. dispensar a la ciudad de Matanzas el escudo de armas que se indica en el modelo que acompaña y otros semejantes, con el tratamiento correspondiente, y así mismo la gracia del uso de un uniforme propio de un cuerpo político…”  

La petición venía auspiciada por las peculiares cualidades de la ciudad, entre las que se encontraba su ventajosa posición geográfica y su potencial agrícola. Estas circunstancias fueron consideradas por el presidente del Consejo de Indias, como 

“…dignas del aprecio de V. M. ponen a Matanzas en el rango y considerado de las otras ciudades principales de la isla de Cuba (…) todas ellas por lo mismo tiene escudo de armas propio, concedido por la autoridad soberana como un testimonio de sus preeminencias y de su constante lealtad y amor a V. M…”

El rey consideró que resultaría en un “…poderoso estímulo…” para el fomento regional, con el anhelo de que algún día Matanzas se convirtiera en “…una de las más florecientes ciudades de aquella isla…”. En los años venideros Matanzas crecería exponencialmente, en población, diversidad y riqueza económica – convirtiéndose en 1860 en la reconocida “Atenas de Cuba”. Pero este crecimiento – este cambio - venía gestándose desde la segunda mitad del siglo XVIII.  La primera habilitación de su puerto ocurrió intermitentemente entre 1793 y 1794. Su población fue nutrida por la inmigración haitiana-francesa, e influyó al despegue económico en aras de la industria azucarera. Para 1815 se había reorganizado el Gobierno Político y Civil de su jurisdicción, culminando en la total habilitación de su puerto al comercio global en 1818.  El memorial adjunto a la petición del blasón sumaba los números de haciendas, ingenios, cafetales y vegas de tabaco. Estos datos apoyaban el auge que comenzaba a experimentar la ciudad. 

En cuanto la petición del blasón, para el 23 de junio de 1816 había llegado a la corte. Por orden real, la petición había sido aprobada por el rey y remitida al Consejo de Indias para que consultara su proceder, el memorial y dibujos acompañándolos.  Todo fue convenido con el fiscal de campo del Consejo Real tres días después. El Consejo respondió que convertiría en “apoderados” o encargados de los trámites a los comisarios del Ayuntamiento – Morejón y González –. Tanto ellos como el Consejo informarían a la Capitanía General y gobernador de Cuba. Se reiteraba la aprobación de la petición por orden real, con todo convenido el 29 de julio “…como lo propone el fiscal…”. Para el 21 de octubre de ese año, el fiscal del Consejo había pedido se le devolviera el testimonio y los dibujos: “…que se remita copia de la representación y testimonios presentados por los referidos…” Pero de su devolución no quedó constancia en los legajos aquí estudiados.

Los trámites para el blasón de Matanzas, como toda gestión gubernamental de la época, se extendería por varios años. En 1817, el alcalde del Ayuntamiento de Matanzas, Juan de Tirry y Lacy devuelve a manos del Capitán General de Cuba, Juan Cienfuegos, copias de las solicitudes hechas por los apoderados, para que estos fueran remitidos una vez más a corte “…con el fin de conseguir el escudo de armas…” y el consentimiento al uso del uniforme para el cabildo que se solicitaba. Esta petición, según Tirry, era “…muy justa, especialmente si se funda en la debida comparación del rango e importancia política de esta ciudad con los demás pueblos de la isla, que disfrutan de ella…”. Según Tirry, Matanzas merecía “…la más alta y provisora atención como posición cardinal para su innovación y defensa y como llave maestra del mar tan frecuentado que la baña…”.  Estos expresos deseos demuestran una visión excepcional del futuro del puerto y la ciudad. El informe documentaba para entonces, una creciente población de 6000 almas “sin contar los niños”, en toda la urbe.  Un par de años más tarde, Tirry diría de Matanzas que su “…pública utilidad y comodidad, que en cuatro años ha hecho de Matanzas un lugar floreciente, aumentado su riqueza y la concurrencia de forasteros…” 

El gobernador de la Isla respondió al alcalde de Matanzas haber recibido los documentos para impulsar el trámite. Además, se daba por enterado del oficio expedido el 21 de octubre de 1816 “…sobre haber acordado el Consejo de Indias que informase (…) acerca de la solicitud de los comisarios del Ayuntamiento de Matanzas…”  Para esta fecha, Cienfuegos había remitido toda la documentación, con copias y diseños, nuevamente a la metrópoli. Estos documentos no acompañan el dossier que aquí se da a conocer, ni hay otra documentación adjunta de esos años. 

Al parecer, un estancamiento de las gestiones fue incitado por la pérdida del memorial original, que incluía el diseño del escudo original y la otra importante documentación.  El Consejo había convenido el 10 de marzo de 1819, donde se precisó que el asunto sea devuelto al fiscal de Nueva España. La documentación de estos trámites está ausente en este legajo. Para el 14 de abril de 1819, los fiscales de Madrid registraron haber recibido los documentos solicitados del gobernador de La Habana y los pedidos al Ayuntamiento de Matanzas. No obstante, el asunto fue cuestionado, como quedó recogido en un pasaje:

“Mas que así sea, lo que no justifica, ni resulta del expediente, no aparen ni se alegan mas méritos de Matanzas que haberse mantenido pacifica en el tiempo pasado de las revoluciones y haber hecho algunos donativos que tampoco se especifican…”  

En fragmento arriba citado, quedó insinuado que lo expresado sobre la ciudad no había sido suficiente para adquirir los solicitados reconocimientos de la Corona. Al parecer, el censo realizado por Tirry en 1815, y cuyas estadísticas se incluyeron en el memorial remitido en este dossier, había sido realizado “…con motivo de una pretensión del Ayuntamiento sobre escudo de armas…”, como recogió la prensa local varios años después.  El fiscal no solo señalaba de no haberse proporcionado detalles sobre los donativos que hacían los feligreses matanceros, sino también “…que no se ha verificado porque no está en el expediente ni el modelo del escudo de armas, ni los dibujos del uniforme que se cita…”. Según la carta del fiscal, los documentos ausentes se consideraron “…extraviado todo con el principal del informe del gobernador de La Habana, por ser el duplicado el que se tiene…”

Copias del blasón que se encuentran en el Archivo General de Indias (AGI/MP-Escudos,165)
y el Archivo Histórico Provincial de Matanzas (Libro Becerro). 

Tanto el Consejo como la fiscalía acordó conceder “…a aquel ayuntamiento la [petición] del escudo de armas…”, aunque “…cuyo modelo (…) ha desaparecido el remitido…”. Para darse proseguimiento, se ordenaba a un “rey de armas” – oficial de la heráldica colonial - para que investigase sobre el asunto. Este debía poner en claro las “… noticias de la situación y demás circunstancias (…) y se presente a la aprobación del Consejo…” para finalmente dar cumplimiento a la real orden que ya había otorgado el Rey el 21 de junio de 1816.  El 23 de octubre de 1819 se acordó que “…hágase saber al apoderado que presente un diseño el escudo de armas…”. Este quedó informado el 27 de ese mismo mes. Es de suponer que esto no se cumplió a tiempo, dado que dicha gracia real no se consumó hasta 1828 - cuando por otra real orden se le concede el escudo oficial de la ciudad de Matanzas. 

En la mencionada real cédula de 1828 se concede a la ciudad, otra vez oficialmente, pero esta vez decisivamente “…el uso de uniforme a sus individuos, en particular el escudo de armas y la estatua de S. M. en el centro de la alameda.”   Con esta gracia, Fernando VII había tenido “…bien aprobar con el escudo de armas de la ciudad que así mismo concedo…” como testimonio de aprecio y gratitud. Copias del diseño aprobado del blasón se encuentran en el Archivo General de Indias (AGI/MP-Escudos,165) y el Archivo Histórico Provincial de Matanzas (AHPM). Estas copias, sin embargo, no son idénticas y contienen discrepancias.

La copia en el AHPM se encuentra en la segunda página del Libro Becerro, a todo color. Esta versión diferencia de la copia del AGI en el color de las joyas a la base de la corona, el color y disposición de las hojas de café y caña de azúcar, a los lados, en la forma y reflexión del Pan de Matanzas. El decorado del motivo central, más los bordes del blasón son también diferentes. En la versión archivada en Matanzas, la cinta en la base del blasón no contiene inscrita divisa, mientras que en la del AGI lee “Siempre Fiel”. Una versión de 1831, que apareció en el órgano central de la prensa local, La Aurora de Matanzas, es una amalgama de ambas versiones del blasón. Estas diferencias resultan curiosas, dado que las dos versiones debían ser idénticas, si fueron creadas por un mismo autor y con un mismo destino. Ambas versiones, aunque disímiles, se asocian a la misma concesión de 1828. No hay evidencia de que alguno de estos represente la versión perdida de 1816.  

Lamentablemente, el blasón para Matanzas quedó trabado en la malla burocrática, extendiéndose los trámites hasta realizarse una nueva solicitud en 1828. Esta venía acompañada con un favor quizás más contundente que los presentados anteriormente: el de colocar una estatua del rey en una plaza o alameda de la ciudad. Al parecer se había olvidado para ese entonces, tanto la versión aceptada de Manzaneda como la de 1816. Esta constituye entonces la segunda proposición de blasón para la ciudad hasta ahora conocida. 

El escudo de armas concedido por la autoridad soberana de Fernando VII, ha quedado como un testimonio de las preminencias y profesada lealtad de la ciudad y sus oficiales. A la vez, como un símbolo del poder monárquico sobre sus sujetos – el blasón de la ciudad fue una insignia de la extensión de la Corona en la isla: la “…gloria y esplendor de la monarquía”. Hoy es un recuerdo de nuestro pasado colonial y de nuestra hispanidad – adornado con símbolos de nuestra geografía e identidad criolla.

Escudo de armas de Matanzas.
Fuente: La Aurora de Matanzas, 1831. 


Este articulo esta publicado en Librínsula: La Isla de los Libros Perdidos, órgano divulgativo de las ciencias sociales historia de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, accesible en este enlace, aquí. Aprovechamos este momento para extender un sincero agradecimiento a Ramón Cotarelo Crego por sus múltiples revisiones y a Johan Moya por su apoyo e incondicional bondad. Gracias. 


Cita: 

Orihuela León, J. (2020). Un blasón para Matanzas: antecedentes de 1816. Librínsula: Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, no. 401 (Nombrar las Cosas): 1-9. 


Fuentes

Agustín, A. (1734). Diálogos de las Armas, I Linajes de la Nobleza de España (recopilación de Gregorio Mayáns I Siscar). Madrid: Imprenta de Juna de Zúñiga. 

Alfonso, P. A. (1854). Memorias de un Matancero. Matanzas: Imprenta Marsal. 

Andrade, P. B. de (1954). Heráldica: Ciencia y Arte de los Blasones. Barcelona: Editorial Fama. 

Arista-Salado, M. (2013). Los Escudos Cívicos de Cuba. Miami: Publicia. 

Armengol y de Pereira, A. (1947). Heráldica. Segunda Edición. Barcelona: Talleres de Mariano Galve. 

Cotarelo Crego, R. (1993). Matanzas en su Arquitectura. La Habana: Letras Cubanas. 

García Santana, A. (2009). Matanzas: La Atenas de Cuba. (Con fotografías de Julio Larramendi). Sevilla: Escandion Impresores, Ediciones Polymita. 

Orihuela, J., Viera Muñoz, R. A., y Pérez Orozco, L. (2018).  El blasón desconocido: Primer escudo de San Carlos de Matanzas. Revista Literaria y Artística Matanzas, XIX (2/3), 5-11. 

Orihuela, J. (2019). Severino de Manzaneda: Capitán General gobernador de Cuba a finales del siglo XVII. Librínsula: Revista Digital de la Biblioteca Nacional José Martí, 385, 1-12.   

Ruiz Rodríguez, R. (1993). El escudo de armas de la ciudad de Matanzas. Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, 1, 137-145. 

Treserra Pujadas, José A. (1941). Reseña Histórica de Matanzas 1508-1941. La Habana: Imprenta La Revoltosa. 

Ybarra y Bergé, J. (1967). Escudos de Vizcaya. Bilbao: Librería Villa.