domingo, 12 de octubre de 2025

El silencio de los huesos y el mito del huracán de 1730: revisitando historia de la iglesia fundacional de San Carlos de Matanzas

 

La historia de la primera iglesia de San Carlos de Matanzas es, hoy, mucho más precisa y a la vez más incómoda que el relato sencillo con el que muchos crecimos. Durante siglos se repitió que el templo se construyó poco después de la fundación de la ciudad en 1693, que fue destruido por un gran huracán el 19 de octubre de 1730 y que luego fue reemplazado por la actual catedral. La lectura crítica de los documentos y, sobre todo, las excavaciones arqueológicas realizadas entre 2010 y 2014 han mostrado que esa secuencia es incompleta y, en puntos clave, sencillamente incorrecta.

La primera iglesia nace en el contexto de un programa de expansión eclesiástica hacia la “tierra adentro” impulsado por el obispo Diego Evelino Hurtado de Compostela y el gobernador Severino de Manzaneda. Entre 1687 y 1704 ambos promovieron la fundación de parroquias y curatos en zonas rurales y portuarias estratégicas, incluyendo Santa Clara, Santiago de las Vegas y, en octubre de 1693, San Carlos y San Severino de Matanzas. 

Grabado del obispo Diego E. de Compostela, tomado del 
articulo homónimo por Roberto Perez de Acevedo, 
para el Anuario del Pais (1947). 

La ciudad no se consideró oficialmente fundada hasta que se desmontó, delimitó y bendijo el espacio de la iglesia. El 11 de octubre se marcó el solar y el 12 se colocó la primera piedra y se celebró la misa de fundación, acto encabezado por el obispo Compostela, el capitán general Manzaneda y cientos de personas de orígenes sociales y étnicos diversos. Aunque la tradición ha simplificado este episodio hablando de “treinta familias fundadoras”, la documentación y la arqueología apuntan a un escenario más complejo. La ciudad se levantó a partir de un número menor de núcleos familiares acompañados por un contingente mucho más amplio de personas. Entre ellas, una población esclavizada negra de distintos orígenes, trabajadores libres y forzados, artesanos y soldados de varias procedencias que ya estaban acuartelados o empleados en las obras de la fortaleza del castillo de San Carlos antes de Octubre de 1693. Si pensamos en estos grupos como primeros pobladores, más que en un pequeño elenco de “fundadores” sensu stricto, la génesis de Matanzas aparece como un proceso más plural, heterogéneo e inclusivo, en el que muchos actores participaron de hecho en la construcción física y social de la ciudad.

En este sentido, la parroquia no era solo un edificio religioso, sin que sería el eje administrativo y simbólico de la nueva población, el lugar donde se registraban bautismos, matrimonios y entierros y desde donde la Iglesia articulaba su presencia sobre la bahía y el hinterland.

Los documentos fundacionales describen con notable precisión cómo debía ser este templo. En la segunda manzana central, con la fachada mirando al oeste y dando directamente a una plaza de una cuadra de lado, se reservó un espacio de 50 varas de largo (unos 42 m) y 12 de frente (unos 10 m): 8 varas para el atrio de entrada, 36 para la nave principal, 6 para la sacristía, y dos naves laterales de 6 varas de ancho cada una, rodeadas por calles de 8 varas y flanqueadas por los solares destinados a las casas del obispo y del cura.

Esta disposición arquitectónica, con la plaza de frente al templo en lugar de al costado, se apartaba de la práctica más extendida en muchas ciudades coloniales del Caribe, donde las iglesias mayores quedaban adosadas a un lado de la plaza, pero al mismo tiempo seguía de forma bastante fiel las Ordenanzas de Felipe II y la Recopilación de Leyes de Indias, que desde finales del siglo XVI recomendaban templos al centro de la cuadra con plazas menores al frente. Ejemplos previos en el ámbito hispano, como la capilla del Salvador de Úbeda (1536), Huaxutla (1580), la catedral de Santiago de Guatemala (1678) o las iglesias de San Fernando y San Baltasar de los Arias en Cumaná (1690-1691), muestran que el caso de Matanzas no fue una primicia absoluta en el Nuevo Mundo, aunque sí una solución particularmente singular dentro de Cuba.

Tres detalles de planos históricos que demuestran la disposición de la iglesia original en el contexto urbano de la ciudad de Matanzas. El plano inferior es una copia de 1795 del plano fundacional de la ciudad. El central es un procedente del segundo volumen de las Actas Capitulares de San Carlos de Matanzas (AHPM), fechado en septiembre de 1736. El plano superior es de Joseph Fernández (1764), procedente del AGI/MP-SD, 852. Fuentes: Orihuela y Viera (2019); Orihuela et al. (2021). 


Las excavaciones arqueológicas, dirigidas por el arqueólogo Ricardo Viera Muñoz, realizadas entre 2010 y 2014 en el área que ocupaban el atrio, la nave norte y el cañón de la primitiva iglesia confirmaron que la construcción levantada siguió de cerca aquellas normas y medidas. En los sondeos se identificaron cimientos y muros cuya orientación y dimensiones coinciden con las naves descritas en los documentos, permitiendo estimar que el templo cubrió unos 1,230 m² y un perímetro de unos 151 m, valores comparables a los de la actual catedral, que yace justo al frente del antiguo espacio.

El grosor de los muros y la potencia de las cimentaciones indican una obra de cierta ambición (¿o solo se seguían las normas?), pensada desde el inicio como estructura duradera y no como solución provisional. 

Iglesia de tablado y embarrado: «Plano del pueblo, fuerte y caño de San Agustín de la Florida y del pueblo y caño de San Sebastián» (1576) (AGI/MP-Florida_Luisiana, 3, N.º 4232). Inferior: croquis del antiguo convento de San Francisco de la Iglesia Vieja de Santiago de Cuba (4 de agosto de 1746) (AGI/MP-SD, 220). Fuente: Orihuela et al. (2021). 


Desde finales del siglo XVII, la iglesia funcionó como parroquia y cementerio de la joven ciudad. Los libros de entierros y bautismos, aunque incompletos y deteriorados, muestran que allí se celebraban los principales sacramentos de la población. Las excavaciones, por su parte, sacaron a la luz numerosos restos humanos. Tres de estos restos fueron datados por radiocarbono; un análisis químico que permite conocer la edad de los huesos. Uno de ellos apunta a un individuo muerto antes de la fundación oficial de 1693, lo que sugiere un traslado posterior de huesos al nuevo cementerio. Otros confirman inhumaciones posteriores a 1730, es decir, cuando según la versión tradicional el templo ya habría desaparecido. Todo esto indica un complejo uso y reúso del espacio destinado con aquellos fines. Esta continuidad funeraria refuerza la idea de que el espacio siguió siendo sagrado y funcional más allá de la fecha del famoso temporal.

Aquí entra en escena la familia Amoedo. Según la narrativa clásica, un gran huracán azotó Matanzas el 19 de octubre de 1730 y destruyó la iglesia fundacional. Como resultado, los objetos sagrados habrían sido trasladados a la casa de un vecino prominente, Diego García de Amoedo, donde permanecieron mientras se reparaba el templo. Las fuentes documentales efectivamente indican que, tras un episodio de daños, los sacramentos y ornamentos fueron depositados por unos días en la casa de Amoedo y luego devueltos al templo con gran pompa, acto por el cual el vecino recibió de la Corona el privilegio de “casa de cadenas”. Además, se le autorizó, por la corona, a exhibir un blasón con copón y orla, y unas cadenas en la fachada, símbolo de refugio para los perseguidos. 


Escudo de Amoedo, tallado en roca caliza, Museo 
Provincial de Matanzas, Palacio de Junco. 
Nótese la orla y copón inscritos. 

Esta información muestra que la iglesia sufrió daños, pero también que fue reparada y volvió a usarse, al menos parcialmente, al menos hasta 1736, como sugiere la documentación parroquial y capitular.

Los problemas comienzan cuando se intenta encajar este relato con la evidencia archivística, primaria-documental, y climática. Los registros de fenómenos atmosféricos severos en la región Habana–Matanzas entre los siglos XVII y XIX, reconstruidos a partir de documentación primaria y estudios paleoclimáticos, muestran múltiples episodios de temporales, frentes fríos, sequías e inundaciones, pero no aportan confirmación documental directa de un gran huracán en Matanzas (o la región circundante) el 19 de octubre de 1730.

Al revisar las Actas Capitulares de Matanzas correspondientes a esa fecha, no aparece referencia alguna a un ciclón o destrucción masiva, lo cual resulta muy raro y sospechoso. El cabildo se reúne, constata que no hay asuntos nuevos de los que tratar y cierra la sesión sin mención de tormenta. Un examen paralelo de las Actas Capitulares de La Habana para la misma jornada tampoco registra un huracán. La inscripción pétrea del escudo de los Amoedo, en cambio, afirma que “el 19 de octubre de 1730 el Señor visitó esta casa por el huracán”. La tensión entre un testimonio heráldico y una ausencia casi total de confirmación documental en las fuentes oficiales abre una incógnita legítima: ¿qué tipo de evento ocurrió realmente aquel día? ¿Fue un temporal local de menor escala, magnificado después en la memoria familiar? ¿Hubo daños graves concentrados en un área limitada, insuficientes para aparecer en las actas generales?

Plano en el Acta del Cabildo del 28 de septiembre de 1736. Nótese los autógrafos del comandante Ignacio Rodríguez y Andrés de Avalos. También la firma de J. A. Treserra en la esquina inferior derecha, posiblemente realizada en la década de 1940. Tomado de Orihuela y Viera (2019).

¿O fue, al menos en parte, un relato funcional a la obtención de recursos y privilegios para una nueva iglesia? Sabemos que una ley de Felipe III de 1604, incorporada en las Recopilaciones de las Leyes de los Reinos de Indias, establecía que la primera iglesia de una fundación debía costearla la Corona, mientras que las segundas o consiguientes debían sufragarse fundamentalmente con las limosnas de los vecinos. En ese contexto jurídico, no puede descartarse que la insistencia en “ruinas” producidas por temporales o incendios funcionara también como argumento para justificar nuevas fábricas y solicitar gracias reales. El propio relato de Matanzas presenta paralelos muy estrechos con el de la iglesia mayor de Guanabacoa, donde una tormenta, el depósito del Santísimo en casa de un vecino notable y la posterior concesión de privilegio de cadenas a Esteban Pérez de Rivero siguen un patrón casi idéntico al de Amoedo, hasta el punto de que es sugerente de que este tipo de trámites acaso se usaba para adquirir favores o mercedes regias.

Hoy por hoy, los datos disponibles obligan a considerar la versión del “gran huracán destructor” como una tradición no respaldada por la documentación conservada, evidencia científica, y que requiere seguir siendo investigada de forma sistemática.

Mientras tanto, la arqueología ha permitido seguir la historia del solar de la iglesia más allá de ese episodio. Sobre los restos del templo original se documentan estructuras de mampostería más tardías, interpretadas como el inicio de un nuevo edificio —posiblemente un hospicio u otra obra vinculada a la institución eclesiástica— que nunca se terminó.

Paralelamente, la ciudad optó por reorganizar su centro religioso. La nueva iglesia parroquial, actual catedral de San Carlos Borromeo, se levantó en la antigua plaza frontal de la primera iglesia, pero con la fachada orientada hacia el este y la plaza desplazada al costado, recuperando el esquema más habitual del urbanismo hispano. Este cambio de orientación modificó la forma en que se leía el espacio central de la ciudad y consolidó el trazado que hoy reconocemos como su centro histórico. El antiguo solar del templo primitivo quedó entonces como un espacio híbrido: parte cementerio residual, parte obra inconclusa y, finalmente, subsuelo arqueológico bajo edificaciones posteriores.

En los últimos años, el apellido Amoedo ha vuelto al centro del debate patrimonial, esta vez a través del proyecto «ARQUEO-CUBA», una colaboración entre instituciones de Cuba e Italia que ha tenido amplia difusión. El proyecto se presenta como una iniciativa novedosa, moderna y dotada de tecnología de punta, dirigida a excavar la llamada Casa de los Amoedo, en la Calle Medio nº 23 de Matanzas, como parte de una estrategia de gestión sostenible del patrimonio y desarrollo territorial. Las excavaciones se han vinculado al diseño de una sala fundacional de alto contenido tecnológico, dependiente de la Oficina del Conservador de la Ciudad, bajo la dirección del Lic. Leonel Pérez Orozco, en coordinación con el equipo de Arqueocuba. La idea es construir, primero en una sala de la sede de la Oficina y luego en un futuro museo en la calle Jovellanos —sobre el área de la iglesia fundacional—, una experiencia inmersiva, donde el visitante vería, mediante pantallas móviles y gráficos, el paisaje de la bahía antes de la fundación (bosques, ríos, prados, vegetación) y, a continuación, en una habitación con cuatro paredes en 3D, asistiría “en vivo” al acto fundacional de 1693, con movimientos de gente, bendición de la primera piedra e instalaciones virtuales que lo convierten en protagonista del momento histórico. Según sus promotores, el objetivo es superar el modelo decimonónico de vitrina, lámina y texto fijo, y atraer a públicos jóvenes a través de museos interactivos capaces de competir con la distracción del teléfono móvil.

Ese esfuerzo de museografía avanzada es, en sí mismo, una buena noticia para cualquier ciudad patrimonial. Sin embargo, que el discurso sea tecnológicamente sofisticado no garantiza, por sí solo, la exactitud histórica del contenido. En este punto resulta clave distinguir entre el relato de divulgación que se está construyendo y lo que la documentación y la arqueología efectivamente sostienen. Parte de la información que se repite en torno al proyecto. Por ejemplo, la identificación precisa del solar excavado con la “Casa de los Amoedo” vinculada al episodio de 1730 no resiste bien la comparación con los datos históricos o científicos. Según los estudios históricos, las excavaciones asociadas al proyecto italiano no se realizaron en el lote que correspondería a la casa de Pedro Fernández Guerrero (relacionada con la ubicación que debería tener el inmueble en cuestión según las fuentes), sino en el solar de Andrés Díaz de Baltasar, que queda más al norte. Es decir, el nombre “Casa de los Amoedo” aplicado a ese punto concreto de Calle Medio no está sólidamente respaldado en la evidencia disponible y puede inducir a una identificación espacial engañosa.

Algo similar ocurre con la insistencia en el huracán de 1730 como hecho probado y como explicación directa y cerrada para la desaparición de la iglesia fundacional. Como se señaló antes, ni las Actas Capitulares de Matanzas ni las de La Habana describen el supuesto ciclón, y el análisis climático regional para 1690-1876, basado en catálogos meteorológicos, archivos coloniales y estudios paleoclimáticos, no ofrece confirmación directa de un evento con las características que suele atribuirse al episodio. Tampoco la evidencia arqueológica.

En ese sentido, la museografía de vanguardia corre el riesgo de fijar en la mente del público general un relato espectacular —una ciudad “barrida” por un huracán único que destruye de golpe la iglesia original— que está escasamente respaldado por evidencia concreta y que, además, simplifica en exceso una historia mucho más interesante, la de un templo que sufre daños, se repara, sigue funcionando algún tiempo, pierde centralidad gradualmente, y finalmente ve su solar reocupado y resignificado en el marco de una reconfiguración urbana más amplia.

Nada de esto invalida las intenciones de proyectos como «ARQUEO-CUBA» ni el valor de un futuro museo fundacional tecnológicamente avanzado. Al contrario, muestra hasta qué punto este tipo de iniciativas necesita apoyarse en una base documental y arqueológica depurada y en diálogo constante con la investigación académica más actual.

Gracias a las excavaciones en la antigua iglesia —no las de la supuesta casa de los Amoedo, sino en el solar históricamente documentado frente a la catedral— y a la revisión cuidadosa de las fuentes del Archivo General de Indias, del Archivo Nacional de Cuba y de los archivos locales, hoy disponemos de una imagen mucho más precisa de la primera parroquia de Matanzas.

En síntesis, la historia de la primera iglesia de San Carlos de Matanzas muestra cómo una ciudad se va haciendo sobre capas de decisiones, errores, reparaciones, silencios y relatos familiares que con el tiempo se convierten en “verdades”. La arqueología y el trabajo de archivo permiten corregir y matizar esas narraciones, no para despojarlas de interés, sino para dotarlas de mayor profundidad. Que los matanceros puedan entrar mañana en una sala inmersiva, guardar el celular y “asistir” a la fundación de su ciudad es una oportunidad extraordinaria. Pero será todavía más valiosa si lo que vean allí está en sintonía con lo que los documentos, los muros enterrados y los huesos en el subsuelo llevan años diciéndonos, con paciencia, sobre el verdadero destino de la iglesia fundacional y sobre el papel real —no mítico— de familias como los Amoedo en esa larga historia.



Bibliografía recomendada

Alfonso, P. A. (1854). Memorias de un matancero: Apuntes para la historia de la isla de Cuba con relación a la ciudad de San Carlos y San Severino de Matanzas. Matanzas: Imprenta Marsal. 

Cotarelo, R. (1993). Matanzas en su arquitectura. La Habana: Letras Cubanas.

Escalona, M. S., & Hernández Godoy, S. T. (2008). El urbanismo temprano en la Matanzas intrarríos (1693–1840). Matanzas: Ediciones Matanzas. 

García Santana, A. (con fotografias de J. Larremendi)(2009). Matanzas: La Atenas de Cuba. Matanzas: Ediciones Matanzas. 

Marrero, L. (1975–1976). Cuba: economía y sociedad (v. varios). Madrid: Playor. (Citado como marco general sobre Iglesia, poder colonial y organización urbana). 

Orihuela, J. (2019). “Los planos fundacionales de San Carlos de Matanzas”. Librínsula. Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, (389). 

Orihuela, J. (2021). Historia fundacional de Matanzas: los años formativos (1680–1765) Cap. 14 “La primera iglesia: fanal del catolicismo en Matanzas”. Ediciones Aspha, Buenos Aires. 

Orihuela, J., & Cotarelo, R. (2021). “La historiografía temprana de la ciudad de Matanzas: perspectiva desde dos obras de la primera mitad del XIX”. Librínsula. Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, (410). 

Orihuela, J., & Pérez, L. (2020). “Impacto de los fenómenos climáticos en la historia de Matanzas, Cuba (1690–1876)”. Islas, 62(197), 128–169. 

Orihuela, J., Cotarelo, R., & Viera, R. (2021). “La primera iglesia de Matanzas: aspectos controvertidos de su historia”. Islas, 63(200), 130–171. 

Orihuela, J., & Viera, R. A. (2019). “Acercamiento arqueológico e histórico de la primera iglesia de San Carlos de Matanzas”. Boletín del Gabinete de Arqueología de La Habana, Año 16, núm. 13. 

Pérez Orozco, L. (1992). Historia del catolicismo en Matanzas. Matanzas: Editorial Augusto de Coto. 

Quintero y Almeida, J. M. (1878). Apuntes para la historia de la isla de Cuba con relación a la ciudad de Matanzas. Matanzas: El Ferrocarril. 

Treserra y Pujadas, J. A. (1941). Reseña histórica de Matanzas 1508–1941. La Habana: Gobierno Provincial de Matanzas. 

Vento, E. (2002). La última morada. Matanzas: Ediciones Matanzas. 

Vento, E. (2011). “Matanzas, astronomía y urbanismo”. Arquitectura y Urbanismo, 32(1), 50–54. 

Viera Muñoz, R. A., & Pérez Orozco, L. (2012). “Arqueología histórica en contextos fundacionales de la ciudad de Matanzas, Cuba”. Cuba Arqueológica, 5(1), 41–44. 

Viera Muñoz, R. A., Niebla, I., Pérez Orozco, L., & Orihuela, J. (2017). “Nuevos datos arqueológicos procedentes del sitio de la iglesia fundacional de Matanzas, Cuba”. Cuba Arqueológica, 10(2), 79–83. 


sábado, 12 de octubre de 2024

Matanzas: más allá del mito y leyenda


El nombre “Matanzas”, que hoy designa una ciudad y bahía en la costa norte de Cuba, ha sido tradicionalmente atribuido a un acto violento ocurrido durante los primeros años de la conquista. Según la leyenda, un grupo de españoles náufragos fue asesinado por indígenas cuando intentaban cruzar la bahía o un río de la región. Sin embargo, esta interpretación ha sido cuestionada por diversos historiadores ya desde el siglo 19, quienes han aportado argumentos sólidos que sugieren que tal relato pudo haber sido distorsionado o incluso ser completamente erróneo.

La versión más extendida cuenta que los indígenas volcaron deliberadamente las canoas de los españoles, provocando el ahogamiento de varios de ellos, y que los sobrevivientes fueron posteriormente ahorcados en una ceiba. Este relato, transmitido por cronistas como Bartolomé de las Casas y Bernal Díaz del Castillo, ha perdurado en la historiografía tradicional cubana, tomando un lugar especial en las creencias locales y el folklore. No obstante, es crucial recordar que estos cronistas escribieron sus relatos varias décadas después de los supuestos hechos, con perspectivas marcadamente subjetivas. Las Casas, por ejemplo, tenía una agenda moral y evangelizadora, mientras que Díaz del Castillo procuraba reivindicar la memoria de los conquistadores. Ambas perspectivas sin duda influyeron en la forma en que representaron los acontecimientos.

Por otro lado, un análisis crítico de la Carta de Relación de Diego Velázquez, escrita en 1514 - y única fuente primaria asociada a estos relatos-, revela una interpretación muy distinta sobre aquella supuesta matanza y el origen de este toponímico, impuesto desde entonces sobre la región. En esta carta, Velázquez describe el origen y contexto de un evento durante la conquista de la isla de Cuba respecto al rescate de tres náufragos españoles —García Mexía y dos mujeres— que habían sido acogidos por caciques indígenas en la región. Aunque a lo largo de su relato, Velázquez menciona actos de violencia, tanto contra como por conquistadores españoles, ninguno de los que el plasma en su carta recoge certeramente uno similar al que tradicionalmente se ha asociado con  el de la leyenda matancera. Al contrario, describe un proceso relativamente pacífico de rescate en el que los caciques locales colaboraron para devolver a los náufragos a los españoles, intactos, a las huestes de Velazquez. La omisión de un supuesto “acto de matanza” sugiere que los eventos fuero posteriormente tergiversados, y  exagerados en relatos posteriores o que, al menos, la historia esta muy sesgada e incompleta. 

Frente a estas versiones tardías, destaca la Carta de Relación del gobernador Diego Velázquez, redactada en 1514, como la única fuente primaria contemporánea. En ella, Velázquez describe el rescate de tres náufragos españoles —García Mexía y dos mujeres— acogidos por caciques indígenas en el occidente de Cuba. Un relato con posibles paralelismos con la leyenda matancera. Aunque menciona actos de violencia en otros contextos, no describe la supuesta matanza en la bahía de Matanzas. Por el contrario, el rescate fue pacífico y facilitado por los propios caciques, quienes devolvieron a los náufragos sin conflicto. El relato solo se asemeja a una idea que les relata un interprete, pero que nunca llego a tomar lugar. Esta omisión resulta significativa y hasta problemática, sobre todo considerando que Velázquez tenía razones políticas para destacar logros de pacificación o justificar acciones armadas. La ausencia de cualquier referencia a una “matanza” de este estilo sugiere que el episodio fue más tarde tergiversado o confundido con otro evento que Velazquez si menciona en su carta: la conocida matanza de Caonao.

La Carta de Relación menciona, en efecto, una masacre en el centro de la isla, la de Caonao, ocurrida durante un avance militar hacia el oriente. Esta confusión geográfica —entre el centro de Cuba y la costa norte occidental— pudo haber inducido a cronistas posteriores a atribuir erróneamente el evento a la bahía de Matanzas. Dado que en la época la cartografía era rudimentaria y la toponimia fluida, es razonable pensar que el nombre “Matanzas” fue sobrepuesto en la región como resultado de esta confusión narrativa a posteriori. 


Desde un punto de vista etimológico, también es altamente probable que el nombre “Matanzas” derive de actividades económicas relacionadas con el sacrificio de ganado y uso de la bahía como paraje de abastecimiento, tal como se usaba el término en otras regiones de América y Europa. Durante la temprana ocupación colonial, se practicaban matanzas de reses en la región - como ha quedado plasmado en la documentación histórica, lo que podría haber originado el nombre sin vínculo alguno con un hecho sangriento. Los primeros mapas que documentan el topónimo datan de 1526, y los registros escritos más tempranos del uso del nombre aparecen hacia 1532, décadas después del supuesto evento.

Además, los nombres en las voces indígenas que han sido tradicionalmente vinculados a la región —como Yucayo y Guanima— tampoco corresponden con precisión a la ubicación de la actual ciudad de Matanzas. Su asociación con la bahía parece haberse consolidado en el siglo XIX, bajo una tendencia revisionista que buscaba rescatar topónimos indígenas como símbolo de identidad nacional, pero sin respaldo documental ni arqueológico firme. Esta superposición de nombres y relatos ha contribuido a la creación de un mito que, aunque profundamente arraigado, carece de evidencias sólidas.

Desde el punto de vista arqueológico, tampoco se ha hallado hasta hoy evidencia material suficiente para respaldar tal leyenda. Los registros disponibles, en cambio, indican una presencia indígena significativa y prolongada, con indicios de interacción entre los pobladores originarios y los colonizadores.

En resumen, la hipótesis más consistente sugiere que el nombre “Matanzas” fue adoptado posteriormente, posiblemente a partir de un error de interpretación o de una tradición oral que confundió hechos geográficamente distantes. La narrativa de una supuesta matanza parece haberse consolidado por la influencia de cronistas tardíos y fue reforzada por discursos nacionalistas posteriores, más que por evidencias documentales o arqueológicas. Esta reinterpretación no solo cuestiona la versión tradicional, sino que también invita a revisar críticamente otras toponimias coloniales que podrían tener orígenes similares.

Nota bibliografica:

Esta interpretación histórica se basa en los análisis críticos y las fuentes documentales presentadas en el trabajo "Matanza de Yucayo: Historia y Mito" de Johanset Orihuela León y Ricardo A. Viera Muñoz (2020, Aspha, Buenos Aires), que revisa la narrativa tradicional sobre el origen del nombre de la ciudad de Matanzas y las interacciones tempranas entre los españoles e indígenas en Cuba.


miércoles, 9 de octubre de 2024

San Carlos de Matanzas: 331 Años de historia y resiliencia

Al conmemorar el 331º aniversario de la fundación de Matanzas, es un momento ideal para reflexionar sobre la rica historia de esta ciudad. El 12 de octubre de 1693, se fundó oficialmente la ciudad de San Carlos y San Severino de Matanzas, un proyecto que simbolizó tanto las aspiraciones de una colonia joven como las duras realidades de la vida en el Caribe a finales del siglo XVII.

El Comienzo del Viaje

Todo comenzó meses atrás, pero el proceso oficial comenzó antes, desde el 9 de octubre de 1693, cuando el gobernador Severino de Manzaneda y su comitiva partieron de La Habana hacia la bahía de Matanzas. Su misión era establecer un asentamiento fortificado que no solo defendiera la costa norte de Cuba, sino que también apoyara su desarrollo económico y social. La comitiva, compuesta por funcionarios, personal militar y familias provenientes de las Islas Canarias, llegó a la bahía de Matanzas: un lugar cuidadosamente seleccionado por su importancia estratégica.

No se trataba de un asentamiento cualquiera. El gobernador había escogido a varias docenas de familias provenientes de las Islas Canarias, cuyo esfuerzo y determinación serían el pilar de esta nueva comunidad. Para mayo de ese mismo año, estas familias ya habían comenzado a preparar el terreno, sembrar cultivos y establecer las bases de lo que pronto sería una ciudad próspera.


Construyendo un Nuevo Futuro

La fundación formal de la ciudad tuvo lugar el 12 de octubre de 1693, cuando se bendijo la primera iglesia y se otorgó el nombre de la ciudad en honor al rey Carlos II de España (San Carlos) y a la estratégica fortaleza de San Severino. Los eventos de esos días, meticulosamente registrados en los primeros documentos oficiales de la ciudad, muestran cuán cuidadosamente se planificó la fundación. Desde la construcción de fortificaciones hasta la distribución de tierras a los colonos, ningún detalle fue dejado al azar.

La ciudad fue trazada con precisión, con la Plaza de Armas (hoy conocida como Plaza de la Vigía) en su centro. Las calles fueron medidas cuidadosamente y se distribuyeron solares a los colonos. La primera iglesia se construyó en un terreno orientado hacia las aguas turquesas de la bahía y a una plaza a su oeste, y, cerca de allí, comenzó a erigirse una fortificación para defenderse de los posibles ataques piratas y de invasores extranjeros.



Luchas y Triunfos

La vida en Matanzas no fue fácil para esos primeros colonos. El clima tropical, las amenazas de huracanes y los brotes de enfermedades como la viruela y el sarampión, fueron desafíos constantes. Sin embargo, a través de su perseverancia y con la ayuda de la naturaleza yerma loca, la ciudad comenzó a crecer muy lentamente. 

No solo tuvieron que enfrentarse a las amenazas naturales, sino también a las presiones políticas. La correspondencia de Manzaneda con la Corona española revela su delicado equilibrio entre garantizar la seguridad del asentamiento y cumplir con las exigencias de los decretos reales para suplir y mantener aquella naciente comarca - ciudadela al pie del San Severino.

Una cosa estaba clara: Matanzas no era solo un puesto militar, sino que se estaba convirtiendo en una comunidad. En pocos días se celebraron matrimonios, se bautizaron niños y la ciudad comenzó a florecer, evolucionando poco a poco de un bastión defensivo a un centro cultural y económico.


Un Legado Duradero

Hoy, Matanzas es conocida como la "Ciudad de los Puentes" o la "Atenas de Cuba", gracias a su rica historia cultural. Pero es importante recordar sus orígenes: aquellos primeros días cuando un grupo de familias decididas, guiadas por la fe y la resiliencia, construyeron una vida en el Caribe. Las calles cuidadosamente trazadas, los restos de la primera iglesia, y el Castillo de San Severino que aún se erige como símbolo de los comienzos de la ciudad nos recuerdan aquel momento histórico de su fundación.

Al celebrar 331 años de Matanzas, honramos no solo a las figuras históricas que colocaron las primeras piedras, sino también a los innumerables hombres y mujeres que construyeron el legado perdurable de la ciudad. Desde sus raíces coloniales hasta su rol moderno como centro cultural cubano, Matanzas sigue siendo un testimonio de la fortaleza y el espíritu de su gente.

Cita: Orihuela, J. (2021). Historia Fundacional de Matanzas. Ediciones Aspha, Buenos Aires