Tres detalles de planos históricos que demuestran la disposición de la iglesia original en el contexto urbano de la ciudad de Matanzas. El plano inferior es una copia de 1795 del plano fundacional de la ciudad. El central es un procedente del segundo volumen de las Actas Capitulares de San Carlos de Matanzas (AHPM), fechado en septiembre de 1736. El plano superior es de Joseph Fernández (1764), procedente del AGI/MP-SD, 852. Fuentes: Orihuela y Viera (2019); Orihuela et al. (2021).
Las excavaciones arqueológicas, dirigidas por el arqueólogo Ricardo Viera Muñoz, realizadas entre 2010 y 2014 en el área que ocupaban el atrio, la nave norte y el cañón de la primitiva iglesia confirmaron que la construcción levantada siguió de cerca aquellas normas y medidas. En los sondeos se identificaron cimientos y muros cuya orientación y dimensiones coinciden con las naves descritas en los documentos, permitiendo estimar que el templo cubrió unos 1,230 m² y un perímetro de unos 151 m, valores comparables a los de la actual catedral, que yace justo al frente del antiguo espacio.
El grosor de los muros y la potencia de las cimentaciones indican una obra de cierta ambición (¿o solo se seguían las normas?), pensada desde el inicio como estructura duradera y no como solución provisional.
Escudo de Amoedo, tallado en roca caliza, Museo
Provincial de Matanzas, Palacio de Junco.
Nótese la orla y copón inscritos.
Esta información muestra que la iglesia sufrió daños, pero también que fue reparada y volvió a usarse, al menos parcialmente, al menos hasta 1736, como sugiere la documentación parroquial y capitular.
Los problemas comienzan cuando se intenta encajar este relato con la evidencia archivística, primaria-documental, y climática. Los registros de fenómenos atmosféricos severos en la región Habana–Matanzas entre los siglos XVII y XIX, reconstruidos a partir de documentación primaria y estudios paleoclimáticos, muestran múltiples episodios de temporales, frentes fríos, sequías e inundaciones, pero no aportan confirmación documental directa de un gran huracán en Matanzas (o la región circundante) el 19 de octubre de 1730.
Al revisar las Actas Capitulares de Matanzas correspondientes a esa fecha, no aparece referencia alguna a un ciclón o destrucción masiva, lo cual resulta muy raro y sospechoso. El cabildo se reúne, constata que no hay asuntos nuevos de los que tratar y cierra la sesión sin mención de tormenta. Un examen paralelo de las Actas Capitulares de La Habana para la misma jornada tampoco registra un huracán. La inscripción pétrea del escudo de los Amoedo, en cambio, afirma que “el 19 de octubre de 1730 el Señor visitó esta casa por el huracán”. La tensión entre un testimonio heráldico y una ausencia casi total de confirmación documental en las fuentes oficiales abre una incógnita legítima: ¿qué tipo de evento ocurrió realmente aquel día? ¿Fue un temporal local de menor escala, magnificado después en la memoria familiar? ¿Hubo daños graves concentrados en un área limitada, insuficientes para aparecer en las actas generales?

Plano en el Acta del Cabildo del 28 de septiembre de 1736. Nótese los autógrafos del comandante Ignacio Rodríguez y Andrés de Avalos. También la firma de J. A. Treserra en la esquina inferior derecha, posiblemente realizada en la década de 1940. Tomado de Orihuela y Viera (2019).
¿O fue, al menos en parte, un relato funcional a la obtención de recursos y privilegios para una nueva iglesia? Sabemos que una ley de Felipe III de 1604, incorporada en las Recopilaciones de las Leyes de los Reinos de Indias, establecía que la primera iglesia de una fundación debía costearla la Corona, mientras que las segundas o consiguientes debían sufragarse fundamentalmente con las limosnas de los vecinos. En ese contexto jurídico, no puede descartarse que la insistencia en “ruinas” producidas por temporales o incendios funcionara también como argumento para justificar nuevas fábricas y solicitar gracias reales. El propio relato de Matanzas presenta paralelos muy estrechos con el de la iglesia mayor de Guanabacoa, donde una tormenta, el depósito del Santísimo en casa de un vecino notable y la posterior concesión de privilegio de cadenas a Esteban Pérez de Rivero siguen un patrón casi idéntico al de Amoedo, hasta el punto de que es sugerente de que este tipo de trámites acaso se usaba para adquirir favores o mercedes regias.
Hoy por hoy, los datos disponibles obligan a considerar la versión del “gran huracán destructor” como una tradición no respaldada por la documentación conservada, evidencia científica, y que requiere seguir siendo investigada de forma sistemática.
Mientras tanto, la arqueología ha permitido seguir la historia del solar de la iglesia más allá de ese episodio. Sobre los restos del templo original se documentan estructuras de mampostería más tardías, interpretadas como el inicio de un nuevo edificio —posiblemente un hospicio u otra obra vinculada a la institución eclesiástica— que nunca se terminó.
Paralelamente, la ciudad optó por reorganizar su centro religioso. La nueva iglesia parroquial, actual catedral de San Carlos Borromeo, se levantó en la antigua plaza frontal de la primera iglesia, pero con la fachada orientada hacia el este y la plaza desplazada al costado, recuperando el esquema más habitual del urbanismo hispano. Este cambio de orientación modificó la forma en que se leía el espacio central de la ciudad y consolidó el trazado que hoy reconocemos como su centro histórico. El antiguo solar del templo primitivo quedó entonces como un espacio híbrido: parte cementerio residual, parte obra inconclusa y, finalmente, subsuelo arqueológico bajo edificaciones posteriores.
En los últimos años, el apellido Amoedo ha vuelto al centro del debate patrimonial, esta vez a través del proyecto «ARQUEO-CUBA», una colaboración entre instituciones de Cuba e Italia que ha tenido amplia difusión. El proyecto se presenta como una iniciativa novedosa, moderna y dotada de tecnología de punta, dirigida a excavar la llamada Casa de los Amoedo, en la Calle Medio nº 23 de Matanzas, como parte de una estrategia de gestión sostenible del patrimonio y desarrollo territorial. Las excavaciones se han vinculado al diseño de una sala fundacional de alto contenido tecnológico, dependiente de la Oficina del Conservador de la Ciudad, bajo la dirección del Lic. Leonel Pérez Orozco, en coordinación con el equipo de Arqueocuba. La idea es construir, primero en una sala de la sede de la Oficina y luego en un futuro museo en la calle Jovellanos —sobre el área de la iglesia fundacional—, una experiencia inmersiva, donde el visitante vería, mediante pantallas móviles y gráficos, el paisaje de la bahía antes de la fundación (bosques, ríos, prados, vegetación) y, a continuación, en una habitación con cuatro paredes en 3D, asistiría “en vivo” al acto fundacional de 1693, con movimientos de gente, bendición de la primera piedra e instalaciones virtuales que lo convierten en protagonista del momento histórico. Según sus promotores, el objetivo es superar el modelo decimonónico de vitrina, lámina y texto fijo, y atraer a públicos jóvenes a través de museos interactivos capaces de competir con la distracción del teléfono móvil.
Ese esfuerzo de museografía avanzada es, en sí mismo, una buena noticia para cualquier ciudad patrimonial. Sin embargo, que el discurso sea tecnológicamente sofisticado no garantiza, por sí solo, la exactitud histórica del contenido. En este punto resulta clave distinguir entre el relato de divulgación que se está construyendo y lo que la documentación y la arqueología efectivamente sostienen. Parte de la información que se repite en torno al proyecto. Por ejemplo, la identificación precisa del solar excavado con la “Casa de los Amoedo” vinculada al episodio de 1730 no resiste bien la comparación con los datos históricos o científicos. Según los estudios históricos, las excavaciones asociadas al proyecto italiano no se realizaron en el lote que correspondería a la casa de Pedro Fernández Guerrero (relacionada con la ubicación que debería tener el inmueble en cuestión según las fuentes), sino en el solar de Andrés Díaz de Baltasar, que queda más al norte. Es decir, el nombre “Casa de los Amoedo” aplicado a ese punto concreto de Calle Medio no está sólidamente respaldado en la evidencia disponible y puede inducir a una identificación espacial engañosa.
Algo similar ocurre con la insistencia en el huracán de 1730 como hecho probado y como explicación directa y cerrada para la desaparición de la iglesia fundacional. Como se señaló antes, ni las Actas Capitulares de Matanzas ni las de La Habana describen el supuesto ciclón, y el análisis climático regional para 1690-1876, basado en catálogos meteorológicos, archivos coloniales y estudios paleoclimáticos, no ofrece confirmación directa de un evento con las características que suele atribuirse al episodio. Tampoco la evidencia arqueológica.
En ese sentido, la museografía de vanguardia corre el riesgo de fijar en la mente del público general un relato espectacular —una ciudad “barrida” por un huracán único que destruye de golpe la iglesia original— que está escasamente respaldado por evidencia concreta y que, además, simplifica en exceso una historia mucho más interesante, la de un templo que sufre daños, se repara, sigue funcionando algún tiempo, pierde centralidad gradualmente, y finalmente ve su solar reocupado y resignificado en el marco de una reconfiguración urbana más amplia.
Nada de esto invalida las intenciones de proyectos como «ARQUEO-CUBA» ni el valor de un futuro museo fundacional tecnológicamente avanzado. Al contrario, muestra hasta qué punto este tipo de iniciativas necesita apoyarse en una base documental y arqueológica depurada y en diálogo constante con la investigación académica más actual.
Gracias a las excavaciones en la antigua iglesia —no las de la supuesta casa de los Amoedo, sino en el solar históricamente documentado frente a la catedral— y a la revisión cuidadosa de las fuentes del Archivo General de Indias, del Archivo Nacional de Cuba y de los archivos locales, hoy disponemos de una imagen mucho más precisa de la primera parroquia de Matanzas.
En síntesis, la historia de la primera iglesia de San Carlos de Matanzas muestra cómo una ciudad se va haciendo sobre capas de decisiones, errores, reparaciones, silencios y relatos familiares que con el tiempo se convierten en “verdades”. La arqueología y el trabajo de archivo permiten corregir y matizar esas narraciones, no para despojarlas de interés, sino para dotarlas de mayor profundidad. Que los matanceros puedan entrar mañana en una sala inmersiva, guardar el celular y “asistir” a la fundación de su ciudad es una oportunidad extraordinaria. Pero será todavía más valiosa si lo que vean allí está en sintonía con lo que los documentos, los muros enterrados y los huesos en el subsuelo llevan años diciéndonos, con paciencia, sobre el verdadero destino de la iglesia fundacional y sobre el papel real —no mítico— de familias como los Amoedo en esa larga historia.
Bibliografía recomendada
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