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jueves, 13 de octubre de 2022

El centro histórico de Matanzas, un bien de todos - por Ramón Cotarelo Crego




A la memoria de Pedro Esquerré

La ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez de cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos.”

Las ciudades invisibles de Italo Calvino 




    Los centros históricos son “todos aquellos asentamientos humanos vivos, fuertemente condicionados por una estructura física proveniente del pasado, reconocibles como representativos de la evolución de un pueblo” (1) son esencialmente la memoria de quienes nacieron en él, lo habitan y también de aquellos que por una razón u otra se han alejado físicamente de forma temporal o definitiva, es dónde, se “han concentrado, superpuesto e integrado los acontecimientos históricos para completar la obra del hombre en toda su dimensión, representa, además, la memoria que lo lleva a ser propiedad de la cultura de la colectividad porque puntualiza y explica su historia”. (2) 

Como los seres humanos, los centros históricos tienen algo de irrepetible, una fisonomía y una atmósfera propias que le otorgan un especial encanto y significación pero que en su fragilidad no los hacen invulnerables a la acción del hombre, motivo por el cual cada intervención debe ejecutarse con sumo cuidado y responsabilidad, evitando errores que una vez cometidos no tendrán marcha atrás y una vez perdido el tesoro no lo recuperaremos como nos advierte José Martí en sus conocidos versos. (3)

Delimitar, estudiar, intervenir y gestionar un centro histórico es una tarea compleja, donde si bien la elaboración, ejecución y control del programa deben estar en manos de profesionales especializados no hay en absoluto que menospreciar el aporte de sus habitantes ya que “la participación de la población -de la que vive o usa el centro histórico- es esencial para asegurar el carácter vital del área, para afianzar las posibilidades de nuestra acción a través del tiempo -mantenimiento, renovación de usos, etc.- y en definitiva para justificar el esfuerzo de encarar políticas culturales con una finalidad social. Un proyecto de la ciudad en una zona significativa de la misma solo podrá tener éxitos cuando cuenta con consenso ciudadano, decisión política del ente de aplicación, recursos económicos y una adecuada estrategia de planificación técnica y participación de los usuarios”. (4) 

El centro histórico se debe mirar sin indiferencia (5), no es responsabilidad exclusiva de la Oficina del Conservador o del Departamento de Patrimonio Cultural o la Comisión de Monumentos, es un bien de todos y al Patrimonio lo salvará la voluntad colectiva. (6) Este criterio defendido desde hace décadas (7) revela la fundamental participación de quienes viven, sufren y disfrutan todo lo que sucede en un centro histórico. El hombre es el centro del problema y si es excluido nunca podrá llevarse a cabo exitosamente un programa de recuperación pues como bien colectivo, el centro histórico es, asimismo, propiedad cultural y material de la sociedad, sedimentado a lo largo de generaciones. Su acción implica a la comunidad y no solamente a organismos e instituciones especializadas. Como organismo “vivo” ha de entenderse el centro histórico, donde la fusión de lo nuevo y lo viejo debe producirse en una relación dinámica no antagónica, de mutua valoración. Las nuevas inserciones son una necesidad insoslayable que tendrá que reconocer el espíritu de la ciudad. Las intervenciones transcenderán el rescate de los valores históricos y culturales para dirigirse hacia la rehabilitación socioeconómica y dar respuesta al hombre, por ende, es fundamental el mejoramiento de la calidad de la vida, con un programa de acción coherentemente estructurado, imprescindible para organizar fuerzas y potencialidades y superar la restauración puntual y pasar así a la conservación en toda su extensión. 

Los testimonios constructivos de un centro histórico no están destinados a la contemplación, sino a la utilización adecuada que garantice la permanencia del monumento y su explotación. No se rescata por nostalgia de pasado, se hace como esperanza de futuro con amplitud de visión, conocimiento de las exigencias constructivas y de los medios a disposición, revitalizando además las técnicas tradicionales e incorporando recursos actuales que el desarrollo científico-técnico suministra sin olvidar el respeto sincero para con la historia, el arte, los paisajes y la memoria de la ciudad. 

El rescate del centro histórico se debe sustentar en la esencia y no en la mera apariencia. La explotación turística estará subordinada a la defensa de la identidad como pueblo y a su reafirmación cultural, rescatándolo para la vida y no como falsificación para la mirada foránea. 

La divulgación del patrimonio heredado es fundamental para la conservación de los valores histórico-culturales de un conjunto urbano, siendo el objetivo supremo hacer de cada ciudadano un conservador. Recordemos que ya en el siglo V a.n.e. el gran filósofo y matemático griego Pitágoras promulgaba “educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”. La práctica de proteger el patrimonio cultural se adquiere a partir del ejemplo, en la familia y en la escuela. Se aprende desde la edad temprana a reconocer, valorar y respetar la memoria, la cultura y a conservar los objetos patrimoniales. La preparación para la vida de cada individuo comienza temprano, en el ámbito familiar primero, seguido del escolar, los programas escolares revisten gran significación pues por medio de ellos se puede articular una “pedagogía del patrimonio”, con métodos de enseñanza activos, enfoques intercurriculares de las disciplinas, relaciones entre campos de la educación y la cultura y el empleo de una amplia variedad de modos de comunicación y expresión. El patrimonio cultural es de hecho un elemento fundamental dentro de una nueva didáctica que articula la colaboración entre la escuela y las instituciones culturales” (8)

Le memoria será el puente de conexión con el futuro, ayudándonos a comprender el presente y enlazando los diversos anillos de la vida de la sociedad, escrita en su patrimonio material e inmaterial, en la piedra y en el árbol, en sueños e ilusiones, en la música, la palabra y el silencio, respetando los edificios en su unicidad, autenticidad y originalidad.

En Matanzas se articula en singular simbiosis, el paisaje, lo construido por la mano del hombre y la savia humana. Se vivifica con los innumerables aspectos conformadores de una identidad dialéctica y dinámica que puntualiza y diferencia otorgando una pertenencia que permite hundir las raíces en el pasado y extender las ramas hacia el cielo del porvenir. El centro histórico, en tanto ser viviente, se convierte en un ecosistema rico de interacciones, capaz de articular los sentidos. Como subraya Fruto Vivas (9) “la ciudad se huele, escucha, toca, sabrosea, se ve, pero también se siente, se ama, odia, se recuerda y se sueña”. Es imposible cancelar de su memoria aquellos personajes que dejaron huellas imborrables, con luces y sombras, en el estudio, defensa, rescate y divulgación de sus testimonios materiales e intangibles.

Preocupa hoy el descuido con que a veces se tratan tesoros excepcionales. Estamos aún a tiempo y con posibilidades de salvar lo que una vez perdido no habrá de recuperarse jamás. Son la memoria y la población que la conserva, las claves para enfrentar la difícil tarea de salvar un conjunto histórico en peligro. Los recursos materiales cuentan, pero no son los únicos, el hombre es decisivo, cimentado en una sólida memoria, en el recuerdo, que ya sabemos no es más que “volver a pasar por el corazón”. De este olvido debe salvarse -entre tantos- a Pedro Esquerré, artista de la plástica a quien Matanzas no puede menos que reconocer y agradecer. En medio de cierta “fiebre destructora” que aquejó la ciudad por los años setenta del siglo XX, este creador se interpuso entre las maquinarias encargadas de echarlo todo al suelo y el Palacio Junco, intentando impedir una irreparable pérdida. Actos extremos como éste solo son posibles cuando se tiene una identificación absoluta con la ciudad pues no muchos saben en primera persona cuántas angustias y sufrimientos hay detrás de cada piedra recuperada, de cada batalla ganada en esta difícil “cruzada”. Hoy, cuando afortunadamente pasó la moda de las demoliciones no es posible confiar la salvación del patrimonio a acciones individuales como los de Pedro Esquerré. El patrimonio tiene necesariamente que ser protegido por todos y cada uno de los ciudadanos que conviven día a día con alegrías, tristezas, logros y dificultades en el centro histórico. Es fundamental la memoria y la identidad, categorías insoslayables porque cuando se pierde la memoria un pueblo muere. Un hombre verdaderamente culto no debe exclusivamente acatar mandatos, debe y tiene que pensar, crear, desear y aspirar y así podrá transmitir de generación en generación la cultura, las tradiciones y la historia para perpetuarlas en el tiempo pues como sentenció el sabio Fernando Ortíz “la verdadera cultura y el positivo progreso están en las afirmaciones de las realidades y no en los reniegos. Todo pueblo que se niega a sí mismo está en trance de suicidio. Lo dice un proverbio afrocubano; chivo que rompe tambor con su pellejo paga”. (10) 


Viareggio, Italia en 17 de enero de 2017



Citas y notas


1.- Documento final del “Coloquio de Quito”. Proyecto Regional de Patrimonio Cultural PNUD-UNESCO. Quito. 1977. 

2.- Ramón Cotarelo Crego. “Matanzas en su Arquitectura” Editorial Letras Cubanas. La Habana. Cuba. 1993 p. 120.

3.- Una mora de Trípoli tenía / Un perla rosada, una gran perla: /Y la echó con desdén al mar un día: / “¡Siempre la misma! ¡ya me cansa verla!” / Pocos años después, junto a la roca /De Trípoli… ¡la gente llora al verla! / Así le dice al mar la mora loca: / “¡Oh mar! ¡oh mar! ¡devuélveme mi perla!” José Martí, “La perla de la mora” en: La Edad de Oro. 

4.- Ramón Gutiérrez. “Administración y ejecución de proyectos de patrimonio cultural: centros históricos de América Latina”. En: Revista AB Arquitectura. Bolivia. Diciembre 1988 No.6 p.31-32.

5.- “Mirar a la ciudad sin indiferencia” Entrevista de la periodista Charo Guerra a Ramón Cotarelo Crego, publicada en el periódico Girón, Matanzas el día 26 de noviembre de 1991.

6.- “Al patrimonio lo salvará la voluntad colectiva” Entrevista de la periodista Violeta Villar Liste, realizada a Ramón Cotarelo Crego en Barquisimeto, Venezuela y publicada en el periódico “El Impulso” de Barquisimeto el día 7 de septiembre de 1992.

7.- Ramón Cotarelo Crego “Logros y dificultades en la aplicación de un programa de conservación en el centro histórico de Matanzas, Cuba”, intervención realizada por el autor en el V Congreso Latinoamericano de Cultura Arquitectónica y Urbanística. Montevideo, Uruguay. Noviembre de 1996. 

8.- Ramón Cotarelo Crego “Reflexiones alrededor de la formación y el patrimonio cultural “Intervención en el Congreso Internacional de Rehabilitación del Patrimonio Arquitectónico y Edificación. Sevilla, Julio 2008. Publicado en Libro de Actas. Tomo II, p. 391.

9.- Frutos Vivas, arquitecto venezolano. 1934-2022.

10- Fernando Ortíz en la introducción de “Cuentos negros de Cuba”, de Lydia Cabrera. Editorial Verbum, Madrid. 2014, pp. 9-10.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Nuevos datos sobre la historia de Matanzas: 1680-1695

Fieles a nuestras convicciones de profundizar sobre la historia de Matanzas – ya bien sea desde las ciencias sociales y antiguos documentos – finalmente nos encontramos satisfechos de ver publicado nuestro tratado sobre los procesos que dieron principio oficial a la ciudad. Este ha sido un proyecto prolongado, comenzado desde el 2016 con la búsqueda y adquisición de requerida documentación en archivos españoles, seguido por búsquedas exhaustivas en repositorios nacionales y locales. 

En general, en el trabajo se aborda una variada gama de fuentes documentales y se exponen novedosos datos sobre los actos fundacionales y la preparación del terreno que se convertiría luego en ciudad. Ya en otros posts – y publicaciones – hemos discutido y difundido sobre la inmigración isleña, la demografía, el primer escudo diseñado para representar a la ciudad, los mapas utilizados para la fundación, entre otras cuestiones. 

En esta ocasión compartimos un breve abstracto de las conclusiones. Para más información, convidamos al lector interesado que acceda al documento original, en el cual se presenta una amplia lista de materiales de obligada consulta para continuar con el rescate histórico que nos proponemos, y al que otros igualmente contribuyen o contribuirán. Este es nuestro granito de arena. 

[…La información presentada, alguna de ella novedosa e inédita, nos permite múltiples perspectivas sobre el proceso pre y fundacional, donde resaltan cuatro momentos importantes. El primero a finales de 1681, cuando el gobernador Fernández de Córdoba impulsa, con un reconocimiento de la bahía, cálculos y planos realizados por el ingeniero Juan de Síscara, el proceso de fortificación y población que fue aprobado en la real cédula del 12 de abril de 1682. En este momento se escoge el sitio para urbanizar al fondo de la bahía entre los ríos San Juan y Yumurí. El segundo entre 1687 y 1688, cuando el gobernador Diego Viana Hinojosa adquiere permiso real para fortificar la desembocadura del río San Juan y realiza los primeros trabajos en el sitio que sería luego la ciudad de Matanzas al comenzar una cantera y un horno de cal. El tercer momento ocurre en enero de 1690, cuando el gobernador interino Severino de Manzaneda realiza un viaje de reconocimiento, igualmente acompañado por el ingeniero Juan de Síscara donde se insiste en los errores de los reconocimientos y planos anteriores. La Laja resultó no ser un obstáculo y Manzaneda sugirió relocalizar la ubicación de la fortaleza más al fondo de la bahía. Un cuarto momento fue el fundacional, en el año 1693. Desde enero se desmontó, delineó y midió el terreno que sería la urbe y se reubicó la fortaleza en contra de las órdenes reales. Las dimensiones que tomaría la extensión urbana y los solares fueron resultado de mediciones tomadas desde enero de 1693 por el agrimensor Uribe Ozeta y el ingeniero militar Juan de Herrera. Las primeras familias de emigrantes canarios llegaron al sitio a finales de mayo de 1693 para comenzar a poblar en vísperas de la fundación. Asimismo, pasaron el asentista, maestros y esclavos constructores a continuar las construcciones de la fortaleza.

El castillo tuvo meses de preparación y condicionamiento del terreno desde enero de ese mismo año, lo que puede interpretarse como el comienzo de la construcción, aunque su “primera piedra” no fue colocada oficialmente hasta el 13 de octubre de 1693. Al final, el Castillo de San Severino no se construyó en Punta Gorda, según estrictamente le indicó la Junta y el Rey a Manzaneda. Esta localidad constituye un accidente geomorfológico que ha variado en cuanto a su ubicación en la cartografía de la bahía desde entonces. Igualmente surgen los topónimos del “Morrillo” y “la Vigía”, entre otros, como puntos identificados y con orígenes anteriores a 1693. Nuestro análisis revela que la playa arenosa del margen norte del antiguo río de Matanzas, actual San Juan, ya se conocía como “de la Vigía” desde el tiempo de Viana, lo que se extendió luego a la toponimia de la primera plaza fundacional y el fuerte que años después se construyó allí, y no viceversa, como se pensaba tradicionalmente.

Matanzas finalmente emergió de un plan predestinado con planta detallada y el impulso de las cédulas reales. Pero no siguió a rajatablas todas las ordenanzas reales o Leyes de Indias. Entre las labores reluce el desempeño del ingeniero Juan de Herrera, el agrimensor-escribano Juan de Uribe Ozeta en todo el proceso fundacional, siendo igualmente importante el aporte de Juan de Síscara sobre la organización cartográfica y el planeamiento en la disposición final de la ciudadela sobre el terreno.”]

Esperamos que este nuevo tratado aporte mayor conocimiento y reveladores datos no solo al pueblo matancero, sino a todos los coterráneos interesados en nuestra identidad y en nuestras raíces. Que esta información continúe guiándonos en develar nuestra identidad. 


Cita recomendada

Orihuela León, J., R. A. Viera Muñoz, & O. Hernández-de-Lara (2020). Los procesos prefundacionales de San Carlos de Matanzas (1680-1695): perspectivas historiográficas. Cuba Arqueológica 13(1): 39-64. 

Disponible a descargar gratis, aqui


lunes, 8 de octubre de 2018

El Primer Escudo de Matanzas data a 1694

Las vísperas del 325 aniversario de la fundación de la ciudad traen una oportunidad especial para reflexionar en nuestra historia y los hechos que nos corona el tiempo. A través de esta nota, perseguimos la intención de aportar nuevos datos relacionados con nuestro escudo que remontan su génesis a los momentos mismos de la fundación de la ciudad. Sin duda alguna, aún existe valiosa información escondida entre legajos centenarios que se conservan en los archivos. Es tarea nuestra y de todo aquel comprometido con la conservación de nuestra herencia cultural, continuar la búsqueda y rescatar del olvido eterno esos preciados testimonios de nuestra historia.

Acabamos de recibir la grata noticia de que nuestro artículo sobre el primer escudo de armas o blasón de la ciudad de Matanzas fue publicado en la Revista Matanzas, bajo la dirección de Alfredo Zaldívar. Para aquellos que no tienen acceso a ella, aquí presentamos una muestra de las conclusiones presentadas allí. Para mayor informacion vease el articulo original de la Revista Matanzas.

Escudo de Armas o Blasón Escudo republicano de la provincia de Matanzas,
aprobado el 8 de octubre de 1917,
y asimilado por el Cabildo el 21 de enero de 1918.

La historia de la heráldica matancera es poco conocida y ha sido escasamente divulgada. Han sido pocos los que han vertido la tinta de sus plumas en desempolvar y desenredar los nudos que la oscurecen. Para los interesados se hacen imprescindibles los trabajos de Enrique Fontova (1918), el Magazín La Lucha (1923), José A. Treserra (1941, 1955) y Raúl Ruiz (1993). Dicha literatura ha quedado esparcida en el tiempo y constituye hoy una cita obligatoria. Pero lo cierto es que aún queda información importante por sacar a la luz.

El tema que aquí abordamos se basa en un interesante documento depositado en las arcas del Archivo General de Indias, donde dentro de un legajo referente a la fundación de San Carlos Matanzas, se encuentra la descripción del primer blasón ideado para la naciente ciudad en 1694.

Escudo de Matanzas segun aparece en la prensa La Aurora de Matanzas. 1833. 

Según las Actas que recoge la historia, el lunes 12 de octubre de 1693, en presencia de oficiales de la Capitanía General de Cuba, el gobernador Severino de Manzaneda nombra y funda la ciudad de San Carlos de Matanzas. Poco más de un año después, el 3 de noviembre de 1694, desde la capital de la isla redacta una carta al rey Carlos II, donde revela su larga visión para la nueva ciudad de Matanzas y la descripción de su primer escudo de armas:

“…titulada ciudad de San Carlos insinuando a vuestra majestad la jurisdicción…será una de las ciudades de más estimación que haya en la América por su situación y fertilidad. Me a proveído darle por armas dos puertas que corresponden a las dos llaves que tiene por armas esta ciudad [La Habana] que miran por antonomasia ser las llaves de ambos reinos y, como Matanzas y su castillo se hallan en el puerto que cubre ambos canales, el viejo y de Bahama, que es por donde desembocan todas cuantas armadas y tesoros…”

Manzaneda suplicaba que dicha proposición fuera de “…agrado a su majestad…” y que el soberano honrara “…con escudo de las dos puertas y castillo…” a la nueva ciudad de Matanzas.

Quedó así registrado en el tiempo el primer diseño heráldico que debía exhibir la ciudad de San Carlos de Matanzas. Los otros dos emblemas más antiguos conocidos hasta ahora, son los escudos del Castillo de San Severino (1694-1737), el escudo otorgado a Amoedo en 1734 y el de la bandera coronela del Regimiento de Matanzas de 1769. Esta última lleva el escudo real de Carlos III, Casa de Borbón (ver Orihuela et al., en edición). Lamentablemente, el diseño no parece haber sido acompañado con un modelo gráfico. El matancero Miguel A. Bretos, quien proveyó las primeras pistas sobre la existencia de este escudo, lo asumió denegado. Sin embargo, en otro documento del citado legajo hemos encontrado registro de su aprobación. El rey, actuando a través de la Junta y su regidor, el licenciado Zevallo, dictan el 12 de octubre de 1697, que dicha sugerencia de Manzaneda “no tiene inconveniente”, y “que ha sido muy de agrado de su Majestad…”. El mismo documento indica haber sido “visto y acordado” por la secretaría el 25 de febrero de 1698. Pero había un inconveniente, el gobernador y ciudadanos de la nueva población serían responsables de llevar los trámites a feliz término. Para entonces ya era muy tarde. Habían pasado cuatro años desde la carta del 3 de noviembre y Severino de Manzaneda tenía ahora otro cargo más elevado lejos de Cuba. El escudo quedó aprobado, pero olvidado.

Resulta reveladora la relación que quiso establecer Manzaneda entre el escudo habanero y el que proponía para Matanzas. Otra descripción del supuesto escudo no deja lugar a dudas o interpretaciones erróneas: “…le ha dado por armas dos puertas y un castillo y dos llaves que tiene por armas la ciudad de La Habana…”. La capital portaría las llaves y Matanzas las puertas, simbolizando de esa manera la estrecha relación geográfica y socioeconómica que existía entre las dos regiones. 

Escudo de armas de la Ciudad de La Habana, como aparece en
las Actas Capitulares capitalina. 

¿Pero a que escudo habanero de dos llaves se refería Manzaneda? Desde 1665, el blasón de la ciudad de La Habana había sido aprobado y registrado con tres castillos y una llave como sus atributos centrales. Los castillos representando las tres fortalezas, y la llave la ventajosa posición geográfica de este puerto en las Antillas. Resulta ilógico pensar que Severino de Manzaneda, en su calidad de Capitán General, no conociera a cabalidad el escudo oficial de La Habana. Llama poderosamente la atención el hecho de que el escudo que se describe como “…a imitación de las de esta ciudad que son, además de las dos llaves los tres castillos que cubren el puerto…” no sea precisamente el que representaba a la capital de la Isla. Hasta ahora se desconoce un escudo habanero con los atributos citados.

Escudos apócrifos de Matanzas

Nuestro escudo nos unifica y nos representa a todos. Sus atributos son la simbología de nuestro paisaje, de nuestra geografía, y de nuestro pasado. El matancero carga con orgullo el espíritu de un legado centenario. Ese halo inasible, esa imagen, ese inextirpable latido que llamamos matanceridad es inherente a todo aquel que lleva el polvo de Matanzas en sus huesos. Pero el ego descuidado es vigor a la intangible belleza del concepto y por eso, tal vez el escudo de la ciudad de San Carlos y San Severino de Matanzas pueda vivir como estandarte, como representación, cual quilla de nave capitana a todos los que nos sentimos profundamente agradecidos de ser matanceros.


Agradecimientos especiales: A Alfredo Zaldívar, editor y coordinador de la Revista Matanzas, a Jessica Duarte, intrépida periodista matancera, y a Dolores de los Ángeles Pardo, quien se aseguró de que nuestro mensaje llegara a su destino. ¡Gracias!

Literatura pertinente:

Fontova, Enrique (1918). Datos y notas sobre la formación y adopción del escudo de la provincia de Matanzas. El Escritorio, Cárdenas. 

Heráldica de Matanzas. Pp. 7-8. Magazín La Lucha (1923). 

Moliner Rendón, Israel (1959). Sauto, Historia de un Teatro. Imprenta Pimentel, Matanzas.
Orihuela León, Johanset; O. Hernández de Lara y Ricardo A. Viera Muñoz (en edición). 
Acercamiento arqueo-histórico de los blasones del Castillo de San Severino, Matanzas, Cuba. 

Ponte y Domínguez, F. J. (1959). Matanzas: Biografía de una Provincia. Imprenta El Siglo XX, La Habana.

Quintero y Almeida, J. M. (1878). Apuntes para la Historia de la Isla de Cuba con relación a la Ciudad de Matanzas. Imprenta El Ferro-carril, Matanzas.

Rodríguez García, Roberto M. y José M. Domínguez Martínez (2013). El escudo de Matanzas. Su Historia y Simbolismo. Monografias de la Universidad de Matanzas Camilo Cienfuegos. 

Roig de Leuchsenring, Emilio (1963). La Habana: Apuntes Históricos, Segunda Edición, Tomo 1. Editorial Consejo Nacional de Cultura, La Habana. 

Ruiz Rodriguez, Raúl (1993). El escudo de armas de la ciudad de Matanzas. Revista de la Biblioteca Nacional Jose Marti, 1:137-145. 

Treserra Pujadas, José A. (1940). La fundación de San Carlos de Matanzas” Periódico El Republicano (Matanzas) 9 de octubre de 1940. 

Treserra Pujadas, José A. (1941). Reseña Historica de Matanzas 1508-1941. Imprenta La Revoltosa, La Habana. 

Treserra Pujadas, José A. (1955). Nuestro escudo de armas original. El Republicano (Matanzas): 21 de mayo de 1955, pg. 5. 


viernes, 10 de febrero de 2017

La leyenda del Canímar

En el año 1960 el semanario Vanguardia edita un pequeño volumen que recogía las Siete leyendas matanceras. Con anterioridad estas habían sido publicadas por primera vez en 1936, en dos cuadernos confeccionados en mimeógrafo. Posteriormente fueron publicadas periódicamente en el propio semanario Vanguardia e incluso ocuparon un espacio en la emisora Radio 26 donde el periodista José Mier se dedicaba a leerlas al público oyente. Estas leyendas fueron llevadas al papel por el doctor Américo Alvarado, a petición de los brillantes matanceros Bonifacio Byrne (nuestro primer poeta nacional) y Carlos Manuel Trelles. 


Dr. Américo Alvarado 


Hace algún tiempo publicamos en nuestro blog la leyenda conocida como “La gaviota del San Juan”. Para dar consecución a estas interesantes historias les presentamos a continuación la “Leyenda del Canímar”. 
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"En el lejano mundo de la Europa católica, era el año 1460. Y en la isla de Cuba, sin calendario alguno, era el mismo año. Hacia el oeste de la Isla vivía el gran cacique Baguanao en el rico poblado de Yucayo, las orillas de la bahía de su mismo nombre (hoy Matanzas), donde morían los tres ríos grandes y el pequeño: el río Babonao (hoy Yumurí), el Guainey (hoy San Juan), el Jibacabuya (hoy Canímar) y el pequeño río Güeybaque (hoy Buey-Vaca).

El cacique Baguanao estaba triste, su hijo Caburní hacía poco que había muerto. Ahora solamente le quedaban el travieso Yumurí de diez años y la bella Cibayara de quince. Y lo peor era que su mujer: Acanaguaya, no sabía olvidar a su hijo Caburní, el mejor guerrero y pescador de Yucayo. Pero el mar estaba celoso de los diecisiete años de Caburní engrandecidos por su habilidad de guerrero y pescador, y lo hizo caer en sus manos de agua y lo escondió para siempre…

Acanaguaya molía maíz ayudada por su hija Cibayara. Hablaban de la visita de Camují, el famoso guerrero del valle de Babonao (hoy Yumurí) y consejero del cacique Guananey. 


Valle de Yumurí 

Camují había sido curado de las fiebres que matan, por le behique (sacerdote) Macaorí, esto lo oyeron de boca de Baguanao cuando se fue Camují. Y supieron más: que Camují tuvo que entregar al Dios Murciélago, por mandato del behique Macaorí, todas sus hachas finas, sus puñales, la lanza preferida, vasijas decoradas, y hasta el dujo que le había regalado, contra toda costumbre, el cacique Guananey, y que tenía en su bohío para asombro de todos, pues los dujos solo lo usaban los caciques. 

Y para entregar todas esas riquezas al Dios Murciélago, fue Camují hasta el centro del río Jibacabuya (hoy Canímar) y echó todo al río, porque el Jibacabuya es la boca donde recibe ofrendas el Dios Murciélago, según explica siempre el behique Macaorí.


Desembocadura del río Canímar 

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Desde las alturas de Guarabaibo (hoy la Cumbre) miraba Canimao hacia su pueblo. Allí estaba Yucayo junto a la desembocadura del Guainey (donde hoy está la plaza de la Vigía, con el teatro Sauto, La Audiencia, etc.) y sus ojos buscaron un bohío, el de su amada Cibayara… Después sus ojos miraron más lejos, hacia la altura de Dabonico (hoy Monserrate) y volvieron hacia Yucayo, donde sabía que Cibayara estaría esperando por él. Y Canimao se sintió feliz, había cazado tres grandes jutías, dos las llevaría como regalo al cacique Baguanao, y otra su madre viuda, su querida madrecita Manaobara.

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Manaobara le entregó a su hijo Canimao, una taza de caracol con el sabroso telenque (hoy romero cimarrón, con el que se hace un cocimiento que se bebe como té o café). 

Canimao saboreó lentamente el telenque bajo la amorosa mirada de su madre. El pensaba que cuando se casara con Cibayara, lo que sería dentro de poco, ella sería entonces quien le daría el delicioso telenque. 

Nadie sabía cómo había empezado aquello. En la hamaca estaba desde hacía tres días Cibayara… Quemaba la carne de Cibayara, todo su cuerpo estaba mordido por la fiebre que mata. 

Nadie sabía cómo curarla. Baguanao tenía una máscara de piedra delante de su desesperación. Y Acanaguaya guardaba en su silencio el temor de que los dioses quisieran llevarse a su hija donde estaba su perdido Caburní. 

Cuando llegó Canimao, el cacique Baguanao le encargó fuera hasta la orilla del río Jibacabuya (hoy Canímar) donde vivía Macaorí y lo trajera. Y Baguanao le ordenó que tomara la canoa de veinte hombres, era necesario que el behique llegara pronto.

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Para asombro de Canimao, el behique Macaorí lo estaba esperando. Allí, en lo alto de la loma que vigila al río Jibacabuya (hoy la loma a la derecha junto al gran puente de la Vía Blanca) estaba el bohío de Macaorí, y él en su puerta.

Los acompañantes de Canimao se habían quedado junto a la canoa.

Canimao estaba solo con el behique (sacerdote). Y entonces supo que su amada Cibayara se salvaría y que sería su esposa… Pero tendría que pagar por todo esto al Dios Murciélago… Y Canimao juró ante la imagen de barro del Dios Murciélago, que daría lo que le pidiera por la vida y la salud de Cibayara.

Y Cibayara volvió reír, volvió a ser como una flor para los ojos de Canimao…

El behique Macaorí había curado, por orden del Dios Murciélago, como él declaró al gran cacique Baguanao, a Cibayara porque de ella tenía que nacer un hombre que haría dormir hecha piedra a una mujer que mataba por amor…Esa mujer del mal amor, ya estaba en el vientre de una esposa… Y Macaorí no dijo más y se marchó. 

Y el corazón maternal de Acanaguaya, era un beso a los pies del Dios Murciélago. 

Representacion de un murcielago, tayado en piedra. Foto de Julio Larramendi. 


Era feliz Canimao, y era feliz su mujer Cibayara… El bohío, que parecía empinarse entre los ramajes para echarse en sombra amiga al agua del río Guainey, era una campana con voces de silencio para pregonar el amor de Canimao y Cibayara…

Cibayara tenía una semilla de hombre, desde hacía tres meses, en la carne… El amor de Canimao la sembró…

Y Canimao le decía: será un hijo, ya lo anunció el behique… Un hijo que será honra para ti y para mí… Y los dos soñaban envueltos de amor…

Y Canimao solo en su canoa volvió donde el behique Macaorí, tenía que pagar al Dios Murciélago por la vida de Cibayara…

Él sabía, desde antes de su boda, el alto precio… Por saberlo, huyó de su casa tan pronto llegó la noche, aprovechando el sueño de Cibayara para no decirle adiós…

La luna subía, subía… Ya estaba tan alta que teñía con plata de escamas vivas todo el río Jibacabuya…

Una canoa pequeña llegó al centro del río. De pie en ella estaba solo Canimao… Lentamente se levantó una mano armada de un puñal… Canimao, con el pecho abierto a la muerte, cayó al río…

Cibayara, ya tiene un niño…

Cibayara, lleva todas las lunas grandes, ofrendas al río Jibacabuya, que ahora ella, y todos, llaman el río de Canimao…

Y el río Canimao, por falsa interpretación de los colonizadores, se convirtió en el río Canímar que todos conocemos; al igual que el pequeño río Güeybaque se transformó en el actual Buey-Vaca..." 





NOTA: El único dato nuevo que se agrega a esta “Leyenda del Canímar”, es el paréntesis donde se explica, en relación a la actualidad, el lugar en que estaba situado el bohío del behique Macaorí.


Fuentes
- Alvarado, Américo (1960). 7 leyendas matanceras. Semanario Vanguardia. Matanzas.


 

martes, 27 de diciembre de 2016

El Primer Invierno- Matanzas, diciembre 1693


Es oficialmente inverno en el hemisferio norte y no dejamos de imaginar aquel primer diciembre en 1693, cuando comenzaron a vivir en tierras matanceras familias de inmigrantes procedentes de las Islas Canarias.

Varias familias fueron traídas, por orden del rey Carlos II a Cuba en 1689 para fomentar una villa entre ríos, al fondo de la bahía de Matanzas. La construcción de su iglesia trajo cierta seriedad al proyecto y la construcción del castillo de San Severino, con sus cañones, debía proteger la población, el comercio de la villa y la retaguardia de este crucial limite habanero.

Comarca matancera vista en un plano francés del siglo XVII.
Bibliothèque nationale de France, département Cartes et plans, GE SH 18 PF 144 DIV 7 P 1.
Autor: Pierre Lebret de Flacourt.

Ese primer invierno fue sin duda arduo y laborioso. La comarca se había fundado solo dos meses antes, apenas tiempo suficiente para que aquellas familias adquirieran algún tipo de comodidad en una tierra extranjera; sus casas seguro incompletas y expuesta a la merced de los elementos.

Cuenta José Mauricio Quintero, historiador matancero del siglo XIX, que “fabricaron sus casas de guano y con un barro amarillo y de muy bajo puntal, con horcones de madera dura y forradas de cañas de castilla...” (Quintero, 1878:16-17). En la zona habían numerosos bosques cuyas maderas sirvieron para erigir aquellas primeras viviendas. Las cañas, entre los arboles maderables y suelos arcillosos, comprendían la lista de materiales disponibles para aquellas primitivas construcciones. 

Aspecto idealizado de la joven ciudad de Matanzas plasmada en un plano de P. Le Courtois, en 1701.
Bibliothèque Nationale de France, département Cartes et plans, GE SH 18 PF 144 DIV 7 P 2 D

¿Habrán pasado frío en aquellas construcciones primitivas y rusticas?

Seguramente. Los inviernos del hemisferio norte fueron anormalmente fríos entre 1630 y 1760, durante un estadio que se conoce como “La Pequeña Edad de Hielo”. Los archivos climáticos e investigaciones en estos respectivos campos, como los de modelaje de clima basado en la variación de elementos biológicos, atmosféricos y meteorológicos, indican tres períodos críticos: uno de ellos desde 1650 hasta comienzos de 1700; justo cuando se funda la comarca. Estas temperaturas más frías no solo trajeron mareas más bajas en la bahía y noches mas frías, sino que también trajo aridez, afectando la vegetación, caza y pesca; todos vitales al sostén y el desarrollo de la naciente ciudad de Matanzas. 


Pero entonces, como ahora, la vida del emigrante fue dura y compleja. Todo lejano, a 150 años de convertirse aquella comarca en la pomposa Atenas de Cuba, reluciente en el siglo XIX.  

Gracias a tantos que la aman, Matanzas hoy se despierta y renace desde sus ruinas, contándonos un pasado riquísimo en historia. Debemos escucharla con todos los sentidos, proteger cada piedra, cada rincón, para no perdernos nada de tan rico patrimonio.


Vista de Matanzas desde La Cumbre. Grabado de mediados del siglo XIX.

Fuentes

Quintero y Almayda, J. M. (1878). Apuntes para la Historia de la Isla de Cuba con Relación a la Ciudad de Matanzas. Imprenta El Ferro-carril, Matanzas.