lunes, 3 de agosto de 2020

Epidemias de Fiebre Amarilla en Matanzas durante el siglo XIX

La historia de Cuba contiene relevantes ejemplos de brotes epidémicos que resaltan por su singularidad – algunos propiciados por el clima, la higiene, la inmigración y el exiguo avance médico. A través del siglo XVI y XVIII se reportaron recurrentes brotes de viruela, varios tipos de “fiebres”, malaria, tifus, lepra, sífilis, tuberculosis y sarampión, que afectaron a miles de personas en todo el archipiélago. Entre las epidemias que más se destacaron por su contagio y mortandad se encuentran la de la fiebre amarilla, la cual ya se conocía desde la antigüedad, en las escrituras de Pausarías, Plinio y Aristóteles. Los primeros colonizadores la experimentaron, dejando recuentos de sus estragos – esta aparece mencionada en las Décadas de Herrera (1601) y la Nueva Historia de Bernal Diaz del Castillo (1632).

La fiebre amarilla fuertemente afectó a la población general de la isla a través de la época colonial, particularmente durante la segunda mitad del siglo XIX. Los documentos de esta época atestiguan a la periódica aflicción de los brotes de fiebre amarilla sobre todas las clases sociales, especialmente a los habitantes rurales y los esclavos. La fiebre amarilla, juntamente con la viruela fueron las de mayor incidencia, seguidas por lepra y la tuberculosis o “fiebre ética” y la malaria. El efecto de enfermedades impulsarían hacia un significativo avance en el cuidado y aseo público, limpieza de carnicerías, mataderos, de las zanjas y los hospitales. Además, llamaba a la necesidad de médicos especializados o una institución que permitiera la educación y formación de futuros galenos en la isla.

En esta breve nota se hace un acercamiento a las epidemias de fiebre amarilla que afectaron particularmente a la región matancera y habanera vista desde los documentos históricos. Con este fin se extrajeron datos de la historiografía nacional e internacional, nutridos por documentos inéditos del Archivo Histórico Nacional de España (AHN), Archivo General de Indias (AGI), Archivo Nacional de Cuba (ANC) y el Archivo Histórico Provincial de la ciudad de Matanzas (AHPM). Estos documentos nos abren una ventana por donde acceder a los efectos y respuestas de la población ante el dantesco prospecto de las epidemias.

Brotes de fiebre amarilla se registraron a través de todo el siglo XIX en Cuba. Esta se llegó a conocer por los nombres de “fiebres endémicas” o “vómito negro” que afectaron y se extendieron por todo el archipiélago. La fiebre amarilla es una infección de flaviovirus trasmitida por la picadura de un mosquito infectado. El principal vector es el mosquito Aedes aegypti, pero otros pueden también transmitir la enfermedad. La infección causa náuseas, fiebre y jaquecas. Al afectar al hígado, provoca una coloración amarilla en la piel, característica del contagio.

Estos brotes epidémicos afectaron todas las esferas de la vida social, el crecimiento demográfico, inmigración, los sectores de la salud y la economía; cobrando millares de víctimas que decimaban la población de la isla y los sectores laborales. Al respecto, el historiador Pezuela refirió, que la fiebre amarilla y otros achaques que afectaban a la población eran “…engendrados en los bosques e inmundos pavimentos de nuestras calles…”.

Aludiendo que su persistencia era auspiciada por la existencia de extensos bosques vírgenes y la poca higiene de las calles y en las ciudades. En un memorial a la Junta de Fomento en 1845, el gobernador O’Donnell refirió que Cuba – como los demás países tropicales – estaban en desventaja del clima y la atención higiénica del momento: “…la insalubridad del clima es cada día menos intensa a medida que el descuajo de los montes progresa (…) sin precauciones, ni protectora inspección de nadie…”; señalando los problemas de higiene e inmigración como importantes focos de trasmisión:

“…las enfermedades endémicas [refiriéndose a la fiebre amarilla] que aflige entre nosotros (…) y que en realidad puede, en la mayor parte de las vías – evitarse, bien por un método higiénico…”, entre los que sugirió la cuarentena y el aislamiento de barcos recién arribados hacia “…puertos distantes del litoral…”.

Antes de esas fechas ya se tienen noticias de fiebre amarilla en La Habana, como el severo brote de 1794, que cobró 900 de 1700 foráneos recién llegados a la isla. Entre los infectados que perecieron había militares y marineros de la Armada de Varela Ulloa que llegaron desde Cádiz. El mismo capitán Ulloa falleció a causa de la enfermedad.

Otro terrible brote ocurrió en 1819, convirtiendo a la ciudad de La Habana en un temible foco de dispersión. El erudito doctor Tomás Romay, informó a la Junta de Fomento que a causa de un desproporcionado aumento poblacional en la ciudad había propiciado “…los estragos que hacen las enfermedades en los forasteros…”, apuntando a la población inmigrante como la más afectada a las enfermedades del trópico por no estar acostumbrada a ellas. Entre los inmigrantes afectados estaban los canarios e irlandeses, lo cual afectó a su vez, las construcciones de líneas férreas – en las que se empleaban estos inmigrantes junto a los chinos “coolies” y los esclavos de descendencia africana. De igual manera, las epidemias afectaron más a la población esclava y pobre que a la blanca pudiente.

El Dr. Romay fue un gran impulsor de la salud pública y el tratado de epidemias. A comienzos del siglo XIX impulsó la vacuna contra la viruela – descubierta en 1798 -, inoculando a sus pequeños hijos primero, como ejemplo a la población. Sus esfuerzos en los sectores de la medicina y salud ayudaron a reducir la infección de viruelas en la isla para 1804. Como alivio a la epidemia de fiebre amarilla en ciudad de La Habana, Romay instruía que se debía “…orientar a la conducción directa de los colonos blancos [no infectados] a los puertos de Matanzas, Nuevitas, Santiago y Trinidad…” y así aislarlos de las condiciones en la capital. La villa de Guanabacoa, que había servido de asilo, ya no se consideraba segura contra la epidemia. Si embargo, esto no haría más que extender la epidemia extramuros, como en efectivo ocurrió.

Pero los esfuerzos de Romay no se hicieron sentir por igual en toda la isla. Las zonas rurales y más apartadas fueron las más afectadas. Por lo general, los hospitales ofrecían mucho mejor cuidado, y en muchos de los casos, las personas no sufrían los efectos de la enfermedad dos veces. De los 1221 casos que se trataron en el Hospital de la Marina de La Habana, entre 1829 y 1831, solo 57 fallecieron – lo que correspondió a un 4.7 % de la población en esos años. En cambio, los hospitales civiles presentaron niveles de mortalidad que oscilaron entre el 9 y 56%. Los mayores grados de mortandad se registraron en la ciudad de Villaclara, Isla de Pinos, Sagua la Grande, y Santiago de las Vegas, las cuales presentaron entre 41 y 56 % de mortalidad.

La fiebre amarilla tuvo efectos devastadores en las poblaciones de la ciudad de Matanzas, al igual que en sus zonas rurales, causando en ambos calamidad y miseria. A pesar de que Matanzas durante el siglo XIX se consideró una zona saludable - y en muchos casos recomendada como retiro de recuperación para pacientes de enfermedades respiratorias y otras aflicciones - la presencia de sus bosques y cuerpos de agua creaban el hábitat ideal para los mosquitos trasmisores de la fiebre amarilla. Su proximidad a ciénagas y pantanos que circundaban la ciudad la hacia vulnerable, y por ello, la población padecía en ocasiones de “…asmas y fiebres intermitentes…”. Algunos viajeros visitantes a la isla y a la región matancera, como Abiel Abbott en 1828, notaron la importancia de los lugares insalubres que atraían, como la fiebre, el dengue y el cólera. En ese sentido, la gobernatura matancera, desde el arribo de Juan de Tirry y Lacy, se disponía en reducir los “…terrenos cenagosos que yacen infectos a orilla de los ríos (…) y cuyas desecaciones interesan tanto a la salud de sus vecinos…”. El clima fue igualmente un factor determinante. En ocasiones, los brotes seguían momentos de severa sequía o torrenciales aguaceros, como fue un caso en marzo de 1850.

Los documentos amontonados del Registro Civil del Juzgado Municipal de Matanzas, el Hospital de Caridad San Nicolás, Santa Isabel, Secretaría de la Junta Subalterna de Sanidad de Matanzas, y las oficinas de doctores privados proveen extenso registro de las defunciones acaecidas en la ciudad. Entre los médicos que aparecen registrados en las actas se encuentran Francisco R. Ansorana (¿?), Francisco Casals, José Carbonell y Manuel Zambrana y Navia.

Uno de los brotes que figura pronunciadamente en la documentación fue el de la década de los 1870s y 1880s. Las actas de defunciones registraron el fallecimiento de personas de todas las edades. Entre los difuntos se encontraron también extranjeros e inmigrantes. El 24 de julio de 1878, el galeno Casals registró la defunción de Franklin Shute de 48 años, quien era capitán del buque norteamericano “J. H. Lane”. Su cuerpo fue inhumado en la ciudad con un barril de ron – según había deseado el fallecido -, para después ser trasladado a los Estados Unidos.

Acta de defunción de Franklin Shute, norteamericano fallecido en Matanzas por fiebre amarilla. Acta firmada por el Dr. Juan Casals en 1878. (cortesía del autor).


Otro sería Josefa Reyes y Rodríguez, viuda de 96 años, procedente de Canarias – registrada por el Doctor Zambrana el 9 de diciembre de 1886.

Acta de defunción de Josefa Reyes y Rodríguez, viuda de 96 años, fallecida en Matanzas por fiebre amarilla. Acta firmada por el Dr. Manuel Zambrana, en 1886 (cortesía del autor).


Entre el 31 de marzo de 1859 y el 30 de junio de ese mismo año, el Hospital de Caridad de San Nicolás reportó 21 y 62 enfermos de fiebre amarilla y solo cinco muertos, en esos años respectivamente. Entre el primero de mayo de 1861 y el primero de septiembre de 1862, el Hospital Militar de Matanzas reconoció un total de 262 pacientes recuperados de fiebre amarilla, 242 fallecidos, y 20 aún enfermos. El año anterior se habían tratado un total de 148 pacientes.

No fue hasta 1881 que el eminente científico cubano Carlos J. Finlay identificó al mosquito como el principal vector de la fiebre amarilla – siendo el primero en hacerlo ante la Academia de Ciencias de Cuba el 14 de agosto de ese año. Finlay se interesó por la fiebre amarilla desde 1858. Su sabiduría lo llevo a realizar importantes descubrimientos bacteriológicos sobre el cólera morbo asiático en 1865, que precedieron los del mismo Koch y otros científicos importantes de su época.

En 1884 expuso y defendió su trabajo titulado “Fiebre amarilla experimental comparada…” a la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana. Sus investigaciones en los campos de la bacteriología y la epidemiología se extendieron hasta su muerte en 1915. Su importante descubrimiento sobre la trasmisión de la fiebre amarilla ayudaría a Ronald Ross identificar al mosquito como el vector de la malaria – en 1898 – y en 1906, a Bancroft, de que también lo era del dengue. De esta manera, sus esfuerzos científicos llevaron a la erradicación casi total de la enfermedad en la isla en las primeras décadas del siglo XX, y luego en otras partes del mundo. Según los propios informes de C. J. Finlay, la fiebre amarilla fue erradicada de Cuba como enfermedad mortal desde 1907 – siendo Matanzas entre las primeras de la isla que quedó libre de ella.


Cita Recomendada

Orihuela, J. 2020. Epidemias de Fiebre Amarilla en Matanzas durante el siglo XIX. Librínsula: Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, No. 398 (Imaginarios): 1-7. 

Publicacion tomada de Librínsula: Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, No. 398 (Imaginarios). Accecible aqui


Bibliografía

Archivo Nacional de Cuba (ANC), el Fondo de la Junta Superior de Sanidad, el Fondo del Gobierno General.

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Alfonso, P. A. (1854). Memorias de un Matancero: Apuntes para la Historia de la Isla de Cuba. 
Imprenta Marsal: Matanzas.

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Betrán, J. L. (2006). Historia de las Epidemias en España y sus Colonias (1348-1919). Esfera de los Libros: Madrid.

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Finlay, C. J. (agosto 1908) “Government Activities: The Date of the last occurrence of yellow fever in Cuba by provincias” The Cuban Review, Vol. VI (9): 12.

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Marrero, L. (1980). Cuba: Economía y Sociedad (Vol. 8). Editorial Playor S. A.: Madrid.

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Pezuela, J. de la (1868-1878). Historia de la Isla de Cuba. Carlos Bailly-Bailliere:Madrid.

Saco, J. (1858). Colección de papeles científicos, históricos, políticos, y de otros ramos sobre la isla de Cuba. Imprenta de D’Aubusson y Kugelmann: Paris.

Vento Canosa, E. (2002). La Última Morada: Historia de los Cementerios en Matanzas. Ediciones Matanzas: Matanzas.



viernes, 5 de junio de 2020

Francisco Pérez: un ingeniero mulato y criollo en Cuba a finales del siglo XVII

Hoy queremos hablarles de un personaje importante en la historia de Matanzas, pero del cual se conoce poco. Aquí les presentamos una breve, pero gustosamente documentada biografía que nos permite un acercamiento a la larga y productiva carrera de este arquitecto militar cubano.

El boceto biográfico original aparece publicado en Librínsula, no. 396 de la revista de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, bajo el acápite de “Nombrar las Cosas” – disponible aquí. El documento completo, con todas las citas requeridas, esta disponible de gratis en ResearchGate y Academia.edu. 

Sin más preámbulo, aquí va una transcripción de la publicación:

["...Francisco Pérez fue un mulato libre, natural de Santiago de Cuba, con una larga trayectoria en la arquitectura militar cubana de finales del siglo XVII. A través de su carrera trabajó en las obras más importantes de la isla, y sirvió junto a múltiples arquitectos e ingenieros militares por casi medio siglo. Lamentablemente, de su vida se conocen pocos detalles.

Nacido esclavo, adquirió su libertad y llegó a La Habana en 1650 como mulato libre. En 1666 fue examinado y aprobado para la plaza de arquitecto por el arquitecto de las obras reales de Madrid, Juan Torisa. Desde finales de esa década trabajó como aprendiz y discípulo de Juan de Síscara Ibáñez, sirviéndole de administrador de las obras habaneras, como la muralla. Adquirió el título de “Maestro Mayor de Arquitecto y Alarife” con el favor real y el asentimiento de varios gobernadores a finales de 1679. Antes, había aspirado a puestos de “medidor de tierras” y agrimensor. Con este título trabajó en las murallas entre 1684 y 1690, bajo la tutela de Síscara. Confeccionó planos como el que realizó para el Colegio de la Compañía de Jesús.

Francisco Pérez jugó un papel especial en los proyectos de fortificación de la bahía de Matanzas. Colaboró con Síscara en los proyectos de los gobernadores Ledesma, Córdoba, Viana y Manzaneda, con quienes realizó varios viajes de inspección y sondeo de la bahía entre 1681 y 1690. Para el gobernador Viana, en 1687, había ayudado a terminar un baluarte de la muralla habanera y acudido a la bahía de Matanzas con 50 obreros y un cantero. Sobre el terreno que luego sería ciudad, abrieron una cantera y construyeron un horno de cal para comenzar las labores de fortificar la bahía; proyecto que quedó paralizado. En enero de 1690, acompañó al gobernador Severino de Manzaneda, ingeniero militar Juan de Síscara y el piloto práctico de costas, Francisco Romero, a realizar un detallado reconocimiento del terreno -como el Corral de Yumurí - y sondeo de la bahía, en pos de adelantar este proyecto. Francisco Pérez participó en las mediciones y otros sondeos del terreno en 1690, pero no en 1693, para cuando estuvo involucrado en las obras santiagueras.

Al morir Síscara Ibáñez en diciembre de 1690, regresó a Santiago de Cuba, donde trabajó como arquitecto de obras militares en el Castillo de la Roca de San Pedro. Allí, el gobernador de Santiago de Cuba, Juan de Villalobos, con cierto apoyo limitado de Severino de Manzaneda, advocaron para que se le honrara al “ingeniero pardo” con el título y plaza de ingeniero militar de la isla, la plaza vacante de Síscara. Villalobos estipuló al Rey que Pérez era un ingeniero “experimentado” y de “suficiencia”, sumándole una pisca del racismo discriminatorio común de la época al decir que “…aunque su color es pardo, las obras, modestia, capacidad y buenos procedimientos son muy blanco…”.

En 1691, Manzaneda había informado la muerte de Síscara e indicado la necesidad de un reemplazo con la mayor brevedad con el fin de dar comienzo a la fortificación de Matanzas, para el cual consideraba a Pérez apto: “y lo tengo por abil”. Pero a pesar del patrocinio, el 9 de junio de 1692, la Junta de Guerra decidió darle la plaza al sargento mayor Juan de Herrera y Sotomayor, quien llegó a La Habana a tomar posesión de su nuevo cargo el 30 de octubre de 1692.

Quizás en la decisión de la Junta influyeron algunos antiguos criterios. En 1675, bajo la gobernatura de Ledesma, el obispo Díaz Vara Calderón prohibió todo tipo de fiestas en la isla, y en especial, en la ciudad de La Habana. En una noche de vigilancia, a “una cuadra del cuerpo de guardia del gobernador, encontraron un baile muy concurrido o deshonesto en la casa de Francisco Pérez, mulato libre, que ordenaron cesara” inmediatamente. La real naturaleza de la fiesta no se recogio en el documento, pero fue sin duda fuente de algun escandalo. A finales de 1689, el gobernador Viana Hinojosa se había quejado de Pérez, diciendo de él que era “muy flemático”, “no sirve”, “y nada ahorrativo en las obras que hace”. Además, que consideraba su sueldo excesivo, sumando “que este fue esclavo y goza un sueldo tan considerado como es de mil 072 pesos anuales”. Manzaneda también creyó excesivo su sueldo en 1691, y pedía que se le rebajara una tercia parte, pero que se le diera la plaza de Síscara. La Junta acordó aprobarle la plaza que poseía y seguirle pagando su sueldo, pero no la posición de ingeniero militar de la isla por ya tener nombrado un ingeniero.

En 1695, Francisco Pérez suplicaba que se le pagara el sueldo que se le debía por los cinco años desde que había comenzado a trabajar en el Morro de Santiago, informando que para entonces había cumplido 48 años de servicios, de los cuales 32 habían sido a salario y 16 a sueldo. No sería hasta 1697 que se ordenara pagársele los atrasos.

Desde mediados del siglo XVII venía creciendo una importante incorporación de criollos en puestos eclesiásticos y militares - los más elevados de la pirámide social de Cuba colonial. Pero esto no fue sin resistencia de la metrópolis y peninsulares. Como ejemplo en 1660, el comisionado general de Indias, Andrés de Guadalupe, le comentaba insultado al Rey sobre la petición de Gabriel Díaz Baza Calderón, obispo de Santiago de Cuba, de que se les permitiese a los criollos alcanzar el título de sacerdotes.

Francisco Pérez, el criollo ingeniero pardo, falleció en la ciudad de Santiago de Cuba en 1710 sin mayor título. Quizás más que su mestizaje, sueldo o anfitrión de exuberantes fiestas exóticas, fue ser criollo lo que le impidió alcanzar la plaza de ingeniero de la isla, una plaza, que entonces, como casi toda plaza militar o gubernamental de alto nivel, era reservada solo para peninsulares..."]


Cita recomendada: 

Orihuela León, J. (junio 2020). Francisco Pérez: El ingeniero pardo y criollo. Librínsula: Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, no. 396: 1-4 (Nombrar las Cosas). 





lunes, 1 de junio de 2020

La búsqueda del mítico Yucayo a través de la arqueología matancera

Memorias de la Ciudad, publicación mensual de la Filial de Cárdenas y la Oficina del Conservador de Matanzas, nos acaba de publicar en su más reciente número (junio 2020, no. 24), un breve resumen de unos de los capítulos que integran nuestra nueva obra “Matanza de Yucayo: Historia y Mito”. Nuestros análisis – después de casi una década de intensa investigación - estarán muy pronto disponibles a través de la editorial Aspha (Buenos Aires, Argentina: ISBN-9789873851278).

En ella, se presenta un minucioso análisis y evaluación de fuentes documentales que recogen la famosa “matanza de Yucayo”, que supuestamente tuvo lugar en una bahía llamada “Guanima”; siendo este uno de los presuntos hechos más singulares ocurridos entre indocubanos e hispanos antes de la conquista de Cuba, comenzada en 1511 y, considerado por algunos, como el primer indicio de rebeldía aborigen contra las huestes conquistadoras.

Según cuenta la tradición, náufragos españoles fueron asesinados por los nativos de un poblado nombrado “Yucayo” y que a razón de esa “matanza”, quedó establecido el nombre de la región que hoy comprende la provincia, municipio y bahía de Matanzas. Sin embargo, con los documentos que se cuentan hasta el momento no se puede asegurar científicamente la ocurrencia de los eventos en la zona, ni siquiera el nombre de la aldea o la correspondencia de “Guanima” con la bahía de Matanzas, a pesar de estar cartográficamente asociadas desde la segunda década del siglo XVI.  Luego, en el siglo XIX, varios historiadores establecieron estas suposiciones con cuestionable o muy poca evidencia documental.

La “matanza de Yucayo” constituye ciertamente un acontecimiento histórico controvertido. Ya desde el siglo XIX se consideraba por algunos investigadores como escasamente verídico. Otros la defienden hoy a capa y espada. Nosotros proponemos que, de ambas maneras, el relato contiene matices de eventos históricos que pueden ser verificables. No obstante, después de una larga argumentación, nuestras conclusiones implican un reajuste importante en varios aspectos de esta historia local, la que por casi doscientos años se ha venido repitiendo de manera irrefutada y alcanzando tonos profundamente cimentados en la identidad de los matanceros.

Uno de estos ha sido, ya desde el siglo XIX, la sobreimposición del “Yucayo” en la ciudad de Matanzas. ¿Pero qué evidencia arqueológica existe que refute o reafirme esta hipótesis? Esa ha sido la pregunta básica que analizamos en el Capítulo 6 de nuestro próximo libro, presentado hoy, brevemente, en las Memorias de la Ciudad.

Espero que lo disfruten e inciten la curiosidad por una de nuestras más antiguas historias, considerada  por algunos como leyenda.

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