sábado, 16 de mayo de 2020

La gran epidemia de Cólera en Matanzas del siglo XIX

La revista digital de la Biblioteca Nacional de Cuba “José Martí” – Librínsula – acaba de publicar su número 395 en cuyas páginas se incluye un importante aporte a la historia de las epidemias en la isla. Particularmente, se aporta una colección de nuevos documentos y bibliografías que permiten un detallado acercamiento – desde los mismos documentos de la biblioteca – a la epidemia del cólera durante el siglo XIX en Cuba. Me enorgullece haber podido contribuir con un breve artículo sobre el efecto de esta virulenta epidemia en la ciudad de Matanzas. Aquí les comparto el enlace para los curiosos y lectores interesados en nuestra historia común. Véase el acápite titulado “Imaginario” – aquí. No se lo pierdan.

Para cumplir con nuestro ideal de llevar las noticias del mundo académico al alcance de todos, aquí compartimos fragmentos de ese artículo. Para la citaciones pertinentes y material utilizado, véase el articulo original.

"[ El cólera o cólera morbo asiático

Varias epidemias de cólera ocurrieron en Cuba durante todo el siglo XIX. El brote más devastador y fatídico fue el de 1833, para la que se estiman varias docenas de millares de defunciones a través de la isla. La contabilidad exacta es todavía desconocida. El cólera —también conocido en la época como cólera morbo o cólera morbo asiático— es causado por la bacteria Vibrio chlorae que habita en agua contaminada, aguas cloacales, insalubres y carne de pescado sin cocer. La infección del bacilo o vibrión colérico tiende a concentrarse en el intestino delgado, causando emesis severa, diarrea, espasmos musculares, fiebre y deshidratación. La infección produce una decoloración azulosa o cianótica característica en la piel del enfermo.

Hubo brotes epidemiales de cólera en los años de 1821-1823, 1830-1835, 1854, 1863, y 1882-1886. La más famosa y de mayor mortandad fue la del 33’. La epidemia se desató en el norte de África hacia 1819, desde donde se esparció por Europa causando estragos allí en 1830. De Europa llegó a Norteamérica un par de años después (1832), desde donde pasaría a Cuba. Para ese año, se publicaba en La Habana “Dos Memorias Acerca de la Epidemia Impropiamente llamada Cólera-Morbo”, traducidas al español por José de la Luz y Caballero, de un tratado alemán de la autoría de Blumenthal y Rathke. Con su publicación la gobernatura de Cuba tenía la intención de dar a conocer de antemano la epidemia que se esparcía por el planeta. En la obra se apuntaba, además, medidas que se debían tomar para ahuyentarla.


El cólera no se manifestó en La Habana hasta principios de 1833. Para febrero, ya había llamado la atención y se discutía en la Junta de Sanidad, según quedó registrado en sus actas. Las noticias llegaron pronto a la metrópoli. El primer caso había sido un enfermo de San Lázaro, el cual se vio afectado por la enfermedad el 25 de febrero. Otros afirman que fue el Dr. Manuel Piedra quien detectó el primer caso entre los esclavos del cafetal Santa Teresa, del propietario Francisco Calderón. El Diario Extraordinario de La Habana anotó para marzo la precaria situación en la ciudad, donde se acumulaban los cadáveres y el número de afectados. En julio, el secretario del Gobierno General, M. Díaz de la Quintana, reportó para la prensa del momento el “carácter epidémico” de la situación y propuso una cuarentena. Según Quintana, era preciso “…poner en vigor todas las reglas de preocu- pación contra una funesta epidemia y adoptar cuantas medidas sanitarias…” fueran necesarias. Se imponía a la población una estricta vigilancia de los depósitos de víveres “…de toda clase y los mercados públicos…”. Se le prestaría especial atención a la limpieza de los “…conductos de agua, pozos inmundos, sumideros y alcantarillas…” más los desechos animales, carnicerías, pescaderías y demás, para ahuyentar la putrefacción. Se ordenaba inspeccionar los buques recién arribados al puerto, especialmente los procedentes del Mediterráneo y Norte de Europa: “…los buques que por sus circunstancias no deban ser admitidos (…) pasaran a un lazareto a cumplir cuarentena en el cayo – ‘Duam’ en Santiago de Cuba…”. 

Para expurgar las mercancías se habían instalado pontones sanitarios. Ya en 1832, basados en la experiencia de la epidemia en Europa, Blumenthal y Rathke habían sugerido fumigar las mercancías y los buques “…con la incomunicación más estricta…” y los rigores de las “…leyes de cuarentena…”. Una fuerte cuarentena, seguida con rigor militar, fue impuesta desde el 9 de enero hasta el 19, como medida sanitaria. 

Según Saco, en la ciudad de La Habana el cólera cobró 8615 muertes, o un 7.1% en una población de 120,000 habitantes. De los afectados, el 68% fue la población de descendencia africana. En el ingenio Aldama murieron más de 700 esclavos. Según Pezuela, el cólera cobraría unas 30,000 víctimas en toda la isla, de los que 20,000 eran esclavos. Una comisión de académicos de la Universidad de La Habana, años después, apuntaron sobre el efecto de esta epidemia sobre la clase esclava que por "…cuantos poseen en Cuba esclavos hubieron podido libertarlos del terrible azote de las epidemias que desde 1833 se han domiciliado en esta isla…" Resulta curioso que el Diario de la Marina del 3 de diciembre de 1833 no hace alusión a ningún caso significativo en la Salud Pública. De todos los otros brotes de cólera en Cuba, solo la de 1853 alcanzaría una mortandad similar.

A finales de marzo llegó el cólera a la ciudad de Matanzas. El resultado fue devastador. José A. Saco llegó a considerar que ninguna ciudad en Cuba había “…sufrido tantos estragos como Matanzas…”. Según el historiador matancero Pedro A. Alfonso, esta epidemia causó “…horrorosos estragos…” en la población de la ciudad, y el triple o más en la población rural. Los más afectados fueron las clases pobres y esclavas. A pesar de los esfuerzos sanitarios del gobernador Francisco Narváez de Bórdese, la epidemia se propagó rápidamente, resultando en más de 3000 defunciones en menos de tres meses, aunque el número exacto se desconoce. De los libros de entierros se registraron solo 1920 fallecidos, pero se estima que en la mayoría de los casos —en especial las defunciones en la población esclava y pobre— no quedó constancia o registro fideningno. Entre los meses de mayo y junio el número de inhumaciones al día llego alcanzar entre veinte y veinticinco. La cantidad de víctimas cobradas por el cólera en la ciudad sobrepasó la capacidad del camposanto, obligando a inhumar en cementerios improvisados. Uno de estos, localizado hacia las afueras de la ciudad, llegó a conocerse como “del cólera” o de los “coléricos”. Excavaciones en las casas localizadas en esas manzanas aún producen osamentas y artefactos de aquellos entierros.


El estado de algunos enfermos empeoró por la venta de farmacéuticos falsos que prometían “preservar” contra la epidemia. Algunos apotecarios y farmaceutas vendieron al público medicinas que no estaban comprobadas. El tribunal de Protomedicato incurrió justicia "…para cortar los abusos de algunos farmacéuticos en la venta de un empasto llamado preservativo contra el cólera morbo…"

En marzo de 1834 se publicó en Cádiz el tratado del doctor Ramón de Coloma y Garcés titulado “Cólera-Morbo Epidémico” basado en las observaciones realizadas en las ciudades de La Habana y Matanzas durante la epidemia. Coloma había sido médico del Hospital Militar y el Hospital de la Caridad en la ciudad de Matanzas, y trató pacientes cuando la epidemia causó estragos en la ciudad. Esto le permitió ser testigo de primera mano del cólera en Matanzas.

Según Coloma, la ciudad había gozado de “…la más completa salud…” desde noviembre de 1832. Los primeros enfermos de cólera en Matanzas se descubrieron entre el 20 y el 25 de marzo; a casi un mes después que en La Habana. La enfermedad se esparcio rápidamente por la ciudad, y para el 28 de marzo ya había invadido el centro. Abril fue funesto, porque comenzaron también a enfermarse los galenos que atendían a la población. Entre el 4 y el 11 de abril, un nuevo brote recaló sobre la población. Hacia mediados de mayo “…empezó a calmar su furia [el cólera], presentándose entonces algunos casos de fiebre amarilla…”; enfermos que luego comenzaron a presentar síntomas del cólera. A estos, se les aplicaban sulfatos de quinina como tratamiento, y en la ciudad de enforzaban rigurosas leyes sanitarias de “…incomunicación y aislamiento…”

El tratamiento de los médicos estaba dividido en bandos de diferentes opiniones. En una ocasión, un inglés, al que Coloma no nombra, proponía como tratamiento hacer lavados intestinales creyendo que allí se alojaba la enfermedad. Algunos postularon que ya desde 1832 se había registrado casos, y que los del 1833 no fueron más que el seguimiento de la misma pandemia. Coloma había escrito un artículo en el periódico de La Aurora de Matanzas donde debatía que, aunque los enfermos presentaban fiebres y vómitos similares, no portaban la piel azul o cianosis característica del cólera. Aquellos primeros contagiados fueron, según el Dr. Coloma, “…gentes infelices…” del barrio de Yumurí. Coloma, como mucho de los médicos de la época, consideraban que la enfermedad emanaba de los barrios indigentes, creando el “foco” epidémico, desde donde “…los cuartos poco ventilados…” despedían “…un hedor bien repugnante…”.

Coloma y otros médicos consideraban que la topografía de la ciudad contribuía al fomento de la enfermedad, por estar rodeada de montañas, ciénagas y pantanos cercanos a la población: “…cuyas márgenes se hallan inundadas de pantanos y ciénagas…”. Por ello, muchas de las familias pudientes huyenron a los aires más limpios del campo. Pero hasta allí también alcanzo el cólera.


La epidemia perduraría – aunque mermando con casos aislados – hasta por lo menos 1836. Los casos de las décadas consecutivas – con excepción de la del 1853-54, no fueron tan severos. El historiador Quintero recoge un brote en Matanzas que sucedió justo después de un torrencial aguacero el 30 de marzo de 1850. Este nuevo arribo del cólera en Matanzas fue declarado oficialmente el 19 de abril de ese año. Para finales de 1851, el gobernador de La Habana informaba a la Junta Superior de Sanidad de la Isla sobre nueva incidencia de cólera en la región, con casos demostrativos desde el mes de julio. Otros casos se reportarían en los años siguientes. En Matanzas, el doctor José de Carbonell informó al brigadier presidente de la Junta Subalterna de Sanidad de Matanzas para julio de 1853 sobre el estado y número de "…atacados por cólera morbo asiático y muertos de este mal, según parte de los facultativos, en esta ciudad y sus barrios extra-puentes y comparación de las defunciones…" con otras de años anteriores. Estas estadísticas demostraban que, de un total de cincuenta contagiados de cólera, registrados entre julio 5 al 26 de 1853, dieciocho habían muerto mientras que 122 fueron enterrados en el “Cementerio General”. Aunque no se explica esta discrepancia entre estas dos entradas, se indica que en 1852 había habido 61 más. Las mayores defunciones habían ocurrido hacia finales del mes.

El cólera de estos años decimó, además de la población civil, a los soldados y forzados del castillo, la tropa y comerciantes que estaban de pasada en el puerto de las ciudades de Matanzas y La Habana. En Matanzas, los registros de los hospitales militares permiten una idea de las afectaciones causada a los militares entre 1834 y 1862. El 16 de septiembre de 1834, el gobernador y subdelegado de la Real Hacienda – José García – registraba la muerte del soldado de la sexta compañía del regimiento de in- fantería, Antonio Rus (quien había estado instalado en el Castillo de San Severino) en el hospital militar de la ciudad.

La cura del cólera vino con la identificación del vibrión colérico por el científico Robert Koch en 1883. Su erradicación práctica trajo medidas sanitarias vitales para la salud pública como el agua lim- pia y la higiene general – que también ayudaron restringir otras epidemias como la fiebre amarilla -, a lo que luego siguieron vacunas. Para finales del siglo, Cuba recibió apoyo científico y donativos para combatir ambas epidemias. En una ocasión el doctor Déclat, de Paris, donó “…una caja de cien frascos…” de medicinas, y varios artículos científicos sobre el avance médico en el campo de las epidemias y salud pública. Por lo general, los médicos y científicos cubanos estaban bien informados y al tanto del avance de la ciencia en el mundo.

En 1832, a casi un año antes de la devastadora epidemia de 1833, el sabio José de la Luz y Caballero reflexionó – casi proféticamente - sobre la posibilidad de un brote más severo en el futuro y lo que ello implicaría para la población:

"…y si nos sorprende a despecho de nuestra vigilancia? ¿Y si se introduce furtivamente en el seno de la patria, sembrando la desolación y la muerte en medio de nuestros hijos, de nuestras madres, de nuestras esposas?…"

Palabras que tienen similar resonancia con el estado de alerta en que vive el mundo actual con el Covid-19. ]"


Cita recomendada:

Orihuela León, J. (mayo 2020). Virulencia y mortandad: el cólera en Matanzas durante el siglo XIX. Librínsula: Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, 395: 11-18. 





jueves, 16 de abril de 2020

Dos nuevos casos de homicidios históricos en Matanzas

El estudio del crimen y violencia no son tema extensamente tratados por la historia clásica local de Matanzas. Aquí les queremos presentar un nuevo, aunque breve aporte, para el estudio de esta interesante – y mundana – faceta de la condición humana. La pieza que compartimos fue recientemente publicada en la revista de la Biblioteca Nacional de Cuba “José Martí”, Librínsula, la cual presentan una muy variada serie de artículos de índole histórica y documental.

Sin mas preámbulo:

"...Homicidios durante el período colonial en Matanzas: dos casos tempranos


Los documentos históricos recogen una amplia gama de asuntos referentes a la condición humana y la complejidad de la sociedad. En diversos casos, un solo documento puede tratar sobre múltiples temáticas, desde religión a piratería, economía hasta homicidio; pero todos permiten rescatar, aunque sea un efímero matiz de la complejidad social y aspectos de la vida en el pasado. En esta breve nota se discuten dos casos inéditos de homicidio en el entorno matancero. Estos anteceden al “primer caso de homicidio” documentado en la historia de la región. La información de estos documentos inéditos contribuyen al estudio del homicidio, la violencia y la justicia penal de la región matancera en los siglos XVII y XVIII.

Según la historiografía clásica local, el primer registro de homicidio de la ciudad fue el caso de José Quintana, en enero de 1778 —un caso calificado de pasional. El trinitario de “tierra-adentro”, José Jiménez de cuarenta años, había establecido una relación ilícita con la esposa de Quintana— Antonia de Usiga y Gálvez de veinticinco años. Jiménez, con planes de darle una mejor vida y llevársela “vuelta arriba”, asesinó brutalmente a Quintana.

El cuerpo de Quintana fue encontrado en el paso de Barroso, cerca de la hacienda del Conde de Gibacoa, en un espeso cañaveral al margen del río Cañas, en las afueras de la ciudad. José Antonio Martínez, hacendado local, descubrió el cadáver de Quintana parcialmente vestido en el agua. En la cabeza observó una fuerte contusión, una herida que le atravesaba el tórax y una roca muy pesada atada al cuello del cadáver que impedía que el cuerpo flotara en el río. El cuerpo aún preservaba un rosario de Jesús María al cuello. El cadáver fue examinado en la ciudad por el cirujano de batallón de milicias José Montoro, quien determinó que la herida del torso había sido realizada con un instrumento afilado y punzante.

Los amantes, Usiga y Jiménez, fueron capturados e interrogados. La pareja fue aprisionada en calabozos separados, en la batería de costa de San José de la Vigía; ambos con grilletes y al cepo. Sin experiencia de jurisprudencia, los caballeros Rodríguez y Castillo intentaron defender a los reos en los meses venideros. Sobre el proceso judicial procedió como juez Juan Gómez, alcalde ordinario de la ciudad. El proceso de interrogación llamó a testificar a varios vecinos y conocidos, todos cuyos testimonios fueron recogidos en las actas capitulares de la ciudad, luego extensamente relatado en la obra del Pedro A. Alfonso aquí citada.

Al final, Jiménez confesó al crimen, el cual dijo haber realizado el 12 de enero de 1778. Le había dado con una roca pesada en la cabeza a Quintana y luego atravesado el pecho con un machete. José Jiménez fue ejecutado en la horca el 4 de septiembre de 1778. Su cuerpo fue decapitado, y la cabeza exhibida al público en una estaca a la entrada del pueblo como ejemplo. En las palabras del historiador Alfonso, las acciones de Jiménez demostraron una crueldad y mutilación inaudita, cuya “sangre homicida manchase por primera vez el suelo matancero”.

Pero sin duda, este no sería el primer caso, o siquiera el primer caso registrado de homicidio o criminalidad en aquella región. Hay por lo menos dos ejemplos anteriores: uno en 1641 y otro de 1739. El del siglo XVII corresponde a Luis Martín de Casanova Maldonado, piloto del navío El Pájaro, quien murió de complicaciones de un balazo recibido en el puerto de Matanzas. Estando “herido de bala” redactó un testamento donde se destacan los detalles de este evento.

[...] En el paraje del puerto de Matanças, en la mar, en la urca San Nicolas de S. M. de la dicha urca es capitán don Jao. [abreviatura ilegible] de [ilegible], caballero de la orden de Calatrava

El testimonio fue recogido “en la dicha nao”, el 8 de abril de 1641, mientras se salía de la bahía de Matanzas. Los testigos redactores fueron Thomas Peláez como escribano y Pedro Martínez de Angulo, el capellán de la embarcación. “El piloto del navío El Pájaro dijo que por cuanto estaba herido de un balazo… su ánima y conciencia quería hacer una memoria de su testamento… estando [aún] en entero juicio…”. ¿Pero por qué no identificarse al culpable o los detalles de su situación? ¿Fue intencional el disparo o accidental? Lamentablemente, los documentos no ofrecen detalle alguno sobre los sucesos, o cómo fue que este piloto quedó en esta situación. Al parecer, Maldonado fue un piloto pudiente, pero muy endeudado. ¿Puedo esto también ser motivo? La muerte alcanzó a Maldonado en el mar, rumbo a La Habana, donde se notarizaron los documentos el 11 de abril de 1641.

Testamento de Luis Martin de Casanova, piloto del navío El Pájaro, herido de bala en el Puerto de Matanzas” Albacea: Juan de Alemán. Firmado el 8 de abril de 1641 en la Nao San Nicolas (Archivo General de Indias/Casa de Contratación, 403, N. 2).

El segundo novedoso ejemplo aparece recogido en las Actas Capitulares de la Ciudad de Matanzas, reunión del cabildo del 19 de mayo de 1739. En esta acta se recoge, de manera muy incidental, un homicidio ocurrido en la ciudad. Lorenzo Carvajal, quien era vecino de La Habana pedía merced del cabildo para que se le otorgara

[...] el solar que linda por una parte con Francisco Gómez, y por el fondo con Juan German, el cual dicho solar hubo por merced de SS a Esteban Benítez, el que abandono por el homicidio que hizo en esta ciudad…[sic].

De esta entrada queda claro que Esteban Benítez había abandonado el lote por un homicidio que había hecho en la misma ciudad. Pero los detalles de este homicidio igualmente quedaron fuera del registro y lejos ahora del rescate histórico. Evidentemente, estos dos casos anteceden el caso de 1778 y deja mucho que cuestionar sobre el registro criminal de la región, antes como después de la fundación de la ciudad.

Los tres casos representan ejemplos diferentes de homicidio, violencia o criminalidad. El de 1641 es un caso prefundacional, quizás relacionado con las actividades de comercio ilícito que se realizaban en la bahía de Matanzas. Pudiera aventurarse la hipótesis de que estas naos se encontrasen en trámites del comercio ilícito o tuvieron algún encuentro con un barco pirata. Y por eso, terminara Maldonado herido, a bordo de otra embarcación. ¿Por estar involucrado en la piratería condicionó a que no se mencionara nada oficial al respecto? Aunque estas son claras suposiciones, no sería muy descabellado suponerlo, dado que el rescate y el filibusterismo ocurrían con frecuencia y fama en la bahía de Matanzas. No obstante, nada de los detalles quedó registrado en el escueto testamento o los pocos documentos posteriores. Lo cual también da mucho que suponer. Otra razón a este homicidio pudiera ser el intento de rescate de plata perdida en la bahía en momentos anteriores. Por ejemplo, en 1629, Pedro de Armenderos y Guzmán, contador de la Real Hacienda, informaba al Rey sobre

[...] que antes que el enemigo saliese de Matanzas… se habían hechado al mar mucha plata, oro y jollas, por estar en la mira de muchas personas interesadas esperando que se fuese el enemigo para sacarla con buzos [sic]...

refiriéndose quizás a los desechos de la Flota de Benavides, tomada por los holandeses en 1628. El evento de 1641 pudieran estar asociado también a alguna riña personal abordo, transacción de mercancía en la bahía, o contra algún asalto pirata. Pero por lo general hay poco apoyo documental sobre este caso singular.

El caso de 1739 tampoco aporta mucha información, pero pudiera referirse —como el de 1778— a algún vínculo pasional (celos como motivación), traición, u otro delito del sector social. Matanzas en la primera mitad del siglo XVIII, e inclusive hasta casi finales de este, fue una comarca pequeña, con exiguo desarrollo económico y una demografía fluctuante. La pobreza, el clima, y las enfermedades diseminaron parte de la población, incitando a muchos desertar la ciudad y probar suerte en otras regiones. En casos registrados de otras décadas, se ha señalado el efecto de tormentas y huracanes —ante la existente pobreza— que también incrementaron el robo y la violencia entre los vecinos.8 ¿Pudiera estar relacionado alguno de estos homicidios con estos factores?

Lamentablemente para estos temas quedan más preguntas que respuestas. En la investigación nunca el dato preestablecido resulta definitivo; en muchas ocasiones aparece un documento nuevo, una cita, referencia, o fragmento que cambian el panorama, o por lo menos el conocimiento establecido hasta el momento. La extensión del registro histórico está regida por las costumbres del momento, la idiosincrasia y las circunstancias. Por ende, es altamente improbable que estos dos casos aquí presentados sean los únicos de su estilo y su tiempo. El gran monto de homicidios no reportados o registrados en la historia de la Cuba colonial es quizás exponencial, e imposible de rescatar en su totalidad..."

Cita recomendada:


Orihuela León, J. (2020). Homicidios durante el período colonial en Matanzas: dos casos tempranos. Librínsula: Revista Digital de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, no. 394: 1-5

Referencias



ALFONSO, P. A. (1854). Memorias de un Matancero: Apuntes para la Historia de la Isla de Cuba con Relación a la Ciudad de San Carlos y San Severino de Matanzas. Imprenta Marsal, Matanzas.

ESCALONA, MARTHA S. y S. T. HERNÁNDEZ GODOY (2008). El Urbanismo Temprano en la Matanzas Intrarrios (1693-1840). Ediciones Matanzas, Matanzas.

MARTÍNEZ CARMENATE, U. (1999). Historia de Matanzas, Siglos XVI-XVIII. Ediciones Matanzas, Matanzas.

ORIHUELA, J., VIERA MUÑOZ, R. A., y PÉREZ OROZCO, L. (2019). Demografía fundacional de San Carlos de Matanzas en la inmigración canaria al occidente de Cuba a finales del siglo XVII. Revista Islas, 61(193):63-96.

ORIHUELA, J. y PÉREZ OROZCO, L. (en prensa, 2019-2020). Impacto de los fenómenos climáticos en la historia de Matanzas, Cuba (1690-1876). Revista Islas.

VENTO, E. (2002). La Última Morada. Ediciones Matanzas, Matanzas.



lunes, 23 de marzo de 2020

El escudo perdido del Castillo de San Severino

¿Sabían que el Castillo de San Severino, fortaleza colonial localizada en la bahía de Matanzas, portó escudos que constituyen un ejemplo significativo de la heráldica colonial hispana? Pues así fue. Nuestra fortaleza exhibió dos escudos de armas, por lo menos hasta la primera década del siglo XX: uno sobre el frontispicio de la puerta principal y otro, hoy desaparecido. Este enigmático blasón es conocido actualmente solo a partir de una fotografía en el Magazine de La Lucha, número especial publicado en 1926.

Escudo de armas de Francisco Güemes y Horcasitas:
antiguo escudo desaparecido del Castillo de San Severino,
 tomado del artículo de Juan D. Byrne en el Magazine de La Lucha (1926). 
Foto publicada erróneamente invertida. 

Dos de las referencias conocidas de los escudos corresponden al que esta preservado en el frontispicio de la fortaleza. Estas proceden, una del Guión de Recorrido del hoy Museo de la Ruta del Esclavo y la otra de la monografía de S. Hernández Godoy sobre la fortaleza. En la primera se manifiesta que: “El mismo era el Escudo Real de la Casa de Austria, a la cual pertenecía Carlos II, rey regente de España durante el período de construcción del Castillo”. Esta adjudicación es errónea y probablemente fue asumida a partir del hecho de que San Severino se comenzó a construir durante el reinado de Carlos II (1665-1700), aunque no fue hasta la década del cuarenta el siglo XVIII que se culminaron las obras. Por otra parte, la historiadora matancera, Dra. Hernández Godoy hace referencia una carta del Gobernador de Cuba Severino de Manzaneda al Rey de España Carlos II con fecha del 26 de octubre de 1695, donde se informa que: “…el frontispicio de la puerta de cantería estaba perfectamente acabado y se encontraban colocadas las armas de su majestad al costo de 12000 Reales (1500 pesos)”. Sin embargo, el escudo que se conserva en el Castillo de San Severino no se corresponde con el de Carlos II ni Felipe V, su sucesor, o a ninguno de la Corona española.

Blasón de la Corona española en el frontispicio La Cabaña, en la ciudad de La Habana.

El segundo escudo, cuyo paradero se desconoce hoy, fue incluido en el Magazine de La Lucha, donde se publica la única foto conocida hasta el momento. No se conocen otras referencias gráficas de este blasón. ¿Pero entonces a que personaje o soberano pertenece y que representaba ese escudo? ¿Cuándo se colocó allí? Esa es la trama de nuestro articulo recientemente publicado en la Revista Matanzas (No. 1, 2020). Allí intentamos responder estas preguntas. Aquí les compartimos parte de ese artículo.

Pues resulta, basándonos en un análisis heráldico y varios meses de búsquedas en archivos y viejos documentos, que este enigmático blasón es casi idéntico, en su simbología y organización (dada las variaciones que existían entre el diseño de blasones del momento), al escudo personal de Juan Francisco Güemes y Horcasitas, según aparece en el cuadro del pintor mexicano Miguel Mateo Maldonado Cabrera (1695-1768); pintor mestizo quien le realizó varios retratos durante su posición como Virrey de Nueva España. 

 Juan Francisco Güemes y Horcasitas.
Óleo sobre tela de 95 x 75 cm,
 realizado entre 1746-1755 por Miguel Mateo Maldonado y Cabrera.
Colección del Museo Nacional de Historia,
Castillo de Chapultepec (CONOCULTA-INAH).

El blasón que aparece en la esquina superior izquierda del retrato muestra un escudo de estilo francés, acuartelado, con timbre adornado de corona de marques. El primer cuartel contiene a los reyes de España, ambos coronados en tierra, con fondo o campo azur. El segundo cuartel contiene dos cabras sables, de manchas blancas, recostadas a un árbol de manzano o encino de sinople enterrado de color natural, con frutos y campo dorado. El tercer cuartel contiene un fruto de granada en campo blanco, símbolo que representa al reino de Granada adquirido en 1492. Basado en ello, queda claro que el escudo perdido del San Severino fue de Güemes.

Comparese el blasón de la izquierda (A) del Castillo de San Severino con los dos de Güemes en centro y derecha. 



¿Cuándo se instaló?


Un primer rango cronológico para su instalación en la fortaleza se puede inferir a partir de la gobernación del Capitán General Francisco Güemes, que sucedió entre 1734 y 1746. Según la historia constructiva del Castillo de San Severino, sabemos que la Plataforma de San Juan se concluyó e inauguró bajo los esfuerzos de la misma gobernación. La colocación del blasón debió ocurrir en algún momento entre la finalización e inauguración de la Plataforma de San Juan, que el mismo Güemes anuncia en 1736. 

En el mismo muro donde se encontraba el blasón, pero más cerca de la entrada a la plataforma, se encontraba la tarja fundacional, hoy también desaparecida. Allí se conserva un espacio rectangular socavado, a ~ 3 metros de altura. Pedro Antonio Alfonso menciona la tarja como una “inscripción que se halla a la entrada del fuerte y paraje de donde arranca la indicada plataforma”. José Mauricio Quintero, a finales del siglo XIX, alude a “la inscripción que se halla a la entrada del fuerte” sin mayor detalle. Es a partir de Alfonso que se difunde el contenido de la tarja, y quien transcribe la inscripción por vez primera. Según Alfonso, esta leía:

Reinando la majestad Católica del Rey Don Carlos de España, siendo Gobernador y Capitán General de la Isla de Cuba el Mariscal de Campo don Juan Francisco Güemes y Horcasitas, construyo este castillo don Ignacio Rodríguez, y por don Antonio de Arcedo se hizo esta plataforma” 

Hasta ahora se había considerado la fecha de 1734 para la colocación de la tarja. Sin embargo, este año no parece ser acertado, ya que es justo en 1734 cuando Antonio Arredondo, el ingeniero militar encargado de terminar el San Severino, hace la primera inspección de las obras constructivas en la fortaleza, bajo las órdenes del gobernador Güemes. En este año Arredondo confecciona el plano del Castillo de San Severino donde se demuestra la Plataforma de San Juan y el camino cubierto todavía como proyecto, lo que indica que en esta fecha la misma no se había terminado o incluso iniciada su construcción. Güemes en carta fechada 18 de febrero de 1735 “prometía que las fortificaciones exteriores estarían acabadas en el plazo de seis meses” y un año más tarde indica en carta de 27 de febrero que la plataforma estaba totalmente terminada.

Por otra parte, la tarja perdida no da fechas exactas y contenía elementos algo contradictorios. Por ejemplo, esta nombra al rey católico “don Carlos” como regente (“reinando”), menciona a un tal “Antonio Arcedo” e indica a Ignacio Rodríguez como constructor en vez de comandante. La información de la tarja pudo haber sido una simbólica quimera. El rey Carlos, al cual se refería la tarja, es posiblemente Carlos II (1665-1700), bajo cuyo reinado se inició la construcción del Castillo de San Severino. Igualmente, Antonio Arcedo parece ser una abreviación, error de inscripción o corrupción de Antonio de Arredondo, quien nombró y concluyó la plataforma. El hecho de que Ignacio Rodríguez se identifique en la tarja nos permite un rango cronológico aún más restringido. Entre 1737 y 1743, Ignacio Rodríguez ejerce como comandante de la fortaleza, lo que implicaría que tanto la tarja como el blasón daten de este período.

Bandera coronela del regimiento de pardos de Matanzas, 1760
portando las armas de Carlos III. 

Aparentemente, esta sección de la fortaleza no fue afectada por la voladura que le causara el comandante Felipe García de Solís en agosto de 1762, después de la toma de La Habana por los ingleses, y por ende sobrevivió los períodos de abandono y reconstrucción, entre 1762 y 1772. Tanto la tarja como el escudo parecen haber perdurado hasta por lo menos la segunda década del siglo XX, ya que se hace referencia a ambos en el Magazine de La Lucha, lo que sugiere que se extravió en algún momento posterior a 1926, año de esa publicación.


¿Dónde se encontraba ese escudo?


Tomando como referencia la fotografía publicada en el Magazine de La Lucha, se trató de encontrar su ubicación en el Castillo de San Severino. Un espacio vacante en el muro al fondo del camino cubierto, antes de llegar a la puerta que da acceso a la Plataforma de San Juan, se señaló como posible lugar original del escudo perdido. La comparación de la fotografía histórica con el muro a partir de la distribución de los sillares alrededor del vano encontrado confirmó la correlación de este con este espacio. Durante la comparación, en primera instancia no coincidía la distribución de los sillares y sus juntas. Sin embargo, al girar la fotografía histórica, todos los atributos coincidieron perfectamente. Ello demostró que la fotografía fue publicada al revés -con la base del escudo hacia arriba- en el Magazine de La Lucha, dificultando además la interpretación de los atributos del blasón.

Vista de la entrada de acceso a la Plataforma de San Juan desde el camino aspillerado 
donde se pueden apreciar los espacios vacantes 
donde estuvieron la lápida inaugural y 
el blasón del gobernador Güemes en el Castillo de San Severino.

El portar dos blasones, ninguno referentes directamente a la Corona española, hace del Castillo de San Severino un peculiar ejemplo. La norma era colocar las armas de Su Majestad sobre puertas principales, no en lugares apartados del inmueble, por lo que la posición del blasón en la plataforma también es inusual a pesar de no estar asociado a ningún rey. Su visibilidad era importante ya que dicho blasón representaba una intención política en la que la Corona anunciaba su dominio sobre el edificio militar, territorios o súbditos. Esta interesante peculiaridad contribuye a una mayor relevancia del Castillo de San Severino, tanto en el ámbito local como en el mundo hispano.

Cita recomendada (o para mas información)


Orihuela, J., Hernandez de Lara, O., Viera Muñoz, R. A., y Rodríguez Tápanes, B. (2020). El blasón desaparecido del Castillo de San Severino: Identificación e Historia. Revista Matanzas.