domingo, 17 de julio de 2016

In Memoriam: Juan Cristóbal Gundlach (1810-1896)


Johannes Cristoph Gundlach, o Juan Cristóbal Gundlach, como fue conocido en nuestra lengua, fue un distinguido naturalista alemán del siglo XIX que residió en Cuba por medio siglo, y en especial en la región de Matanzas. 

Gundlach es uno de los padres de las ciencias naturales en el Caribe. Entre ellas, se destacó en el estudio de las aves, mamíferos, moluscos y crustáceos cubanos. Sus contribuciones, todavia hoy, son sumamente relevantes. Los especímenes que colectó, estudió y describió de los alrededores matanceros en sus múltiples monografías e investigaciones, son tema de citas obligatorias por los zoólogos y paleontólogos. Su contribución a estas ramas de la ciencia son todavia insuperable. Docenas de especies cubanas hoy llevan su nombre. 

Este post es en honor a la vida de este naturalista tan importante para nuestra historia, quien es inspiración para tantas generaciones de científicos. 



Johannes Gundlach nació en la ciudad Kessel (Hesse), Alemania, el 17 de mayo de 1810. Vivió la mayoría de su juventud en la ciudad de Marburgo más al sur, en las cercanías de Frankfurt, donde su padre fue profesor de Física y Matemáticas de la universidad homónima. En su adolescencia comienza a interesarse por las ciencias naturales y la taxidermia (el arte de embalsamar), arte y técnica que aprendió de su hermano Enrique, quien era estudiante de medicina en aquella época. Para entonces, el joven Gundlach ya estaba matriculado en la catedra de Zoología de la Universidad de Marburgo, de la cual recibe un doctorado en Zoología en 1837. Este interés lo llevó a los campos alemanes donde cazaba y montaba especímenes. En una ocasión su escopeta se dispara accidentalmente en su cara. Gundlach sobrevive el accidente pero pierde para siempre el sentido del olfato. 

En 1839 llegó de pasada por Cuba en camino a Surinam por invitación de un colega, donde iría a colectar especímenes. Junto con él venían otros dos distinguidos naturalistas alemanes, Eduardo Otto y Louis Pfeiffer. Sin embargo, al enterarse que su colega fallece decide quedarse en Cuba, isla con la que comenzaba a enamorarse. 

Aquí comienzan los lazos de Gundlach con nuestra ciudad de Matanzas. Ese mismo año, Carlos Booth, un hacendado matancero, lo invita a visitar sus cafetales localizados en las afueras de la ciudad de Matanzas. Uno de estos es el Cafetal Fundador de Canímar, en el lado noreste del río Canímar. Allí Gundlach descubre y describe cinco especies de murciélagos y al pájaro mosca Mellisuga helenae, el cual nombra en honor a la Sra. Helena Booth por su hospitalidad. Esto se publica entonces en la obra del gallego Juan Lembeye Las Aves de Cuba (1850). Todas estas especies no solo resultaron ser nuevas para la ciencia, sino que también endémicas de Cuba; únicas a nuestro archipiélago. 


El Dr. Gundlach viajó por toda Cuba, incluyendo además otras islas del Caribe como Puerto Rico, pero Matanzas fue folcrum. Visitó extensivamente la Ciénaga de Zapata donde colectó al gran guacamayo cubano Ara cubensis, siendo el último científico en Cuba en hacerlo.

Gundlach fue reconocido por sus buenas observaciones en el campo y su maestría en la taxidermia. Sus especímenes aún se conservan en múltiples museos del mundo. Muchos de ellos formaron parte de un museo que el mismo montó en Matanzas entre 1842-1852. Participó en varios eventos internacionales donde expuso su colección, como la Exposición de Matanzas (1881), y varias en París, donde compartió y colaboró con Felipe Poey y Carlos de la Torre. Además, mantuvo correspondencias con otros científicos importantes de su época, como Dr. Lawrence, William Sharp, Ramón de la Sagra, Juan Lembeye, Wilhelm Peters y William McCleay, por no hacer una lista exhaustiva. Sus amigos lo describían como un hombre tranquilo, observador, callado y gentil.

Desafortunadamente, el prolífero Dr. Gundlach, después de medio siglo de residencia en Cuba, fallece enfermo en la Habana, el 15 de marzo de 1896. Hoy sus restos descansan en el Cementerio Colón, en el seno capitalino desde donde pronto sera recolaizados a la Atenas de Cuba.



domingo, 26 de junio de 2016

El Gran Hotel Paris: 1902-1962


Las ruinas de El Gran Hotel Paris se encuentran localizadas en la amplia calzada de Tirry, donde hoy el recuerdo de épocas pretéritas se aferran a las paredes, a su patio andaluz y a su magnífica escalera de hierro para no sufrir el olvido.

Un enfoque en el pasado y el presente del Hotel Paris en Pueblo Nuevo, Matanzas.

El hotel fue reconocido en su época por sus platos deliciosos de langostinos y nombrado por la población como el “Hotel de los Presidentes”, ya que por tradición todos los presidentes de la Republica, excluyendo a Prío Socarras, se hospedaron allí. Propagandas de entonces le anunciaban de “sitio fresco, saludable, y con el mayor tránsito interprovincial” sin dudas a causa de su estratégica localización en la Calzada de Tirry (1).



El terreno del hotel fue propiedad del irlandés John Daly, quien construyó una casa allí entre 1882 y 1884. En 1884, compra un solar de cuartos de madera y tejas anexo a este terreno (2). Ese mismo año obtiene permiso para construir un edificio de dos pisos. Estas propiedades ocuparon los números 58 y medio hasta 60 (3).

Vista antigua y actual del Gran Hotel Paris
 (tomado de nuestro libro "Matanzas en el Visor del Tiempo")

Después de la muerte de Daly en 1886, Lorenzo Zabala, propietario del Hotel La Lonja, aledaño al lote del Hotel Paris, compra el terreno y sus propiedades. Zabala unifica todo el complejo de la fachada juntando las tres edificaciones que existían en ese lado de la calzada en 1888, resultando más o menos en el edificio que aún está allí hoy. Entre 1919 y 1931 la heredera de Zabala, doña Florinda Zabala y Alcina, hace una anexión, ampliando una vez más el terreno (1). Desde entonces, según el arquitecto matancero Ramón Cotarelo, el Gran Hotel Paris cubre 3 edificios de la calzada (2, 3).


Hotel Paris en los 1950s

 El hotel aparece por primera vez en el directorio de 1902. Como características arquitectónicas de interés tuvo, y aún conserva en parte, un patio morisco central estilo andaluz, pisos de mosaicos, azulejos con rosas, buzón en forma de león, puertas y persianas al estilo francés, lucetas de cristal, un letrero de gres cerámico sobre piso de granito y escalera principal de hierro fundido en la cual se aprecia una rejilla de medio punto donde se lee la inscripción del año 1888.


Vistal postal de 1914, mostrando el patio interior estilo Andaluz del Hotel Paris

Desafortunadamente, desde su cierre en 1962, el hotel se ha ido desvaneciendo paulatinamente tanto físicamente, como de la memoria de la población y su estructura presenta un estado deplorable y triste. Sin embargo, sus paredes aun retienen el leve recuerdo de tiempos pasados.




Referencias

1. El Gran Hotel Paris en Matanzas City.org
2. Weiss, Joaquin E., 1972. Arquitectura Colonial Cubana. Instituto Cubano del Libro, La Habana.
3. Cotarelo Crego, Ramon. 1970. Matanzas en su Arquitectura. Letras Cubanas, La Habana.
Arestuche, L., L. P. Orozco, J. Orihuela y R. A. Viera. 2014. Matanzas en el Visor del Tiempo. Felix Varela, La Habana.

domingo, 15 de mayo de 2016

In Memoriam: Carlos de la Torre

Un día como hoy en 1858 nace en la ciudad de Matanzas el ilustrado científico Carlos de la Torre y Huerta, quien fuera un eminente naturalista y profesor por excelencia. Dedicamos este post como tributo a su vida, su enorme dedicación a las ciencias y su legado, que aún hoy inspira a generaciones de científicos y naturalistas.


El ilustre científico Carlos de la Torre y Huerta, ambrotipo de finales del siglo 19.

Su madre fue Rosa de la Huerta y Escobar y su padre Bernabé de la Torre y Fernández. Asistió al colegio matancero “La Empresa”, dirigido por los eminentes hermanos Guiteras, donde su padre fungía como profesor.

Desde temprana edad Carlos demostró una curiosidad extraordinaria y un excelente potencial por las ciencias naturales. Mientras era estudiante del Instituto de Segunda Enseñanza de Matanzas, en 1871, fue alumno del suizo Guillermo Gyssler, quien le enseñó taxidermia o el arte de embalsamar. Es aquí donde conoce a don Francisco Ximeno y Fuentes, erudito bibliófilo y filántropo de la elite matancera, quien toma interés por el joven Carlos. Don Jimeno, o Ximeno como muchas veces aparece, le brinda acceso total a su biblioteca y colecciones, alimentando el curioso intelecto del joven Carlos por las ciencias. Esta relación fomentó la pasión y predisposición de Carlos, a quien ya para ese entonces se le concia como “el sabio sin canas”, debido a su avanzado conocimiento.


Don Francisco Jimeno y Fuentes, erudito matancero (izquierda), y el Dr. Felipe Poey (derecha).


En 1874 comienza sus estudios de Farmacología en la Catedra de Medicina de la ya prestigiosa Universidad de la Habana (fundada en 1728). Allí conoce al Dr. Felipe Poey, considerado como el padre de las ciencias de Cuba; el joven Carlos contaba solo con 16 años. Bajo la tutela de Poey y Ximeno ensambló sus primeras colecciones de especímenes naturales, incluyendo fósiles y moluscos, los que exhibió en el nuevo colegio de su padre “Los Normales”. Problemas económicos le hacen abandonar sus estudios en 1876 para convertirse en profesor de la Escuela Normal. Allí da conferencias y clases sobre la nueva teoría de la evolución postulada en 1859 por Charles Darwin, y sus descubrimientos en el mundo de la paleontología.


Dr. Carlos de la Torre (izquierda), Dr. Luis Montane sosteniendo el craneo de Antonio Maceo (centro),
y J. R. Montalvo en 1900. 

En 1879 regresa a la Universidad de la Habana para resumir sus estudios, graduándose el 22 de septiembre de 1881. Ese mismo año, y junto a al Dr. Poey y el Dr. Johannes Gundlach, exhiben sus colecciones en la Exposición Internación de Matanzas. Sus avances le permitieron obtener su doctorado en 1883 de la Universidad Central de Madrid, España, donde su disertación se trató sobre la distribución geográfica de los moluscos terrestres de Cuba.

Viajó el mundo asistiendo a congresos y colaboró con centenares de científicos de su época, incluyendo importantes figuras como Luis Montané, Thomas Barbour, Rodríguez Ferrer, Fernández de Castro, Antonio Parra, Diller Matthew y Joseph Leidy. Sin duda, influyó de manera determinante en el pensamiento de muchos de sus estudiantes, algunos de los cuales se convertirían en personalidades de nuestra historia, como el caso del que fuera luego historiador Carlos M. Trelles Govín. 
Enseñó Anatomía Comparativa en la Universidad de la Habana e Historia Natural en el Instituto de Segunda Enseñanza en San Juan, Puerto Rico, entre 1882 y 1885. Además de su probada sapiencia demostró ser un magnifico orador y un hombre de gran versatilidad al incursionar en la política durante los primeros años de la Republica al lado del Generalísimo Máximo Gómez.


Don Carlos de la Torre con un esqueleto de Megalocnus rodens
 dedicada al matancero Carlos Trelles.

Durante los últimos años de su vida, en los que todavia permanecía activo, tomó la posición de Felipe Poey como rector de la Universidad de la Habana. Don Carlos de la Torre murió tranquilamente el 19 de febrero de 1950. El Dr. de la Torre fue un hijo distinguido de la educación y cultura de Matanzas; sobresalió por su devoción al conocimiento científico y sus esfuerzos por expandir la comprensión sobre su país y su gente. Entre sus aportes destacan las investigaciones sobre el desdentado gigante de Cuba (Megalocnus rodens) y la fauna Jurásica de la isla, solo conocida hasta ese momento en la formación San Cayetano en Pinar del Rio. Llego a participar en el estudio realizado a los restos del general Antonio Maceo y contribuyo de manera importante a la expansión del conocimiento de la Arqueología, la Geología y la Paleobiología antillana. Su muerte marcó el final de la primera etapa dorada de las Ciencias Naturales en Cuba.

Basta una rápida mirada a la obra de Don Carlos de la Torre para sentir una profunda admiración. En su antigua casa de la calle Rio no. 37 radicó la escuela primaria Julio Pino Machado, a la que asistimos muchos de nuestra generación en los años 90 del siglo XX. Allí aún es posible viajar al pasado cuando ignoramos el tiempo y compartimos el mismo espacio que ocupara uno de los más prominentes hombres de ciencia que han nacido en suelo cubano, orgullo de nuestra isla y particularmente de aquellos que llevamos sobre la piel el mismo polvo y las mismas luces que solo pueden hallarse allí, en nuestra Atenas.


Antigua casa de don Carlos de la Torre, en Calle Rio no. 37 (anos 1940s).

El legado de don Carlos de la Torre trae a la mente una cita de José Ingenieros:

“La vida vale más por el uso que de ella hacemos, por las obras que realizamos. No ha vivido más el que cuenta más años, sino el que ha sentido mejor un ideal”


Fotografía de don Carlos de la Torre en los años cuarentas, tomada en el Smithsonian.


Referencias

Mucha de esta información fue extraída de la obra “Don Carlos de la Torre en las Instituciones de Matanzas (1959) de Luis Rodríguez Rivero, secretario del Liceo de Matanzas, y la obra “La Ciencia en Cuba” (1928) de José Manuel Carbonell y Rivero. Como suplemento se extrajeron los datos de su doctorado del Archivo Nacional de España: ANH, Universidades, 6226, Exp. 8 y ANH, Ultramar, 262, Exp.22.

Carbonell and Rivero, J. M. 1928. La Ciencia en Cuba. Evolución de la Cultura Cubana. Montalvo y Calvo, La Habana.

Rodríguez Ferrer, M. 1876, Naturaleza y Civilización de la Grandiosa Isla de Cuba. Primera Parte: Naturaleza. Imprenta J. Noguera, Madrid.

Rodríguez Rivero, L. 1958. Don Carlos de la Torre en las Instituciones de Matanzas. Ateneo de Matanzas, Matanzas, Cuba.

Torre y Huerta, Carlos de la. 1909. Excursion cientifica a Vinales, descubrimiento de ammonites del periodo Jurasico en Cuba. Anales de la Academia de Ciencias Médicas, Fisicas, y Naturales de la Habana: 99-103pp.

Torre y Huerta, Carlos de la. 1910. Excursion a la Sierra de Jatibonico: Osamentas fosiles de Megalocnus rodens o Mymoprhus cubensis. Sesion del 10 de junio de 1910. Imprenta Militar, La Habana